lunes, 1 de junio de 2026

La Trinidad cristiana: el Dios improbable

 

 

El Dios cristiano es improbable. No sólo por su extraño lenguaje y concepción trinitarios llenos de tensiones y desafíos para el pensamiento y la praxis, sino también porque parte justo de una serie de improbabilidades:
-que haya un Dios,
-que haya un Dios que busque al ser humano,
-que sea amor,

-que pueda tener lugar en este mundo.

La improbabilidad es otro modo de llamar a la Gracia. A partir de 2 Co 13, que habla de la gracia de Jesús el Mesías, podemos decir que, en continuidad con la concepción de Walter Benjamin de lo mesiánico, el mesías es el acontecer de lo improbable. En efecto, Jesús es y era improbable, y aún así, pasó. 

El acceso al Dios amoroso –improbable en el mundo como lo conocemos y como se organiza– comienza por lo improbable: Jesús el mesías. Sin embargo, eso es apenas el comienzo. No basta que ocurra lo improbable, una respuesta es requerida, una respuesta que se traduce en complicidad, una forma peculiar y arriesgada de solidaridad. Lo que suele llamarse comunión es la complicidad del Espíritu Santo. La connotación de cierta clandestinidad, marginalidad o ilegalidad presentes en la complicidad no son meramente metáforas, son literales y constituyen una declaración de que la posibilidad de otra vida en este mundo se sostiene mediante esa complicidad con lo improbable introducido al mundo por Jesús: el acceso a un amor divino sorprendente que aún no conocemos del todo y que también se expresa como gesto de confiarnos lo que es todavía para que hagamos lugar a lo que puede ser todavía: la posibilidad buena. Ésta no es la que se distingue por ser "la única alternativa" en la que las cosas resultan bien –eso sería seguir en la lógica del TINA capitalista  (There Is No Alternative) que ha marcado la historia de las sociedades contemporáneas– sino por ser una opción sorprendente.
En un mundo del cual parecería que lo más razonable es la desconfianza y no esperar lo bueno de nadie, ser cristiano –creer en este Dios improbable– es sorprender todavía haciendo patente que, aunque improbable, hay una bondad que sorprende –la esperanza.
Para ilustrar esto sugiero dos películas: Arco (2026) y Tres anuncios por un crimen (2017), Ya que ambas muestran justo esto: solidaridades inesperadas con lo improbable que acontece, y que así nos abren a algo que nos hace pensar en rostros quizá difícilmente concebibles del amor y aún así, profundos y esperanzadores.

 

domingo, 12 de abril de 2026

Creer y recordar

 


Los discípulos tienen miedo a los judíos, se encierran. El recuerdo de Jesús evocado –su "aparecer" en medio de ellos– les trae alegría y se abre para ellos un futuro.
Así como hay recuerdos que nos anclan a un punto y condenan a una memoria repetitivamente adolorida en la que no hay revelación, hay recuerdos que pueden liberar otros recuerdos y revelan un futuro todavía posible, transitable.

La aparición de Jesús no viene de una "fe", pues es posible que haya fe sin recuerdo, una fe vacía que es mera entrega a un mecanismo del cual se espera eficacia automática, se parece más a la llegada como relámpago del recuerdo.

El recuerdo es fundamental para el creer cristiano.


¿Qué es el recuerdo? No es la mera memoria, que es del depósito de las vivencias –aquello que nos pasa pero de lo cual en su momento no captamos ni experimentamos toda su fuerza–, sino el acto por el cual algo saca de la memoria lo vivido de tal manera que no es una mera repetición, pues tiene efectos y afectos distintos en el presente, así lo pasado, en vez de fijo y clausurado, se muestra viviente, mientras que el futuro se amplía por la revelación de lo que aún puede ser, sigue vivo y no como tragedia. Por el recuerdo el pasado es redimido –rescatado de ser algo muerto y concluido– y el futuro es revelado –abierto y reorientado. Así, hay gestos que pueden evocarnos a alguna persona de nuestro pasado, y hay recuerdos del pasado que iluminan nuestro presente y con eso abren otro futuro. 

Creer implica asumir la posición en la que nos deja el recuerdo: ser consecuente y obrar o no con la realidad que nos muestra y la intensidad que nos da. En un mundo enfermo de memoria –porque nos condena al recordarlo todo o porque saturándonos nos empuja a la amnesia que produce olvido–, el recuerdo de Jesús nos habilita para tomar caminos inusitados o inesperados, así como también realidades que vivimos hoy –textos, palabras, gestos, situaciones– pueden iluminar el recuerdo de Jesús haciéndolo mucho más presente y cercano.

Para quien sigue a Jesús perdonar no es olvidar, es recordar de tal modo que lo vivido conduzca hacia un derrotero distinto del que ancla perpetuamente en el dolor y del que se desentiende de la justicia. Por el recuerdo la fe cristiana rescata toda la historia, incluyendo lo terrible y doloroso.

El recuerdo cristiano no fetichiza ni idolatra el pasado ni hace de los recuerdos de Jesús algo secundario. Lo primero es adorar algo m


uerto, vivir con un cadáver en descomposición; lo segundo es caer en la trampa de la absoluta equivalencia de todo, en un nihilismo incapaz de acoger la gratuidad extrema.

Sin recuerdo no hay intensidad, la fe es pura forma, mientras que con el recuerdo se transmite la chispa que enciende la vida. El creer cristiano mantiene vivo lo pasado y lo futuro por la tensión que el recuerdo crea entre ellos, y por el gesto que se arriesga en ellos.

El creer sin ver del creyente es el que se da comenzando por el recuerdo, ese cuya verdad se nos muestra como un relámpago, en un momento inesperado, de peligro o de desbordante compasión.
Para creer cristianamente hoy habrá que, para empezar, acercarnos a esa memoria de Jesús –evangelios– que pasa por hacerles caso en la práctica –para sean recuerdos–, y a su vez, para que lo que vivimos enriquezca los recuerdos de Jesús por el diálogo y debate con ellos.
Que el recuerdo de Jesús evoque otros recuerdos, empezando por el de que «hay otra vida» ya entre nosotros (otros dicen "otro mundo posible", etc).


 

lunes, 10 de noviembre de 2025

Destruyan este templo... consideraciones acerca de la destrucción del hombre

 


 

Detenernos a pensar acerca de lo que destruye al hombre:
"Al pie de la horca, los SS nos veían pasar con miradas indiferentes: su obra estaba realizada y bien realizada. Los rusos pueden venir ya: ya no quedan hombres fuertes entre nosotros, el último pende ahora sobre nuestras cabezas, y para los demás, pocos cabestros han bastado. Pueden venir los rusos: no nos encontrarán más que a los domados, a nosotros los acabados, dignos ahora de la muerte inerme que nos espera.
Destruir al hombre es difícil, casi tanto corno crearlo: no ha sido fácil, no ha sido breve, pero lo habéis conseguido, alemanes. Henos aquí dóciles bajo vuestras miradas: de nuestra parte nada tenéis que temer: ni actos de rebeldía, ni palabras de desafío, ni siquiera una mirada que juzgue."
He aquí el testimonio de Primo Levi, podría llamarlo sobreviviente del campo de Auschwitz, pero quizá el no aceptaría del todo ser llamado así, pues lo que sobrevivió fue un fantasma, unas ruinas de algo que fue destruido.
Hay muchas maneras de destruir al hombre, entre ellas hay dos más:
La polarización que en un afán de ser totalmente puros, buenos, de esos que no ceden ni un poco a sus antagonistas, termina por hacernos incapaces de creer en nada, porque nos inmoviliza tanto en el pensamiento como en la acción ya no saber qué pensar ni qué creer sin hundirnos en cierta desesperación y desesperanza.
La otra se da volviéndonos mercado. ¿Cómo pasamos de ser casa de Dios a mercado? Dejando que poco a poco todo lo que nos llene, lo que nos habite, lo que haya dentro de nosotros sea mercancía. Mis sueños: algo comprado o a la venta. Mis afectos: algo comprado o a la venta. Mi cuerpo: algo comprado o a la venta. O más aún, sueños, afectos, cuerpo, etc., son llamados "mis", "míos", sobreentendiendo que si son "míos" puedo disponer de ellos para venderlos o porque me han costado. Todo lo que habita en mí es mercancía, nada está fuera de su alcance.

