¿Quién puede gozar? conviene comenzar con esto. El escándalo que se produce en la 'gente de bien' de la sociedad en que vivió Jesús parece tener que ver con eso: Jesús goza con pecadores, o bien –y quizá es peor aún– los pecadores gozan junto con él. Esa comida alegre, en camaradería y pasando un buen rato, sin duda expresa cierto gozo, implica placeres compartidos. Que Jesús goce, quizá no sea tanto problema, es un hombre justo, hombre de Dios, pero ¿por qué los pecadores habrían de gozar con él? Sale aquí a la luz el problema de la distribución de los placeres, del gozo de vivir:
quién puede gozar, tanto en el sentido de
quién tiene permiso para ello y de
quién cuenta con las condiciones para poder gozar, parece ser un tema intrínseco al de la misericordia. Después de todo, la misericordia, y más cuando se concretiza como perdón, es una rehabilitación de la capacidad gozar, una readmisión en el gozo con otros.
Ahora bien, los dos hijos que aparecen en la parábola del padre misericordioso dan vida a dos maneras concretas de realización del placer en la vida contemporánea, expresados con dos especies de leyes: 1) o gozas o eres gozado, sin poder nunca realmente gozar junto con otro; y 2) sólo has de gozar de ti mismo, y por ello, no hay lugar para otro.
«O Gozas o eres gozado, pero a fin de cuentas, solo». Esto aparece en el caso del hijo menor, quien a fuerza de querer llenarse siempre a partir de la parte que le es dada, esto es en su fase de gozador, termina perdiendo todo excepto ese afán de llenarse, como quien sigue esperando que de otro le venga aquello que finalmente colme su vacío o incluso su búsqueda de gozo. Dolorosamente termina dándose cuenta de que una vez que no tiene nada que lo haga atractivo como para ser gozado –pues se queda solo– sólo le queda una opción: volverse útil. De ahí que planee decir a su padre que lo tome como un empleado, como algo útil. La última esperanza de quien constata que siempre ha estado solo en su gozo –o al menos no ha podido causar el mismo gozo que recibe, o ni recibir el mismo gozo que causa, al grado de que se conforma con gozar o ser gozado– es el de ser útil. O así parecería sugerirlo este discurso que categóricamente el padre de la parábola interrumpe y no dejar continuar. En la medida en que en nuestras relaciones los gozos y placeres de la vida se han ido volviendo cada vez más unilaterales y solitarios, nos hemos ido acercando a la conclusión de que lo único que nos queda es ser útiles. La lucha desaforada por gustar, por ser objeto del deseo de otros, incluso si no podemos gozar de otros –como volverse un personaje mediático, querer tener seguidores en las redes, o incluso situaciones más desesperantes como el tráfico de personas o pelear por trabajos que no deseamos pero necesitamos– conduce hacia convertirnos en una especie de mercancía deprimida, capaz de gozar en un principio, pero poco a poco incluso eso se va perdiendo.
«Sólo has de gozar de ti mismo, por lo que no hay lugar para otro». Incluso habría que decir que no hay lugar para gozar nada más. Es el caso del hijo mayor. Éste cumple todo, obedece siempre, pero él mismo señala que nunca ha recibido nada para regocijarse con sus amigos. Su único placer ha sido cumplir con todo, a costa de no gozar nada más. Es una paradoja tremenda: para poder gozar ser hijo ha de privarse de todo placer que no sea sino cumplir las órdenes y reglas. Todo su gozo queda en sí mismo, aunque en espera de recibir algo más. Vive en condición de hijo –así lo llama su padre– pero se vive en posición de obrero, de mera sumisión sin gozo recibido de parte del padre. Es como el ciudadano que cumple todo –incluso a costa de privarse de muchos placeres posibles– y que reacciona violentamente cuando ve que ciudadanos que no han aportado o no cumplen van a participar de los mismo gozos y placeres que él. Esto le resulta insoportable. El placer es para quien lo merece. O por lo menos que sean placeres de distinto nivel. No cabe nadie, sólo su placer por haber cumplido, es el placer de privarse del placer. De hecho, el hijo mayor se rebela a su padre por no someterse a esa misma ley que lo rige, o más bien, por no dar cumplimiento a lo que el hijo mayor esperaba de su propia obra, de modo que al poner en evidencia su ineficacia, éste refuerza su idea de que sólo puede gozar de sí mismo.
