lunes, 10 de noviembre de 2025

Destruyan este templo... consideraciones acerca de la destrucción del hombre

 


 

Detenernos a pensar acerca de lo que destruye al hombre:
"Al pie de la horca, los SS nos veían pasar con miradas indiferentes: su obra estaba realizada y bien realizada. Los rusos pueden venir ya: ya no quedan hombres fuertes entre nosotros, el último pende ahora sobre nuestras cabezas, y para los demás, pocos cabestros han bastado. Pueden venir los rusos: no nos encontrarán más que a los domados, a nosotros los acabados, dignos ahora de la muerte inerme que nos espera.
Destruir al hombre es difícil, casi tanto corno crearlo: no ha sido fácil, no ha sido breve, pero lo habéis conseguido, alemanes. Henos aquí dóciles bajo vuestras miradas: de nuestra parte nada tenéis que temer: ni actos de rebeldía, ni palabras de desafío, ni siquiera una mirada que juzgue."
He aquí el testimonio de Primo Levi, podría llamarlo sobreviviente del campo de Auschwitz, pero quizá el no aceptaría del todo ser llamado así, pues lo que sobrevivió fue un fantasma, unas ruinas de algo que fue destruido.
Hay muchas maneras de destruir al hombre, entre ellas hay dos más:
La polarización que en un afán de ser totalmente puros, buenos, de esos que no ceden ni un poco a sus antagonistas, termina por hacernos incapaces de creer en nada, porque nos inmoviliza tanto en el pensamiento como en la acción ya no saber qué pensar ni qué creer sin hundirnos en cierta desesperación y desesperanza.
La otra se da volviéndonos mercado. ¿Cómo pasamos de ser casa de Dios a mercado? Dejando que poco a poco todo lo que nos llene, lo que nos habite, lo que haya dentro de nosotros sea mercancía. Mis sueños: algo comprado o a la venta. Mis afectos: algo comprado o a la venta. Mi cuerpo: algo comprado o a la venta. O más aún, sueños, afectos, cuerpo, etc., son llamados "mis", "míos", sobreentendiendo que si son "míos" puedo disponer de ellos para venderlos o porque me han costado. Todo lo que habita en mí es mercancía, nada está fuera de su alcance.

En 1984, Orwell plasma muy bien esta nueva sofisticada, dedicada y paciente forma de destrucción: hacer que nuestra vida-sumisión sea auténtica. La exigencia de autenticidad nos doblega y somete. No es la autenticidad el problema, sino su imperiosidad, el que se exige que tengamos que serlo. Hacer todo porque efectivamente lo queremos de una forma "pura", sin rupturas, sin intersticios.

Los discursos políticos de y en nuestro país, que polarizan, que nos orillan a querer voluntariamente ser puros, que nos inmovilizan e impiden pensar algo más que el sesgo de confirmación de uno mismo, que neutralizan al otro, nos van colocando en esa destrucción que señala Primo Levi. No pretendo decir no a la violencia, ni negar el valor de tomar posición o tomar partido por algo. Apelo a la posibilidad, a la necesidad, al derecho, a la gracia de ser impuros. De que los jóvenes no tengan miedo de ser impuros sin hacer de esto un pretexto para no hacerse cargo de nada, para querer vivir como intocables, sin dejar de lado una búsqueda de lucidez más que de tener la razón. Impuros para poder actuar en el desacuerdo.

Quizá, frente a todo eso, sea válido considerar la posibilidad de que lo que los textos de Pablo (1 Co 3,9-11.16-17) y del evangelio (Jn 2,13-22) nos ponen enfrente es que hay una violencia que es posible, que en el afán de «purificar» lo que había que cuidar y se ha vuelto mercado, que en el afrontar lo que destruye al hombre, hay que asumir ser aunque sea un poco «impuros» –capaces de una grieta, de la presencia de algo más, de entregarse de lleno sin dejar de ser alguien con alguien, de ponerse en juego sin destruir al otro.

Frente a la destrucción del hombre ya en curso, el ejercicio cristiano es el de retomar las ruinas, juntarse en torno a ellas y reconstruir, pues ellas nos hablan de algo que no se limita a sí misma, que no es ensalzamiento de otra época, sino acogida de ese fantasma que aún merodea, que aún habla de algo que quiso ser: de un amor que fue puesto en marcha en este mundo, de una dignidad que quiso abrazar a otros, de una palabra que quiso llegar a ser en el acontecimiento que se dio entre nosotros. Las ruinas nos dicen que «hay algo más». Algo puede ser levantado.
 