En 1984, Orwell plasma muy bien esta nueva sofisticada, dedicada y paciente forma de destrucción: hacer que nuestra vida-sumisión sea auténtica. La exigencia de autenticidad nos doblega y somete. No es la autenticidad el problema, sino su imperiosidad, el que se exige que tengamos que serlo. Hacer todo porque efectivamente lo queremos de una forma "pura", sin rupturas, sin intersticios.

Los discursos políticos de y en nuestro país, que polarizan, que nos orillan a querer voluntariamente ser puros, que nos inmovilizan e impiden pensar algo más que el sesgo de confirmación de uno mismo, que neutralizan al otro, nos van colocando en esa destrucción que señala Primo Levi. No pretendo decir no a la violencia, ni negar el valor de tomar posición o tomar partido por algo. Apelo a la posibilidad, a la necesidad, al derecho, a la gracia de ser impuros. De que los jóvenes no tengan miedo de ser impuros sin hacer de esto un pretexto para no hacerse cargo de nada, para querer vivir como intocables, sin dejar de lado una búsqueda de lucidez más que de tener la razón. Impuros para poder actuar en el desacuerdo.

Quizá, frente a todo eso, sea válido considerar la posibilidad de que lo que los textos de Pablo (1 Co 3,9-11.16-17) y del evangelio (Jn 2,13-22) nos ponen enfrente es que hay una violencia que es posible, que en el afán de «purificar» lo que había que cuidar y se ha vuelto mercado, que en el afrontar lo que destruye al hombre, hay que asumir ser aunque sea un poco «impuros» –capaces de una grieta, de la presencia de algo más, de entregarse de lleno sin dejar de ser alguien con alguien, de ponerse en juego sin destruir al otro.

Frente a la destrucción del hombre ya en curso, el ejercicio cristiano es el de retomar las ruinas, juntarse en torno a ellas y reconstruir, pues ellas nos hablan de algo que no se limita a sí misma, que no es ensalzamiento de otra época, sino acogida de ese fantasma que aún merodea, que aún habla de algo que quiso ser: de un amor que fue puesto en marcha en este mundo, de una dignidad que quiso abrazar a otros, de una palabra que quiso llegar a ser en el acontecimiento que se dio entre nosotros. Las ruinas nos dicen que «hay algo más». Algo puede ser levantado.
 
Entender que la felicidad implica no vivir a cambio de algo, que mientras un partido u otro, una derecha o una izquierda, o el movimiento que sea haga uso de los destruidos para capitalizar su posición moral, social, religiosa, corre hacia la repetición de esa destrucción: "Nosotros no destruimos al hereje porque se nos resisten, mientras nos resisten no los destruimos. […] Lo hacemos uno de nosotros antes de matarlo. […] Nos resulta intolerable que un pensamiento erróneo exista en alguna parte del mundo, por muy secreto o inocuo que pueda ser. Ni siquiera en el instante de la muerte podemos permitir alguna desviación." "No permitimos que los muertos se levanten contra nosotros". (Orwell, 1984).
 
La vía destructiva (W. Benjamin) crea espacio, hace lugar, abre caminos, y quizá haya que aprender a "destruir" sin arrasar... como lo mostraron jóvenes de la Gen Z en Bangladesh y Nairobi que en asistieron a policías heridos: quizá sí sea posible luchar sin destruir la humanidad, aún a pesar de la violencia.

Volvernos esperanza en medio de nuestras desesperanzas es el llamado.

miércoles, 15 de octubre de 2025

Fragilidad amenazante y lazos para vivir...


 

¿Qué hacer cuando la vida se cae a pedazos y por más que nos esforzamos no logramos mantener los fragmentos juntos? ¿qué hacer cuando se hace cada vez más evidente –o a todos o a uno mismo– que algo está fallando y no logramos encajar en la vida con otros? Ante esa fragilidad: mantener la distancia, mientras más lejos más seguro. No demasiado, sólo lo suficiente para que no se note la "falla". Y entonces se irá notando cómo podemos ir perdiendo sensibilidad al mundo que nos rodea, al mundo, a todo lo que "no sea yo", y con ello, más desesperante se vuelve el sentir que los conflictos y tensiones que nos atraviesan agrandan las grietas, hacen más difícil mantener todos los pedazos juntos. Sentir con angustia cómo ese hilo, lazo o cinta adhesiva que parecía lograr tener todo junto ya no puede hacerlo. Simplemente falla.
Dos afirmaciones osadas: No fallamos, somos una falla. No es que mi yo esté roto en pedazos, sino que es esa cinta adhesiva.
En este sentido, somos "leprosos". Antes el leproso gritaba para mantener a salvo a otros –del contagio–, ahora, este tipo de leproso que somos, grita para autopreservarse, para que la cercanía de otro no ponga en riesgo nuestra ya precaria consistencia. Es la enfermedad de la distancia. Quizá en parte por ello las pantallas sean tan exitosas. Mantienen la distancia, permanecemos insensibles al mundo –a lo que no sea yo.
Temerosos, quizá avergonzados, incluso tal vez hasta angustiados, buscamos liberarnos de la falla, de lo que falla. Ser reparados, eso sería sanar. Ser reparados para encajar en la sociedad. O bien, ser reparados encajando en ella. Dejar de lado el adhesivo que hemos sido y abrazar la cinta adhesiva de la sociedad: ser útiles, productivos, ser funcionales "sin fallas". Eso parece funcionar mejor. Buscar algo más sería nuevamente una falla. ¿Qué más se puede querer que encajar y estar libre de falla? Mi yo se vuelve la fidelidad ciega a una norma o imperativo: encajar, ser útil, ser "patriota".
 
Sin embargo, esa forma de lazo social no nos da más consistencia, sólo mejor apariencia, al menos por un tiempo. Aprendemos a vivir en esta sociedad para esta sociedad. No hay más. Estaremos solos, pero encajamos, y funcionamos. Después de todo, la vida se vuelve "drive thru", sólo pasar tangencialmente.
Quizá por eso el evangelio de Lucas enfatiza esta pregunta de Jesús ¿qué no fueron 10 los sanados? ¿por qué sólo volvió uno... y es el extranjero no tan bien visto? Porque los otros 9, cansados o emocionados, sólo buscaban reintegrarse, que no se notara la falla –la lepra es visible–, despreocuparse de mantener sus pedazos juntos pues, en la vida ajetreada del trabajo y el consumo todo se disuelve. Sólo uno encontró la proximidad, el lazo distinto, aquel que expone a ciertos riesgos, que vuelve sensible a lo que "no sea yo". Aquel que buscaba algo más que poder reintegrarse útilmente en la sociedad –¿no nos dejó ver ya Lucas que la fe es una vida posible más allá del principio de utilidad, del ser útiles, "siervos inútiles somos", una vida no limitada o condicionada por ese imperativo de la utilidad?–...
La falla no le ocurrió, él era una falla encarnada en un descarnado y de esa falla Dios abrió un camino. Si la falla es la brecha en un sistema, el espacio abierto, vacío, ¿no será acaso precisamente el lugar de nuestra particularidad, de modo que al ponerlo en juego con otros da pie a que algo más pueda ocurrir, fuera del ciclo del sistema?
 
Hay otros lazos que nos permiten sostener nuestros pedazos, quizá con menos temor y más alegría, pero no sin riesgo, con más intimidad: como la solidaridad -que no elimina las tensiones y conflictos internos, pero nos da un soporte para vivirlos sin desmoronarnos. Como esos gestos de personas que, al ver la vida que se cae en pedazos de aquellos que no salen a las calles por miedo a ser atrapados por fuerzas que quieren aumentar la distancia porque las ven como apestados, portadores del mal, deciden hacer una red, una cercanía que sostiene al quebrantado y amenazado. Es solidaridad como amistad clandestina. Como aquellos que desafiando a esas fuerzas y potencias de la distancia y separación, bailan y cantan disfrazados, no para maquillar su falla, sino porque esa falla –una rana frente a fuerzas "del orden", ¿no parece una falla, algo extraño?– es la puerta a otro modo de luchar contra la fuerza: la alegría.
 