La figura del padre no aporta ninguna solución conforme a lo planteado por cada hijo. La relación que constituye la forma de realizar el gozo de vivir del primero, que lo lleva a conformarse con ser algo útil, es interrumpida por el padre. Es una relación-discurso que simplemente no deja continuar. El padre no "llena" el vacío de su hijo, no le promete ninguna otra parte extra para darle esperando que esta sí lo llene... simplemente lo acoge y lo integra en la fiesta. Abre una vía para que pueda gozar junto con otro, y no solo ni atendiendo a su rol de gozador o gozado –de lo cual ni se ocupa de negarlo ni de afirmarlo. La relación que constituye la forma de realizar el gozo del hijo mayor, que lo vuelve una especie de máquina y lo atrapa en la contradicción de querer gozar y sólo gozar en privarse de gozar, es desafiada por el padre. Éste reconoce el valor del cumplimiento y le señala que eso no es todo, que hay todavía un gozo mayor y más vital que el que ha experimentado: uno que va más allá del placer que constituye uno para sí mismo o la propia obra. Abre así una vía para que pueda gozar más allá de sí, incluso a raíz de algo que no depende de sí por ser regalo, don, sorpresa.
El amor presentado en la figura del padre no es una fórmula mágica –con su consecuente promesa de llenado de lo vacío–, ni constituye una nueva ley a cumplir. Es algo que, puesto en el mundo, da lugar a situaciones conflictivas que resolver, pero también abre salidas. La conversión es una forma de salida, no es conclusión de dicha salida, pues siempre es posible volver a esas situaciones, formas de relación, lógicas de vida que terminan por privar de poder gozar. El padre simplemente presenta una especie de gozo y alegría «porque sí», gratuitos y a la vez indisociables de cada uno de los que participan en la fiesta. Es la mirada y regalo bondadosos que se alegran de que otros puedan también gozar con los otros, que salgan de aquello que impedía la alegría de vivir y la fiesta. Para este gozo no hay camino, fuera del ponerse en juego, en el riesgo de experimentar la propia vida con el evangelio. El evangelio más que un camino ya trazado abre la posibilidad de caminos y nos lleva a hacerlos.
Ahora bien, aunque cada quien puede asumir una parte de por qué entraría en un
esquema u otro de las formas de realización del placer señaladas y su
subsiguiente poder o no poder gozar –aunque sea como un proceso
progresivo que no se nota al principio debido a su sutileza–, hay también
una compleja red de procesos, sistemas, relaciones que, como forma de
vida y de sociedad, empuja, induce o anima a asumir alguna de ellas... (quizá la forma evangélica sea la menos promovida). Para afrontar dicha complejidad por algún filón concreto, las parábolas de la oveja y de la moneda perdidas junto con la del padre y sus dos hijos nos colocan frente a una problemática muy actual: la desafiliación (es el nombre que Robert Castel sugiere emplear para lo que solemos llamar marginación). Desafiliación es precisamente lo que ocurre con los hijos en la parábola del padre y sus dos hijos. El menor busca desafiliarse
–pedir la herencia en vida es una especie de declaración de
desafiliación o dejar de ser hijo que simbólicamente 'mata al padre'
como tal, y por tanto, ya no le es posible volver a él, como lo dirá más
adelante. El mayor se desafilia desde una vivencia de su ser de hijo
como si fuera empleado. Ambos hijos experimentan una progresiva desafiliación en la medida en que van quedando fuera del gozo de vivir junto con otros, tal y como va ocurriendo también con aquellos que quedan al margen, perdidos. Cada vez con menos hilos que conecten con los demás, los marginados o desafiliados van siendo privados de las más diversas formas de placer y de gozo de la vida.
La alegría y fiesta que presenta Jesús nos hablan de un gozo de vivir que no se reduce a mero estado psicológico o determinación subjetiva al margen de otros y de las condiciones en el mundo, pero tampoco lo hace depender de determinadas condiciones de vida idealizadas. No sólo se trata que todos accedan al banquete, Jesús también cuestiona el banquete, pues la 'fiesta del cielo' haya mayor alegría en que los perdidos salgan –se conviertan– de esa trampa que, como vemos, nos es simplemente haberse desviado de las reglas de una comunidad, ya que ya ocurrió que fuera todo el pueblo de Israel el que se erigiera un ídolo a excepción de unos cuantos. La buena noticia a los pobres no puede ser la buena noticia de los ricos. Jesús comiendo con los perdidos y marginados es ya anuncio del fin de un «mundo» que, aunque nos empeñemos en sostenerlo, no es capaz ya de darnos el gozo de vivir, la fuente de su poder, y el inicio de «otra vida» –desafiante, alegre y gozosa– en este mundo...