Entender que la felicidad implica no vivir a cambio de algo, que mientras un partido u otro, una derecha o una izquierda, o el movimiento que sea haga uso de los destruidos para capitalizar su posición moral, social, religiosa, corre hacia la repetición de esa destrucción: "Nosotros no destruimos al hereje porque se nos resisten, mientras nos resisten no los destruimos. […] Lo hacemos uno de nosotros antes de matarlo. […] Nos resulta intolerable que un pensamiento erróneo exista en alguna parte del mundo, por muy secreto o inocuo que pueda ser. Ni siquiera en el instante de la muerte podemos permitir alguna desviación." "No permitimos que los muertos se levanten contra nosotros". (Orwell, 1984).
 
La vía destructiva (W. Benjamin) crea espacio, hace lugar, abre caminos, y quizá haya que aprender a "destruir" sin arrasar... como lo mostraron jóvenes de la Gen Z en Bangladesh y Nairobi que en asistieron a policías heridos: quizá sí sea posible luchar sin destruir la humanidad, aún a pesar de la violencia.

Volvernos esperanza en medio de nuestras desesperanzas es el llamado.

miércoles, 15 de octubre de 2025

Fragilidad amenazante y lazos para vivir...


 

¿Qué hacer cuando la vida se cae a pedazos y por más que nos esforzamos no logramos mantener los fragmentos juntos? ¿qué hacer cuando se hace cada vez más evidente –o a todos o a uno mismo– que algo está fallando y no logramos encajar en la vida con otros? Ante esa fragilidad: mantener la distancia, mientras más lejos más seguro. No demasiado, sólo lo suficiente para que no se note la "falla". Y entonces se irá notando cómo podemos ir perdiendo sensibilidad al mundo que nos rodea, al mundo, a todo lo que "no sea yo", y con ello, más desesperante se vuelve el sentir que los conflictos y tensiones que nos atraviesan agrandan las grietas, hacen más difícil mantener todos los pedazos juntos. Sentir con angustia cómo ese hilo, lazo o cinta adhesiva que parecía lograr tener todo junto ya no puede hacerlo. Simplemente falla.
Dos afirmaciones osadas: No fallamos, somos una falla. No es que mi yo esté roto en pedazos, sino que es esa cinta adhesiva.
En este sentido, somos "leprosos". Antes el leproso gritaba para mantener a salvo a otros –del contagio–, ahora, este tipo de leproso que somos, grita para autopreservarse, para que la cercanía de otro no ponga en riesgo nuestra ya precaria consistencia. Es la enfermedad de la distancia. Quizá en parte por ello las pantallas sean tan exitosas. Mantienen la distancia, permanecemos insensibles al mundo –a lo que no sea yo.
Temerosos, quizá avergonzados, incluso tal vez hasta angustiados, buscamos liberarnos de la falla, de lo que falla. Ser reparados, eso sería sanar. Ser reparados para encajar en la sociedad. O bien, ser reparados encajando en ella. Dejar de lado el adhesivo que hemos sido y abrazar la cinta adhesiva de la sociedad: ser útiles, productivos, ser funcionales "sin fallas". Eso parece funcionar mejor. Buscar algo más sería nuevamente una falla. ¿Qué más se puede querer que encajar y estar libre de falla? Mi yo se vuelve la fidelidad ciega a una norma o imperativo: encajar, ser útil, ser "patriota".
 