Quizá este texto de Lucas sobre los 10 leprosos pueda darnos pistas para buscar algo más que sanar –ser reparados– y acceder a ese exceso que el evangelio llama ser salvados... con otros.

lunes, 22 de septiembre de 2025

Servir a Dios o servir al dinero: jugar en el juego amañado de nuestro mundo


El juego está amañado. Nuestro mundo parece doblegarse frente a la tremenda fuerza configuradora de la relación abusiva: cruzar los límites –o hasta impedir que se formen– para obtener un creciente beneficio propio a costa del otro que se convierte en perjuicio del otro. Así lo expresa el texto de Amós (8,4-7) con intensa indignación: hay quienes están esperando a que pase la pausa, el descanso, el tiempo de no vender para poder volver a explotar al pobre, e incluso, engañándolo, vender al pobre mismo a cambio de una mercancía. El pobre ha sido convertido en mercancía en un juego amañado en el que hasta el intercambio está alterado de forma artera e inicua.

Todo se convierte en mercancía. Cada detalle de la propia vida se traduce en algo monetizable, y más aún, pareciera que la sola manera de sobrevivir es así: o volver la propia vida entera en algo monetizable –incluyendo el tiempo y afectos– o la vida de otros. Pero el juego se revela amañado, pues aún haciéndolo, a millones no les alcanza, y sólo vemos las historias de éxito, las películas que exaltan valores encarnados en quienes logran exitosamente esa transubstanciación de sus vida en valor, mientras quedan en la sombra aquellas que, habiendo puesto todo y lo mejor de sí, en un juego amañado simplemente se descubren encerrados en una trampa: la de un hambre que pide cada vez más y cruza todos los límites, exigiéndoles seguir ahí, puestos entre la espada y la pared, obligados a entregar su presente e incluso su futuro, su descendencia, su porvenir. Se endeudan.
He ahí la pertinencia del texto de Lucas (16,1-13). Jesús no presenta una típica historia moralmente ejemplar, ni una historia de “éxito”. Es más bien la historia de una falla y de alguien que juega con las reglas para vencer al propio juego. El “administrador”, el oikos-nómos (el de las normas de la casa), usa su astucia y revela cómo es posible colarse entre los vacíos del juego e inclinar la balanza a su favor. Jesús lanza la provocación a los “hijos de la luz” a emplear también esa astucia, esa inteligencia clandestina que, al superar la ingenuidad de querer resolver un juego amañado con la fidelidad a un mero “seguir las reglas”, puede hacer que la balanza se incline a favor de los que han sido abusados, engañados, exprimidos y explotados. Quien busque entrar en el reino de Dios también ha de saber jugar según las reglas del juego y jugar con las reglas para alterar el juego. Quizá así sí sea posible poder dejar de servir al dinero –porque ¿cómo hacerlo si nuestra supervivencia parece estar condicionada a servirle?. Que nadie pretenda mantener cierta pureza moral o inocencia en este proceso: el dinero está lleno de injusticias. Alterar el juego, aunque sea clandestinamente –en esas pequeñas alianzas que se hacen entre algunos y que se vuelven redes que sostienen a muchos– es arriesgado y no es para inocentes. Todo eso requiere también de amigos. Contar con quienes no sólo hay confianza, sino vínculos y afectos que muestran que sí hay vida fuera de la mercancía. No se trata de comprar amigos con el dinero lleno de injusticias, pues eso sería seguir en lo mismo, sino de hacerse de amigos en medio del participar en ese juego amañado y abusivo del dinero/capital. Amistad y capital son incompatibles, aunque eso sólo se perciba a partir de ciertos umbrales: ahí donde se verifica que no es posible monetizar a un amigo, ponerle precio, pues en ese momento, se revela que en realidad se trata de otra cosa.
Servir a Dios implica un tremendo riesgo de jugar, con inteligencia y junto con amigos, para superar el juego amañado que abusa progresivamente de todos.

martes, 16 de septiembre de 2025

¿Quién puede gozar? acerca de tres parábolas y la marginación


 
 
¿Quién puede gozar? conviene comenzar con esto. El escándalo que se produce en la 'gente de bien' de la sociedad en que vivió Jesús parece tener que ver con eso: Jesús goza con pecadores, o bien –y quizá es peor aún– los pecadores gozan junto con él. Esa comida alegre, en camaradería y pasando un buen rato, sin duda expresa cierto gozo, implica placeres compartidos. Que Jesús goce, quizá no sea tanto problema, es un hombre justo, hombre de Dios, pero ¿por qué los pecadores habrían de gozar con él? Sale aquí a la luz el problema de la distribución de los placeres, del gozo de vivir: quién puede gozar, tanto en el sentido de quién tiene permiso para ello y de quién cuenta con las condiciones para poder gozar, parece ser un tema intrínseco al de la misericordia. Después de todo, la misericordia, y más cuando se concretiza como perdón, es una rehabilitación de la capacidad gozar, una readmisión en el gozo con otros.

Ahora bien, los dos hijos que aparecen en la parábola del padre misericordioso dan vida a dos maneras concretas de realización del placer en la vida contemporánea, expresados con dos especies de leyes: 1) o gozas o eres gozado, sin poder nunca realmente gozar junto con otro; y 2) sólo has de gozar de ti mismo, y por ello, no hay lugar para otro

«O Gozas o eres gozado, pero a fin de cuentas, solo». Esto aparece en el caso del hijo menor, quien a fuerza de querer llenarse siempre a partir de la parte que le es dada, esto es en su fase de gozador, termina perdiendo todo excepto ese afán de llenarse, como quien sigue esperando que de otro le venga aquello que finalmente colme su vacío o incluso su búsqueda de gozo. Dolorosamente termina dándose cuenta de que una vez que no tiene nada que lo haga atractivo como para ser gozado –pues se queda solo– sólo le queda una opción: volverse útil. De ahí que planee decir a su padre que lo tome como un empleado, como algo útil. La última esperanza de quien constata que siempre ha estado solo en su gozo –o al menos no ha podido causar el mismo gozo que recibe, o ni recibir el mismo gozo que causa, al grado de que se conforma con gozar o ser gozado– es el de ser útil. O así parecería sugerirlo este discurso que categóricamente el padre de la parábola interrumpe y no dejar continuar. En la medida en que en nuestras relaciones los gozos y placeres de la vida se han ido volviendo cada vez más unilaterales y solitarios, nos hemos ido acercando a la conclusión de que lo único que nos queda es ser útiles. La lucha desaforada por gustar, por ser objeto del deseo de otros, incluso si no podemos gozar de otros –como volverse un personaje mediático, querer tener seguidores en las redes, o incluso situaciones más desesperantes como el tráfico de personas o pelear por trabajos que no deseamos pero necesitamos– conduce hacia convertirnos en una especie de mercancía deprimida, capaz de gozar en un principio, pero poco a poco incluso eso se va perdiendo.     

«Sólo has de gozar de ti mismo, por lo que no hay lugar para otro». Incluso habría que decir que no hay lugar para gozar nada más. Es el caso del hijo mayor. Éste cumple todo, obedece siempre, pero él mismo señala que nunca ha recibido nada para regocijarse con sus amigos. Su único placer ha sido cumplir con todo, a costa de no gozar nada más. Es una paradoja tremenda: para poder gozar ser hijo ha de privarse de todo placer que no sea sino cumplir las órdenes y reglas. Todo su gozo queda en sí mismo, aunque en espera de recibir algo más. Vive en condición de hijo –así lo llama su padre– pero se vive en posición de obrero, de mera sumisión sin gozo recibido de parte del padre. Es como el ciudadano que cumple todo –incluso a costa de privarse de muchos placeres posibles– y que reacciona violentamente cuando ve que ciudadanos que no han aportado o no cumplen van a participar de los mismo gozos y placeres que él. Esto le resulta insoportable. El placer es para quien lo merece. O por lo menos que sean placeres de distinto nivel. No cabe nadie, sólo su placer por haber cumplido, es el placer de privarse del placer. De hecho, el hijo mayor se rebela a su padre por no someterse a esa misma ley que lo rige, o más bien, por no dar cumplimiento a lo que el hijo mayor esperaba de su propia obra, de modo que al poner en evidencia su ineficacia, éste refuerza su idea de que sólo puede gozar de sí mismo.

La figura del padre no aporta ninguna solución conforme a lo planteado por cada hijo. La relación que constituye la forma de realizar el gozo de vivir del primero, que lo lleva a conformarse con ser algo útil, es interrumpida por el padre. Es una relación-discurso que simplemente no deja continuar. El padre no "llena" el vacío de su hijo, no le promete ninguna otra parte extra para darle esperando que esta sí lo llene... simplemente lo acoge y lo integra en la fiesta. Abre una vía para que pueda gozar junto con otro, y no solo ni atendiendo a su rol de gozador o gozado –de lo cual ni se ocupa de negarlo ni de afirmarlo. La relación que constituye la forma de realizar el gozo del hijo mayor, que lo vuelve una especie de máquina y lo atrapa en la contradicción de querer gozar y sólo gozar en privarse de gozar, es desafiada por el padre. Éste reconoce el valor del cumplimiento y le señala que eso no es todo, que hay todavía un gozo mayor y más vital que el que ha experimentado: uno que va más allá del placer que constituye uno para sí mismo o la propia obra. Abre así una vía para que pueda gozar más allá de sí, incluso a raíz de algo que no depende de sí por ser regalo, don, sorpresa. 

El amor presentado en la figura del padre no es una fórmula mágica –con su consecuente promesa de llenado de lo vacío–, ni constituye una nueva ley a cumplir. Es algo que, puesto en el mundo, da lugar a situaciones conflictivas que resolver, pero también abre salidas. La conversión es una forma de salida, no es conclusión de dicha salida, pues siempre es posible volver a esas situaciones, formas de relación, lógicas de vida que terminan por privar de poder gozar. El padre simplemente presenta una especie de gozo y alegría «porque sí», gratuitos y a la vez indisociables de cada uno de los que participan en la fiesta. Es la mirada y regalo bondadosos que se alegran de que otros puedan también gozar con los otros, que salgan de aquello que impedía la alegría de vivir y la fiesta. Para este gozo no hay camino, fuera del ponerse en juego, en el riesgo de experimentar la propia vida con el evangelio. El evangelio más que un camino ya trazado abre la posibilidad de caminos y nos lleva a hacerlos.

Ahora bien, aunque cada quien puede asumir una parte de por qué entraría en un esquema u otro de las formas de realización del placer señaladas y su subsiguiente poder o no poder gozar –aunque sea como un proceso progresivo que no se nota al principio debido a su sutileza–, hay también una compleja red de procesos, sistemas, relaciones que, como forma de vida y de sociedad, empuja, induce o anima a asumir alguna de ellas... (quizá la forma evangélica sea la menos promovida). Para afrontar dicha complejidad por algún filón concreto, las parábolas de la oveja y de la moneda perdidas junto con la del padre y sus dos hijos nos colocan frente a una problemática muy actual: la desafiliación (es el nombre que Robert Castel sugiere emplear para lo que solemos llamar marginación). Desafiliación es precisamente lo que ocurre con los hijos en la parábola del padre y sus dos hijos. El menor busca desafiliarse –pedir la herencia en vida es una especie de declaración de desafiliación o dejar de ser hijo que simbólicamente 'mata al padre' como tal, y por tanto, ya no le es posible volver a él, como lo dirá más adelante. El mayor se desafilia desde una vivencia de su ser de hijo como si fuera empleado. Ambos hijos experimentan una progresiva desafiliación en la medida en que van quedando fuera del gozo de vivir junto con otros, tal y como va ocurriendo también con aquellos que quedan al margen, perdidos. Cada vez con menos hilos que conecten con los demás, los marginados o desafiliados van siendo privados de las más diversas formas de placer y de gozo de la vida. 

La alegría y fiesta que presenta Jesús nos hablan de un gozo de vivir que no se reduce a mero estado psicológico o determinación subjetiva al margen de otros y de las condiciones en el mundo, pero tampoco lo hace depender de determinadas condiciones de vida idealizadas. No sólo se trata que todos accedan al banquete, Jesús también cuestiona el banquete, pues la 'fiesta del cielo' haya mayor alegría en que los perdidos salgan –se conviertan– de esa trampa que, como vemos, nos es simplemente haberse desviado de las reglas de una comunidad, ya que ya ocurrió que fuera todo el pueblo de Israel el que se erigiera un ídolo a excepción de unos cuantos. La buena noticia a los pobres no puede ser la buena noticia de los ricos. Jesús comiendo con los perdidos y marginados es ya anuncio del fin de un «mundo» que, aunque nos empeñemos en sostenerlo, no es capaz ya de darnos el gozo de vivir, la fuente de su poder, y el inicio de «otra vida» –desafiante, alegre y gozosa– en este mundo...

domingo, 27 de julio de 2025

Vivir en la fábrica de clamores desgarradores... (y la oración cristiana)


 
La ciudad tiene un tremendo potencial de ser una fábrica de clamores desgarradores. México lo experimenta tremendamente. El mundo también. Tal cual como dice el texto de Génesis 18: los clamores se multiplican exponencialmente, el mundo resulta ser una obra violenta (y el asesinato de la maestra Irma en Veracruz lo ratifica). Ante esto habrá quien pedirá que se consume la destrucción de nuestra civilización, quien pida la destrucción de los violentos, e incluso quien confíe en que "orar" será la respuesta dado que se excede desproporcionadamente nuestros alcances como personas comunes y corrientes. Sin embargo, pedir justicia es quizá lo más sensato pedir. ¿Qué es justicia? El texto bíblico parece sugerir que es lo que contiene la fuerza terrible de la violencia divina, en forma de palabra, de habla osada que dirigida a otro disuade el deseo –destructivo– de UNO ante la consideración de la existencia de otro que posiblemente es portador de una bondad. En otras palabras, algo ocurre que habilita y dispone para afrontar la violencia y el mal. Después de todo, si por 50, 40 o 10 justos una ciudad que es productora de males y clamores no es destruida, eso no cambia que esos males persisten. He ahí una clave importante: es muy fácil caer en la trampa de sentirse parte de los buenos al abogar por los justos o buenos, "salvar al mundo" en nombre de las personas bondadosas evitando su destrucción, mas eso trae consigo problemas mayores ¿cómo lidiar con ese mal que se vuelve omnipresente e inexorable? Es parte del dilema planteado por la administración de Trump en estos términos: dado que es difícil identificar al "migrante bueno" del "malo", mejor dejar que todos se destruyan en su propio país –dejando de lado la posible responsabilidad de EEUU en muchas de esas situaciones conflictivas e injustas–, mientras que otros apelando a la bondad de algunos de esos migrantes protestan... pero la cuestión sigue abierta ¿qué hacer con los operadores y fabricantes de clamores? El deseo de UNO, ansioso por su satisfacción y bienestar, por eliminar un problema incómodo e indeseable, se expresa y opera como un deseo sin mundo y no hay límites para ello. Existen sólo deseos, desarticulados, aislados, amontonados, mas al fin y al cabo sólo deseos, deseos solos.