Sin embargo, esa forma de lazo social no nos da más consistencia, sólo mejor apariencia, al menos por un tiempo. Aprendemos a vivir en esta sociedad para esta sociedad. No hay más. Estaremos solos, pero encajamos, y funcionamos. Después de todo, la vida se vuelve "drive thru", sólo pasar tangencialmente.
Quizá por eso el evangelio de Lucas enfatiza esta pregunta de Jesús ¿qué no fueron 10 los sanados? ¿por qué sólo volvió uno... y es el extranjero no tan bien visto? Porque los otros 9, cansados o emocionados, sólo buscaban reintegrarse, que no se notara la falla –la lepra es visible–, despreocuparse de mantener sus pedazos juntos pues, en la vida ajetreada del trabajo y el consumo todo se disuelve. Sólo uno encontró la proximidad, el lazo distinto, aquel que expone a ciertos riesgos, que vuelve sensible a lo que "no sea yo". Aquel que buscaba algo más que poder reintegrarse útilmente en la sociedad –¿no nos dejó ver ya Lucas que la fe es una vida posible más allá del principio de utilidad, del ser útiles, "siervos inútiles somos", una vida no limitada o condicionada por ese imperativo de la utilidad?–...
La falla no le ocurrió, él era una falla encarnada en un descarnado y de esa falla Dios abrió un camino. Si la falla es la brecha en un sistema, el espacio abierto, vacío, ¿no será acaso precisamente el lugar de nuestra particularidad, de modo que al ponerlo en juego con otros da pie a que algo más pueda ocurrir, fuera del ciclo del sistema?
 
Hay otros lazos que nos permiten sostener nuestros pedazos, quizá con menos temor y más alegría, pero no sin riesgo, con más intimidad: como la solidaridad -que no elimina las tensiones y conflictos internos, pero nos da un soporte para vivirlos sin desmoronarnos. Como esos gestos de personas que, al ver la vida que se cae en pedazos de aquellos que no salen a las calles por miedo a ser atrapados por fuerzas que quieren aumentar la distancia porque las ven como apestados, portadores del mal, deciden hacer una red, una cercanía que sostiene al quebrantado y amenazado. Es solidaridad como amistad clandestina. Como aquellos que desafiando a esas fuerzas y potencias de la distancia y separación, bailan y cantan disfrazados, no para maquillar su falla, sino porque esa falla –una rana frente a fuerzas "del orden", ¿no parece una falla, algo extraño?– es la puerta a otro modo de luchar contra la fuerza: la alegría.
 
Quizá este texto de Lucas sobre los 10 leprosos pueda darnos pistas para buscar algo más que sanar –ser reparados– y acceder a ese exceso que el evangelio llama ser salvados... con otros.

lunes, 22 de septiembre de 2025

Servir a Dios o servir al dinero: jugar en el juego amañado de nuestro mundo


El juego está amañado. Nuestro mundo parece doblegarse frente a la tremenda fuerza configuradora de la relación abusiva: cruzar los límites –o hasta impedir que se formen– para obtener un creciente beneficio propio a costa del otro que se convierte en perjuicio del otro. Así lo expresa el texto de Amós (8,4-7) con intensa indignación: hay quienes están esperando a que pase la pausa, el descanso, el tiempo de no vender para poder volver a explotar al pobre, e incluso, engañándolo, vender al pobre mismo a cambio de una mercancía. El pobre ha sido convertido en mercancía en un juego amañado en el que hasta el intercambio está alterado de forma artera e inicua.