La ciudad aparece como un gran sistema de captura: nos captura por dentro y por fuera. Deseos y amenazas, afanes, ansiedades y exigencias son un eficaz aparato de captura.
Por otra parte, el texto de Lucas 11 presenta una continuación de la cuestión con una propuesta cristiana. Lo primero que llama la atención es la petición de los discípulos, pues piden que les enseñe a pedir. El verbo proséujomai es básicamente un hablar dirigido a otro en forma de petición. Aunque es claro que puedan estar en busca del modo cristiano de hacerlo no deja de llamar la atención que ellos realicen aquello acerca de lo cual quieren ser enseñados: pedir. Eso nos da ya un primer rasgo básico de la oración cristiana: es un hacer que no presupone un saber. Se hace sin saber, no en el sentido de "sin querer", sino de que el no-saber es parte esencial de ese hacer. Si el deseo de uno es deseo solo, sin mundo, de modo que el otro es objeto, en la oración el otro es sujeto, alguien a quien es posible dirigirse e interpelar y de quien cabe esperar una respuesta, de la cual no sabemos su contenido.

Dos películas quizá puedan ayudar a iluminar esto: Pobres criaturas (Lanthimos) y Todo en todas partes al mismo tiempo (Kwan y Scheinert). En la primera encontramos individuos movidos básicamente por el deseo aislado, encerrados en el goce, ese placer desvinculado del cual también la protagonista es parte, hasta que ella, en su encuentro con el dolor de los últimos del mundo y de los miserables de todo tipo comienza a realizar un giro que hace que incluso en la prostitución sea capaz de construir vínculos en los que el otro es sujeto y no objeto, sin dejar de lado el placer. La protagonista es osada en su habla, habla que acontece en sus actos y que le implica afrontar amenazas mientras a la vez cambia su entorno. En la segunda hallamos a una madre y su hija atrapadas en la vorágine de un deseo aislado, incapaz de reconocer algo más que su propia insatisfacción, al grado que proponen un nihilismo total. Lo que rompe ese movimiento es la irrupción tierna y conmovedora del padre-esposo que pide bondad mientras explica que también esa es una forma de lucha. En ambas películas ocurre un giro, una conversión al más puro estilo de Jesús, y este ocurre al «poner mundo» y no puro deseo. En ambos casos la bondad no es una negación de la dureza de la realidad sino todo lo contrario, es un modo de afrontarla y con fuertes implicaciones.

Poner mundo es poner algo más que el propio deseo, algo no sabido y no manipulable. Poner mundo es enfrentar la violencia y no simplemente desear suprimirla o replicarla; es lidiar con un placer y relaciones siempre en posibilidad de pervertirse y no simplemente moralizar o cercenar nuestra sensualidad y sexualidad. Poner mundo es un gesto de no saber (cómo afrontar, cómo vivir) dirigido a otro como alguien y no como algo. Poner mundo es afrontar la disonancia violenta del mundo y del otro sin omitir la bondad que los habita. (Quizá así podríamos entender incluso la insistencia de quien pide pan al amigo mientras el otro va escalando en la expresión de su malestar y molestia debido a la inoportuna petición).
La bondad pide mundo, la maldad satisfacción. Esto no quiere decir que la satisfacción sea el mal y que el mundo sea bueno en sí mismo. Poner mundo es poner algo que excede el deseo, sin saber qué sea ese excedente, y que hace que nuestra habla se dirija a alguien y no a algo. Quizá por eso la oración del Padre nuestro no sea sino un modo de acceder a ese modo de pedir, de extender la mano, no por un "deseo" sino por el anhelo que, sin ser creado por uno mismo, nos hace aspirar a ser parte de una historia alabable o que cause alegría de contarse como buena nueva –santificado sea tu nombre–, a vivir de manera justa, alegre y buena –venga tu reino–, sin descuidar lo elemental del vivir y del obrar –el pan cotidiano y relaciones con otros en las que la deuda no nos ate– en la conciencia del riesgo continuo que es esta vida –no nos lleves al lugar de la prueba. Obrar con ese mundo –aún desconocido, no ideal ni idealizado– dentro es tarea desafiante en este mundo. Poner mundo en un mundo que pareciera gozarse en su autodestrucción.

La oración cristiana no es evasión ni solución al mal, convulsiones y violencias asesinas de nuestro mundo, sino un modo de buscar cómo responder a todo ello sin perpetuar su proceso y victoria. No es para esconderse o desentenderse, sino para tener el amor y la osadía de una "violencia distinta" que parte no sólo de la bondad que halla en este mundo que es valle de lágrimas, sino de la esperanza de la bondad que puede nacer aún entre nosotros, violencia que afronta la violencia que acapara el pan, que perpetúa la deuda, que hace una historia desgraciada, violencia que no imita a esta violencia y aún así es capaz de quebrantarla y destituirla sin imponerse. ¿Acaso no es la misma vida y muerte de Jesús un indicio –estremecedor y desconcertante– de esa "otra violencia" que habla de una bondad en los seres humanos y de una bondad divina? No estoy seguro de en qué consistiría pero puedo ver en su apuesta osada y esperanzada algo que me llama a mí también.

 

Más allá de la parte faltante, Martha y María

 


¿Ocuparse de todo o de la parte? Quizá dos películas puedan ofrecernos elementos para poder abordar esta cuestión y comprender mejor la perspectiva cristiana expresada en el relato de Martha y María (Lc 10): Monsters Inc y Lilo & Stitch.
Al hablar de «la parte», podríamos tomar dos caminos: el de la «pieza faltante», vinculado al imperativo de actuar –el cual no es negado aquí en cuanto tal, sino más bien puesto en cuestión para poder reproponer el actuar humano–, y el de la "parte buena".
Acorde al orden del relato de Lucas comienzo por el de la pieza faltante y el imperativo de actuar. En Monsters Inc la pieza faltante aparece de muchas maneras, desde la exigencia a Mike Wazowski de llenar su papeleo, el trabajo en equipo para producir más (como cuando Randal culpa a su compañero), y particularmente el fragmento de la puerta de Boo necesario para volver a tener contacto con ella una vez que se ha reconstruido la puerta.
El imperativo de actuar tiene una tendencia totalizante: exige que todos actúen, hay demasiado por hacer y no queda lugar para la falta, pues la falta de uno puede constituir un desastre pues la tarea, el orden, el fin buscado podrían no lograrse. Con ello, la parte, por pequeña que sea, se convierte en algo con pretensiones de totalidad (¿o no nos ocurre eso al grado de perder la paciencia o exasperarnos con la falta de reactividad de los otros?). La exigencia de Martha es justamente eso: ¿qué no ves que el mundo se está acabando? ¿qué no ves que no podemos solos con todo? Por cuanto sea un reclamo válido, corre el riesgo de convertir toda empresa humana de "salvación" una mera tarea de completar, justo como parecería indicar el gesto de colocar la "pieza faltante" en la puerta de Boo para poder volver a entrar en contacto con ella. Así, la más mínima falta puede convertirse en el desastre, el fracaso de todo.
Del mismo modo, en Lilo & Sitich el orden perdido con la muerte de los padres de Lilo inaugura una situación que se vuelve caótica y que pudiera considerarse resuelta con la restitución de dicho orden, ya sea mediante la incorporación de nuevos padres o con el logro de Lilo de vivir como si los tuviera aún. El caos en la vida de Lilo es cada vez mayor en la medida en que "debe" vivir como si dicho orden estuviera vigente mientras la situación es cada vez más complicada para ella y su hermana, y sobre todo con la llegada de Stitch.
Esta lógica de la "pieza faltante" tiene sin duda su valor operativo y de verdad, sin embargo, es también una trampa terrible: no hay que dejar ninguna tarea, ningún espacio, sin atender. Tarea sin duda imposible y desesperante. Es la forma de la merimná, término griego que designa los afanes y preocupaciones que agobian a Martha.
El segundo camino, el de María o de la "parte buena", es presentado en Monsters Inc no mediante el fragmento faltante sino mediante un gesto: el de cruzar una puerta con un riesgo significativo y reír. Esta parte no corresponde a nada propio del orden del mundo de los monstruos presentado en un principio. El hallazgo de la risa y de un vínculo afectivo con los niños constituye una "parte" sin lugar en su horizonte. De otro modo, se trataría de una pieza más del orden, del rompecabezas. Acceder a la "parte buena" implicó un riesgo para los monstruos y para Boo. Del mismo modo, en Lilo & Stitch es este último el que anuncia el hallazgo: "la encontré, mi familia, es chiquita y está rota... pero es buena". No sólo Stitch acepta ser atrapado una vez que la halla, sino que permite revelar el alcance del gesto de Lilo al acoger a Stitch con todo lo que implicó y sin ninguna garantía, en su ya caótica vida, de que pudiera restituir lo perdido, cosa que finalmente no se realizó. La familia de Lilo sigue pequeña y rota... pero es buena, y es esa parte la que resulta inapropiable. "No le será quitada" dice Jesús según el relato de Lucas.
Optar por la parte implica perder la totalidad, asumir incluso su limitación e incapacidad para responder a todo. Pero no se trata de quedarse sólo con la pieza faltante, como si fuera un fetiche, sino de esa parte que no encaja o mejor dicho, que en la relación con otro nos permite desencajar, pues mientras en Monsters Inc Sulli y Mike abandonan sus sueños y anhelos de éxito en la empresa, Stitch se sobrepone a la fuerza de su potencial –¿de mal?– y Lilo a la tranquilidad y orden que extrañaba. En ambos casos se abrió una vía distinta. Ni Boo ni Stitch ofrecían lo que los demás querían y estaban lejos de darles acceso a ello, al contrario, los alejaban. ¿Qué hallaron Sulli, Mike y Lilo para correr ese riesgo? La "parte buena", inapropiable, que les posibilitó descubrir una bondad o una valoración distinta en su vida. La parte buena tiene forma de llamado, de modo que no ha de ser confundida con la defensa de lo propio, de mi propio espacio, mi familia, mi país, etc.
Así, en la historia de Jesús con Martha y María encontramos el paso del orden, de la exigencia de actuar, incluso de salvar todo y a todos, de la pretensión de totalidad al llamado, al experimentar con y desde la palabra –el evangelio– que sin tener todo resuelto ni anticipado llama a escoger una parte, extraña, que revela una bondad que no es recetario moral sino riesgo y revelación, una forma de conocer el mundo y de dejar que se rehaga.
Ante la exigencia de todas las causas sociales del mundo de ser secundadas con acción y militancia o simpatía ("Jesús, dile que me ayude"), el evangelio nos propone no la contemplación (como clásicamente se define la posición de María) sino el riesgo de la práctica del evangelio –esa parte buena que no pertenece a ninguna causa y nos saca de nuestra posición y lugar para colocarnos ahí donde algo ha de acontecer...
En este mundo tan lastimado hay que hacer algo, cierto, y hay tanto por hacer, pero un amor concreto, por alguien, puede ser esa parte que nos moverá a donde aún no sabemos ni podemos anticipar y que nuestro nuestro obrar simplemente no puede por sí mismo alcanzar...

 

¡Haz algo! y el giro samaritano

 


Tener que hacer algo o tener algo que hacer son quizá dos de las leyes de la vida humana más operativas y comunes de la época. La diferencia parece ser evidente, sin embargo, en última instancia el tener «algo» que hacer termina cayendo en el campo del «tener que hacer».
Si «tengo que hacer algo» ¿qué esperar de dicho hacer? ¿se puede vivir así?
Un texto de Samuel Beckett ("Belacqua") lo ilustra bien:
"Siempre había algo que uno debía hacer después. Se le ocurrieron tres grandes obligaciones. Primero el almuerzo, después la langosta, después la clase de italiano. Para seguir tirando bastaría con eso."
En la vida contemporánea es difícil escuchar la pregunta ¿qué he de hacer que me dé salvación? quizá incluso hasta resulte carente de sentido. En cambio, sí es más común preguntarse: ¿qué haré hoy para seguir "tirando"? ¿qué me daré a hacer para "tirar" el día, para que me mantenga en la vida este día?
El texto refleja bien la cuestión: nos ponemos obligaciones, cosas a realizar para poder vivir, pues de otro modo pudiera no haber nada por lo cual vivir.

Así, la pregunta del maestro de la ley en el relato del Buen Samaritano podría leerse hoy así:
–¿qué he de hacer para seguir tirando el día?
–¿qué dice la ley?
–ponerme obligaciones, darme algo que hacer
–haz eso y vivirás...

Mas si la respuesta de amar a Dios y al prójimo fuera parte de la respuesta, entonces ¿amar será sólo una actividad para «sentirse vivo» o para «no sentir la vida»? Después de todo, también pueden ser parte de lo que nos "damos a hacer" que nos permite o bien sentirnos bien por sus efectos estimulantes o por sus efectos narcóticos. Sin embargo, el evangelio no se queda ahí, ofrece un relato que abre otro camino. Cuando el maestro de la ley pregunta "quién es mi prójimo" lo que ocurre es un movimiento sutil pero importante, pues al no preguntar cómo se ama a Dios –lo cual parecería ser ya muy claro– o al prójimo sino quién es éste, quién es el otro, da lugar al modo cristiano de preguntar por el amor. Lo que el texto ofrece es un cambio inesperado en la pregunta por el amor. No se trata de la determinación de "qué es amar" sino de "qué acontece cuando se ama", y de eso se ocupa la parábola de Jesús: no de definiciones sino de que algo acontece.
Conforme a un lenguaje religioso, en su forma extrema, mientras el «tener algo que hacer» conecta en última instancia con la lógica del sacrificio, pues implica priorizar y descartar todo lo que no es ese «algo», el «tener que hacer algo» nos coloca en el ámbito de las devociones, ese modo de vivir llenando el tiempo de gestos y palabras. O sacrificar en nombre de un objetivo o deseo o llenar el tiempo con "obligaciones", en eso consistiría la vida, una vida sin otro. Existen los objetivos, los propios deseos, mas no hay lugar para otro. Nos damos cosas por hacer para poder vivir, llenamos nuestro tiempo, pero no hay otro, pues no cabe.
Nuevamente el relato del Buen Samaritano: He ahí quien se define por el sacrificio –el sacerdote judío– y también quien se define por el culto a las "devociones" –el levita. La humanidad se halla desposeída, maltrecha y vapuleada por esas leyes que exigen sacrificar todo con tal de obtener lo deseado o llenar el tiempo siempre con algo por hacer para soportar la vida. Ya sea el dominio de lo deseado sobre todo lo demás, o la desesperanza que sólo busca distracción y entretenimiento, difícilmente se puede hablar ahí de amor y de vida. Jesús abre otro camino: el de quien responde, porque lo que permite identificar el amor no son ni los sacrificios ni las devociones, sino el otro y la relación que se da entre ambos.
El mismo Beckett en "Belacqua" habla de "un poco de misericordia para regocijarse a pesar de la condena", casi como si fuera un anestésico, un poco de consuelo sólo para resistir lo terriblemente absurdo de la existencia. En este sentido, la compasión que muestra el samaritano podría ser considerada como un consuelo en este mundo violento, pero considero que el texto tiene algo más que ofrecer. "Consuelo" podría ser el alcanzar con perseverancia las propias metas, incluso el siempre tener algo que hacer para no tener que lidiar con la vida realmente. El gesto del samaritano contado por Jesús aporta algo más: en el amor ocurre un giro inesperado, una inversión –o en términos cristianos, una conversión– junto con una respuesta. Primeramente, la pregunta inicial –quién es mi prójimo– es invertida –quién se hizo prójimo del que estaba caído–; en vez de hallar el hacer para afirmarse a sí mismo –salvarse– el maestro de la ley halló un suceso que lo destituye y quita del centro y lo vuelve otro –el prójimo herido al lado del camino; en vez de hallar el cómo heredar la vida eterna se halló con otro vivir. El cristianismo propone un amor en el que ocurre una conversión, un giro inesperado que pasa por el amor concreto por alguien al grado de hacer posible una alteración del mundo.
Nota importante: no se trata de hacer de este giro, o del lugar del otro, una tarea más a hacer para llenar con bien nuestro día, o para sentir que cumplimos el objetivo, pues nuevamente sería vaciar del otro el amor. En el relato del Buen Samaritano la aparición del otro vapuleado y herido es fortuita, inesperada. Lo que salva no es la acción por sí misma sino lo que ocurre en la respuesta de otro y la respuesta a otro.
Sí, habrá que seguir "haciendo" y "haciendo algo", mas no es el hacer el que salva, sino aquello que, si bien no se da sin nosotros, tiene que ver con nosotros pero ni nos pertenece ni es producido por nosotros.
En este mundo que demanda «hacer» y «hacer algo», el giro inesperado, la sorpresa propios del acontecer del amor mantienen también abiertos los caminos de la esperanza, esa que no es mísero consuelo sino riesgo de una respuesta a la mano tendida de otro que trae consigo su "desastre" y su alegría.
Ante lo que ocurre en nuestro mundo herido no es inusual el llamado a hacer algo ("no pienses ya, actúa"), incluso algún filósofo perspicaz ha lanzado el llamado a pensar y no sucumbir a esa compulsión a actuar. El cristianismo acoge el hacer y el pensar mas no pone su esperanza en ninguno de los dos: pensar y actuar dejando espacio –esperanzadamente– a la respuesta que ha de aportar lo que ni el pensamiento ni la acción humana pueden por sí mismos... no porque asegure que vaya a suceder, sino por lo que puede ocurrir cuando "hay otro"/cabe otro en nuestro pensar y obrar, por la fuerza y consistencia de ese giro inesperado que altera nuestro mundo por la respuesta de otro y a otro... y ese riesgo asumido no es ley, sino expresión de amor.