Todo se convierte en mercancía. Cada detalle de la propia vida se traduce en algo monetizable, y más aún, pareciera que la sola manera de sobrevivir es así: o volver la propia vida entera en algo monetizable –incluyendo el tiempo y afectos– o la vida de otros. Pero el juego se revela amañado, pues aún haciéndolo, a millones no les alcanza, y sólo vemos las historias de éxito, las películas que exaltan valores encarnados en quienes logran exitosamente esa transubstanciación de sus vida en valor, mientras quedan en la sombra aquellas que, habiendo puesto todo y lo mejor de sí, en un juego amañado simplemente se descubren encerrados en una trampa: la de un hambre que pide cada vez más y cruza todos los límites, exigiéndoles seguir ahí, puestos entre la espada y la pared, obligados a entregar su presente e incluso su futuro, su descendencia, su porvenir. Se endeudan.
He ahí la pertinencia del texto de Lucas (16,1-13). Jesús no presenta una típica historia moralmente ejemplar, ni una historia de “éxito”. Es más bien la historia de una falla y de alguien que juega con las reglas para vencer al propio juego. El “administrador”, el oikos-nómos (el de las normas de la casa), usa su astucia y revela cómo es posible colarse entre los vacíos del juego e inclinar la balanza a su favor. Jesús lanza la provocación a los “hijos de la luz” a emplear también esa astucia, esa inteligencia clandestina que, al superar la ingenuidad de querer resolver un juego amañado con la fidelidad a un mero “seguir las reglas”, puede hacer que la balanza se incline a favor de los que han sido abusados, engañados, exprimidos y explotados. Quien busque entrar en el reino de Dios también ha de saber jugar según las reglas del juego y jugar con las reglas para alterar el juego. Quizá así sí sea posible poder dejar de servir al dinero –porque ¿cómo hacerlo si nuestra supervivencia parece estar condicionada a servirle?. Que nadie pretenda mantener cierta pureza moral o inocencia en este proceso: el dinero está lleno de injusticias. Alterar el juego, aunque sea clandestinamente –en esas pequeñas alianzas que se hacen entre algunos y que se vuelven redes que sostienen a muchos– es arriesgado y no es para inocentes. Todo eso requiere también de amigos. Contar con quienes no sólo hay confianza, sino vínculos y afectos que muestran que sí hay vida fuera de la mercancía. No se trata de comprar amigos con el dinero lleno de injusticias, pues eso sería seguir en lo mismo, sino de hacerse de amigos en medio del participar en ese juego amañado y abusivo del dinero/capital. Amistad y capital son incompatibles, aunque eso sólo se perciba a partir de ciertos umbrales: ahí donde se verifica que no es posible monetizar a un amigo, ponerle precio, pues en ese momento, se revela que en realidad se trata de otra cosa.
Servir a Dios implica un tremendo riesgo de jugar, con inteligencia y junto con amigos, para superar el juego amañado que abusa progresivamente de todos.

martes, 16 de septiembre de 2025

¿Quién puede gozar? acerca de tres parábolas y la marginación


 
 
¿Quién puede gozar? conviene comenzar con esto. El escándalo que se produce en la 'gente de bien' de la sociedad en que vivió Jesús parece tener que ver con eso: Jesús goza con pecadores, o bien –y quizá es peor aún– los pecadores gozan junto con él. Esa comida alegre, en camaradería y pasando un buen rato, sin duda expresa cierto gozo, implica placeres compartidos. Que Jesús goce, quizá no sea tanto problema, es un hombre justo, hombre de Dios, pero ¿por qué los pecadores habrían de gozar con él? Sale aquí a la luz el problema de la distribución de los placeres, del gozo de vivir: quién puede gozar, tanto en el sentido de quién tiene permiso para ello y de quién cuenta con las condiciones para poder gozar, parece ser un tema intrínseco al de la misericordia. Después de todo, la misericordia, y más cuando se concretiza como perdón, es una rehabilitación de la capacidad gozar, una readmisión en el gozo con otros.

Ahora bien, los dos hijos que aparecen en la parábola del padre misericordioso dan vida a dos maneras concretas de realización del placer en la vida contemporánea, expresados con dos especies de leyes: 1) o gozas o eres gozado, sin poder nunca realmente gozar junto con otro; y 2) sólo has de gozar de ti mismo, y por ello, no hay lugar para otro

«O Gozas o eres gozado, pero a fin de cuentas, solo». Esto aparece en el caso del hijo menor, quien a fuerza de querer llenarse siempre a partir de la parte que le es dada, esto es en su fase de gozador, termina perdiendo todo excepto ese afán de llenarse, como quien sigue esperando que de otro le venga aquello que finalmente colme su vacío o incluso su búsqueda de gozo. Dolorosamente termina dándose cuenta de que una vez que no tiene nada que lo haga atractivo como para ser gozado –pues se queda solo– sólo le queda una opción: volverse útil. De ahí que planee decir a su padre que lo tome como un empleado, como algo útil. La última esperanza de quien constata que siempre ha estado solo en su gozo –o al menos no ha podido causar el mismo gozo que recibe, o ni recibir el mismo gozo que causa, al grado de que se conforma con gozar o ser gozado– es el de ser útil. O así parecería sugerirlo este discurso que categóricamente el padre de la parábola interrumpe y no dejar continuar. En la medida en que en nuestras relaciones los gozos y placeres de la vida se han ido volviendo cada vez más unilaterales y solitarios, nos hemos ido acercando a la conclusión de que lo único que nos queda es ser útiles. La lucha desaforada por gustar, por ser objeto del deseo de otros, incluso si no podemos gozar de otros –como volverse un personaje mediático, querer tener seguidores en las redes, o incluso situaciones más desesperantes como el tráfico de personas o pelear por trabajos que no deseamos pero necesitamos– conduce hacia convertirnos en una especie de mercancía deprimida, capaz de gozar en un principio, pero poco a poco incluso eso se va perdiendo.     

«Sólo has de gozar de ti mismo, por lo que no hay lugar para otro». Incluso habría que decir que no hay lugar para gozar nada más. Es el caso del hijo mayor. Éste cumple todo, obedece siempre, pero él mismo señala que nunca ha recibido nada para regocijarse con sus amigos. Su único placer ha sido cumplir con todo, a costa de no gozar nada más. Es una paradoja tremenda: para poder gozar ser hijo ha de privarse de todo placer que no sea sino cumplir las órdenes y reglas. Todo su gozo queda en sí mismo, aunque en espera de recibir algo más. Vive en condición de hijo –así lo llama su padre– pero se vive en posición de obrero, de mera sumisión sin gozo recibido de parte del padre. Es como el ciudadano que cumple todo –incluso a costa de privarse de muchos placeres posibles– y que reacciona violentamente cuando ve que ciudadanos que no han aportado o no cumplen van a participar de los mismo gozos y placeres que él. Esto le resulta insoportable. El placer es para quien lo merece. O por lo menos que sean placeres de distinto nivel. No cabe nadie, sólo su placer por haber cumplido, es el placer de privarse del placer. De hecho, el hijo mayor se rebela a su padre por no someterse a esa misma ley que lo rige, o más bien, por no dar cumplimiento a lo que el hijo mayor esperaba de su propia obra, de modo que al poner en evidencia su ineficacia, éste refuerza su idea de que sólo puede gozar de sí mismo.

La figura del padre no aporta ninguna solución conforme a lo planteado por cada hijo. La relación que constituye la forma de realizar el gozo de vivir del primero, que lo lleva a conformarse con ser algo útil, es interrumpida por el padre. Es una relación-discurso que simplemente no deja continuar. El padre no "llena" el vacío de su hijo, no le promete ninguna otra parte extra para darle esperando que esta sí lo llene... simplemente lo acoge y lo integra en la fiesta. Abre una vía para que pueda gozar junto con otro, y no solo ni atendiendo a su rol de gozador o gozado –de lo cual ni se ocupa de negarlo ni de afirmarlo. La relación que constituye la forma de realizar el gozo del hijo mayor, que lo vuelve una especie de máquina y lo atrapa en la contradicción de querer gozar y sólo gozar en privarse de gozar, es desafiada por el padre. Éste reconoce el valor del cumplimiento y le señala que eso no es todo, que hay todavía un gozo mayor y más vital que el que ha experimentado: uno que va más allá del placer que constituye uno para sí mismo o la propia obra. Abre así una vía para que pueda gozar más allá de sí, incluso a raíz de algo que no depende de sí por ser regalo, don, sorpresa. 

El amor presentado en la figura del padre no es una fórmula mágica –con su consecuente promesa de llenado de lo vacío–, ni constituye una nueva ley a cumplir. Es algo que, puesto en el mundo, da lugar a situaciones conflictivas que resolver, pero también abre salidas. La conversión es una forma de salida, no es conclusión de dicha salida, pues siempre es posible volver a esas situaciones, formas de relación, lógicas de vida que terminan por privar de poder gozar. El padre simplemente presenta una especie de gozo y alegría «porque sí», gratuitos y a la vez indisociables de cada uno de los que participan en la fiesta. Es la mirada y regalo bondadosos que se alegran de que otros puedan también gozar con los otros, que salgan de aquello que impedía la alegría de vivir y la fiesta. Para este gozo no hay camino, fuera del ponerse en juego, en el riesgo de experimentar la propia vida con el evangelio. El evangelio más que un camino ya trazado abre la posibilidad de caminos y nos lleva a hacerlos.