lunes, 16 de septiembre de 2024

La dicha que nos levanta y comienza algo en medio de todo lo que habla de final y nos tira




 

Entrar en el Reinado de Dios:

Pobres como Dios, que es dignamente libre como un mendigo que no posee ni es poseído sino que despierta la caridad en otros al extender su mano en espera de respuesta

Llorar como Dios, que sufre lo que pasa en nuestro mundo sin dejar de tener presente la bondad que aún hay en él

Mansos como Dios, que no tiene lugar en este mundo sino como gesto de hospitalidad, no de violencia asesina

Hambrientos y sedientos de justicia como Dios, que se sacia saciando a otros por el exceso de su lúcida gratuidad

Misericordiosos como Dios, que hace gestos que atienden a la miseria de otros y que asumiéndola como uno de nosotros, se abre también a nuestra misericordia

Limpios de corazón como Dios, que hace posible que se dé en nuestro mundo lo que sólo su amor puede realizar, transparentes para que sea perceptible su amor

Hacedores de paz como Dios, que persiste en medio de la violencia y del mal en la apuesta amorosa que nos revela como sus hijos por ser íntimos a su corazón

Perseguidos por causa de la justicia como Dios, que no halla lugar en este mundo por entregarse en la búsqueda de cómo dejar que su amor nos rehaga y rehaga nuestro mundo

martes, 28 de mayo de 2024

La confesión cristiana de Dios-Trinidad




1. El Dios cristiano -Trinidad- es inútil.
1.1 Mas lo útil no es la única forma de lo efectivo.
1.2 Algo inútil puede ser efectivo –producir efectos, poner algo en movimiento.
1.3 Al ser inútil no tiene aplicación práctica, no es solución de un problema, ni modelo ideal a imitar, o explicación de toda la realidad.
1.4 Es como la suerte: hace que ocurra algo, excede las pretensiones de lo subjetivo y las determinaciones de lo objetivo, sin obedecer a ninguna de ambas. Lo pone todo en juego. Mas la suerte no sirve para "algo", y aún así, ocurre.
2. Esto no se explica, se entrega como confesión de algo que pasa y se constata qué pasa en lo que pasa.
3. Donde este Dios tiene lugar, algo pasa...
4. Su nombre no puede ser su concepto o definición sino lo que para nosotros revela su ser único –lo que sólo nos es accesible y reconocible desde una íntima relación vivida y compartida de mutua revelación.
5. Así, el Dios cristiano halla su primera palabra o nombre como misterio inaudito –un Dios del que no se había oído y del cual aún no se ha oído todo.
5.1 Hay más acerca de Dios de lo que ya pretendemos saber.
5.2 No es tan primordial «saber acerca de Dios» cuanto que «algo pase con y a partir de Dios».
6. Mas ese nombre nos es inaccesible sin otro.
6.1 Pues mientras la razón nos abre a su posibilidad sólo una vida concreta puede hacernos entrar.
6.2 De ahí que nos remite a Jesús, a su vida íntimamente indisociable de ese misterio de amor inaudito.
6.3 Si lo más fundamental es que «algo pase con y a partir de Dios» esto es lo que hallamos en Jesús: una vida con y a partir de este Dios y lo que pasa en, con, alrededor y a partir de ella.
6.4 Con Jesús pasa algo inaudito –no como discurso, sino como práctica, como vida.
6.5 Esta vida inaudita es nuestro acceso a ese misterio amoroso.
6.6 Pasar por Jesús es establecer un vínculo con él, vínculo encarnado en una apuesta de vida que comparte sus gestos y modos que hacían de su vida, sin pretender manipular o garantizar obtener el fruto esperado o deseado, un acontecimiento desbordante.
7. El acceso a este Dios inaudito revela algo más: lo que nosotros y el mundo aún podemos ser junto con Él. Esto es su Espíritu.
7.1 Lo que hemos sido o planeado ser no es todo.
7.2 Dicho de otro modo, lo inaudito de Dios al implicarnos una apuesta de vida, movidos más allá de nuestros ideales, pretensiones, emociones y afectos, de lo consciente y de lo inconsciente, nos abre y expone a la revelación también de nuestra propia vida cuya forma y desenlace final desconocemos.
7.3 La vida por venir (con Dios) revela que nuestra vida es aún inaudita provocando así nuestra entrega como capacidad de perseverar y crear desde esa apuesta de vida.
7.4 Esta vida por venir nos revela algo íntimo de Dios pero no sin nosotros.
7.5 La revelación última de Dios no se da sin nosotros ni sin el mundo.
8. La confesión cristiana de Dios es poner en el mundo algo que lo desborda.
8.1 Una vida que revela como posible el vivir desde lo imposible y en la que Dios también se revela mostrándonos que aún queda Dios por venir.
9. Creer es desbordar el mundo dejándose exceder por un gesto de amor.
10. Abrir salidas, encender chispas, corresponde a lo teológico. Dar soluciones, mantener o encauzar el fuego, a lo tecnológico.

viernes, 16 de diciembre de 2022

 El Nacimiento del Mesías en estos tiempos: una provocación literal

“En tiempos de una globalización que exigía cada vez más recolección de datos, todo ser humano fue constreñido a registrarse proveyendo desde información biográfica, gustos e intereses, tendencias afectivas hasta datos biométricos. Todos participaban de esa gran colecta de información, ya fuera mediante el internet o en las oficinas y medios físicos de registro de las instituciones. Así sucedió con una pareja, quienes probablemente se encontraban en esos márgenes en los que apenas se alcanza a registrar algo de su existencia, aun cuando fueran parte de lo que trae a la existencia a otro ser humano a este mundo.
Mientras estaban en ese interminable e imparable proceso de continuo registro, codificación y consumo de la vida, a esa pareja en precariedad e incierta supervivencia le llegó el momento de dar a luz a un ser humano que, anónimo como era, apenas halló un lugar para nacer y yacer, pues no había lugar digno para quienes no ofrecían ninguna información útil para registrar ni aportaban nada que fuera de interés en el mercado en que se ha convertido la vida.
En algún lugar en medio de ese ir y venir de datos y de circulación de personas en función de una economía y mercados al servicio de sí mismos –pero con buena voluntad, al menos voluntad de eficiencia y utilidad– había algunas personas funcionales aunque relativamente marginales –eran poco relevantes a nivel de decisiones y efectos en el sistema, pues se hallaban ‘bien’ en su funcionalidad marginal– que incluso a deshoras y con cansancio mantenían las cosas como estaban. A éstas les llegó algo que probablemente vendría de Dios –porque es raro y hasta un tanto inesperado y arriesgado en lo que propuso– y dio lugar a una proposición extraña, incómoda y poco verosímil, la cual suscitó algo de temor porque parecía ir en serio y ser muy literal: «Juéguensela en esto: hay una buena noticia, algo que se revela sólo a quien se aventure a ser realmente pueblo con otros, en especial con los sin-pueblo, es decir, con quienes ni están registrados –los sin papeles, sin pertenencia, sin propiedad, vidas perdidas– ni tienen valor, ni como información ni como parte de los valores del sistema de recompensas y utilidad de y para los egocentrismos que dinamizan nuestro mundo. Esta buena noticia comienza algo y tiene carne y vida en este mundo, hoy, al interno mismo de esta fría y compartimentada sociedad, en algún lugar de la ciudad; se trata de aquello a través de lo cual se cuela a nuestro mundo otra vida real –no mero ideal–, auténtica, digna de ser llamada vida, y que desborda y descoloca nuestras políticas, psicologías y otras formas de saber y actuar. Si quieren encontrarse con esto, he aquí hacia dónde han de ir: a quien en esta noche fría está envuelto en desnudez y abandono, posiblemente cubierto con un periódico o unos sucios harapos yaciendo en el piso, sin nombre, un bulto más para el espectáculo de las pantallas móviles que van y vienen por todos lados.   
De repente esta excesivamente literal propuesta se vio acompañada por la inesperada sensación de que en verdad, ahí podría estar Dios, la vida que nos vive y nos vuelve, al realizar este excesivo y arriesgado acto, testigos y lugar de una alegría para este mundo… para quienes quedaron al margen de él… y quizá también para nosotros…” 

(Cf. Lc 2,1-14)

lunes, 8 de julio de 2019

Curar la vida


XIV Domingo del Tiempo Ordinario


Pónganse en camino, sin dinero, sin morral, sin sandalias, sin detenerse... (Lc 10, 3-4) 

Siempre nos desinstalas, Jesús, porque no supiste nunca estar encerrado en un templo, esperando que las cosas sucedieran, planeando y organizando estrategias pastorales.

Lo tuyo era andar de camino, siempre. Bordeando las ciudades, peregrino del Padre, recorriendo aldeas y veredas.

Desprovisto de seguridades externas: solo un amor ardiente en el corazón y los ojos abiertos a toda miseria humana.

Tu estilo asusta. No sabemos ser misioneros a tu modo. Creemos que el éxito de la misión se define por nuestros apegos. Y entonces tú nos desinstalas y nos envías a curar enfermos, a anunciar que el Reino del Padre está cerca, está próximo, está aconteciendo.

De dos en dos, nunca solos. Algunos tramos en silencio pero acompañados. De dos en dos para dejar un espacio para ti. Sin dinero, sin morral, sin detenernos. Vacíos de expectativas, abiertos al camino y a encontrarte en nuestras conversaciones y en nuestras propias heridas.

Nos envías para sanarnos de esa enfermedad de permanecer encerrados en nuestros miedos y en nuestras tristezas, encadenados a rencores viejos. Nos envías como corderos en medio de lobos. Nos envías para curar nuestra vida. Nos envías para curar la vida.

Curar heridas, curar la vida, expulsar demonios. Cuando dijiste "La cosecha es mucha y los trabajadores pocos", no buscabas expandir tu negocio, sino curar toda la vida. Curar nuestras soledades, sanar nuestros miedos insanos para hacerlos funcionales. Curar la vida, hacer lo que tú hiciste siempre.


domingo, 20 de enero de 2019

Sin signos, no hay significado


II Domingo del Tiempo Ordinario

20 de enero de 2019


La boda en Caná (Jn 4, 1-11) ¡Texto del evangelio aquí!

"Esto que hizo Jesús en Caná de Galilea fue el primero de sus signos" (Jn 4, 11) 
Me gusta que Juan utilice la palabra "signo" y no "milagro". Quizá la segunda apunta mas hacia a una mentalidad mágica, mientras que la primera me invita a descubrirme como significante necesitado de signos para acceder al significado. 

El texto de Jn tiene muchos personajes: el testigo que narra, María, los novios, Jesús, el mayordomo, los sirvientes... Colocados en la perspectiva de cada uno de ellos, uno puede adentrarse en el relato y descubrir una buena noticia. 

Como ex alumno y colaborador Marista, este texto me hace ver a María de Nazaret en una faceta no acostumbrada: María que se salta las trancas, que parece decirle a Jesús, como una madre a la mexicana: "No me importa si no ha llegado tu hora, has de mirar que en esta boda la alegría se acabó... por que lo digo yo, que soy tu madre". La Señora de Nazaret, sencilla y discreta, aleccionando al Hijo, desarmando la teología del cuarto evangelista, indicándole que la hora ya llegó... Miro a María y la siento mi Buena Madre al evidenciar ante Jesús nuestras fiestas sin la alegría "mejor". Aunque sin imponerse -aquí ya no sería la madre a la mexicana- y sin aventar la chancla, sino simplemente señalar: "Hagan lo que él les diga". El mayor imperativo marista que alguien haya podido darnos. 

Juan habla de siete signos en su evangelio, y éste es el primero de ellos. Y pienso en una vida sin signos, en una existencia plana, rutinaria y monótona. Como ir en la carretera y pasar un largo tramo sin signos, sin saber cuánto falta para la gasolinera o para el próximo poblado. Sin saber en qué kilómetro voy para pedir ayuda si fuese necesario. Una vida sin signos y por lo tanto, de vacía de significado. 

El primero de los signos: aunque este ciclo C de la liturgia está tomado en su mayoría del texto de Lucas, descubro en este texto de Juan la buena noticia de que Jesús inicia su recorrido -litúrgicamente hablando- colocando signos en la carretera de la vida. Que están ahí para ayudarnos a acceder al significado profundo de la existencia. Para ponernos en camino (precisamente es Lucas quien presenta a Jesús "en camino"). 


lunes, 14 de enero de 2019

En el río, no en el templo..

Domingo 13 de enero de 2019
Bautismo del Señor 

Lc 3, 15-16. 21-22

Me gusta la imagen de Jesús dejándose bautizar por Juan, el profeta del desierto. Sobre todo por lo que entraña esa extraña decisión, que aparece narrada en los cuatro evangelios: un Dios que se ha tomado en serio el asunto de ser hombre.

"El pueblo estaba expectante..." Me imagino a Jesús compartiendo esa expectativa, como parte del pueblo. Y gracias a ella -y precisamente por ella- se aleja de Nazaret y va en busca del profeta del desierto. Lucas no nos narra cómo ni por qué llega Jesús hasta Juan, el que bautiza. Simplemente nos lo presenta como uno más del pueblo, compartiendo su expectativa. Este Jesús me fascina; movido por un anhelo, busca, se pone en camino.

Y tras de él vamos también nosotros. Movidos por un anhelo de algo más. Inquietos por que no nos resignamos a que la vida sea solo la dominación de Roma o de Herodes, de los nuevos imperios y de los nuevos tiranos. Creemos que hay algo más; y esa intuición nos mueve, y nos ponemos en camino.

Acompañando grupos de jóvenes, me doy cuenta que la Iglesia ya no resulta para muchos de ellos un espacio dónde buscar. Parece que el cielo está cerrado y no hay acceso a él. Sin embargo, el anhelo de algo más sigue intacto. Lo percibo entre lineas en sus comentarios en clase, en lo que comparten, en sus tweets y en sus memes. Y entonces contemplo a Jesús, fuera del recinto religioso, fuera del templo, buscando en un río las palabras de fuego del profeta del desierto.

Y ahí, en ese espacio no religioso, a donde su búsqueda le ha llevado, tras ser bautizado, el anhelo encuentra tierra donde echar raíz: "Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado". La forma de narrarlo de Lucas me hace click: "el cielo se abrió" ... ¡fuera del recinto religioso! El Bautismo de Jesús no es el templo, sino en un río. Y cuando el cielo se abre es para revelarnos -o recordarnos- identidad: la vida es algo más que ser dominados por el tirano. La vida es ser -y vivir como- hijos.