Ahora bien, aunque cada quien puede asumir una parte de por qué entraría en un esquema u otro de las formas de realización del placer señaladas y su subsiguiente poder o no poder gozar –aunque sea como un proceso progresivo que no se nota al principio debido a su sutileza–, hay también una compleja red de procesos, sistemas, relaciones que, como forma de vida y de sociedad, empuja, induce o anima a asumir alguna de ellas... (quizá la forma evangélica sea la menos promovida). Para afrontar dicha complejidad por algún filón concreto, las parábolas de la oveja y de la moneda perdidas junto con la del padre y sus dos hijos nos colocan frente a una problemática muy actual: la desafiliación (es el nombre que Robert Castel sugiere emplear para lo que solemos llamar marginación). Desafiliación es precisamente lo que ocurre con los hijos en la parábola del padre y sus dos hijos. El menor busca desafiliarse –pedir la herencia en vida es una especie de declaración de desafiliación o dejar de ser hijo que simbólicamente 'mata al padre' como tal, y por tanto, ya no le es posible volver a él, como lo dirá más adelante. El mayor se desafilia desde una vivencia de su ser de hijo como si fuera empleado. Ambos hijos experimentan una progresiva desafiliación en la medida en que van quedando fuera del gozo de vivir junto con otros, tal y como va ocurriendo también con aquellos que quedan al margen, perdidos. Cada vez con menos hilos que conecten con los demás, los marginados o desafiliados van siendo privados de las más diversas formas de placer y de gozo de la vida. 

La alegría y fiesta que presenta Jesús nos hablan de un gozo de vivir que no se reduce a mero estado psicológico o determinación subjetiva al margen de otros y de las condiciones en el mundo, pero tampoco lo hace depender de determinadas condiciones de vida idealizadas. No sólo se trata que todos accedan al banquete, Jesús también cuestiona el banquete, pues la 'fiesta del cielo' haya mayor alegría en que los perdidos salgan –se conviertan– de esa trampa que, como vemos, nos es simplemente haberse desviado de las reglas de una comunidad, ya que ya ocurrió que fuera todo el pueblo de Israel el que se erigiera un ídolo a excepción de unos cuantos. La buena noticia a los pobres no puede ser la buena noticia de los ricos. Jesús comiendo con los perdidos y marginados es ya anuncio del fin de un «mundo» que, aunque nos empeñemos en sostenerlo, no es capaz ya de darnos el gozo de vivir, la fuente de su poder, y el inicio de «otra vida» –desafiante, alegre y gozosa– en este mundo...

domingo, 27 de julio de 2025

Vivir en la fábrica de clamores desgarradores... (y la oración cristiana)


 
La ciudad tiene un tremendo potencial de ser una fábrica de clamores desgarradores. México lo experimenta tremendamente. El mundo también. Tal cual como dice el texto de Génesis 18: los clamores se multiplican exponencialmente, el mundo resulta ser una obra violenta (y el asesinato de la maestra Irma en Veracruz lo ratifica). Ante esto habrá quien pedirá que se consume la destrucción de nuestra civilización, quien pida la destrucción de los violentos, e incluso quien confíe en que "orar" será la respuesta dado que se excede desproporcionadamente nuestros alcances como personas comunes y corrientes. Sin embargo, pedir justicia es quizá lo más sensato pedir. ¿Qué es justicia? El texto bíblico parece sugerir que es lo que contiene la fuerza terrible de la violencia divina, en forma de palabra, de habla osada que dirigida a otro disuade el deseo –destructivo– de UNO ante la consideración de la existencia de otro que posiblemente es portador de una bondad. En otras palabras, algo ocurre que habilita y dispone para afrontar la violencia y el mal. Después de todo, si por 50, 40 o 10 justos una ciudad que es productora de males y clamores no es destruida, eso no cambia que esos males persisten. He ahí una clave importante: es muy fácil caer en la trampa de sentirse parte de los buenos al abogar por los justos o buenos, "salvar al mundo" en nombre de las personas bondadosas evitando su destrucción, mas eso trae consigo problemas mayores ¿cómo lidiar con ese mal que se vuelve omnipresente e inexorable? Es parte del dilema planteado por la administración de Trump en estos términos: dado que es difícil identificar al "migrante bueno" del "malo", mejor dejar que todos se destruyan en su propio país –dejando de lado la posible responsabilidad de EEUU en muchas de esas situaciones conflictivas e injustas–, mientras que otros apelando a la bondad de algunos de esos migrantes protestan... pero la cuestión sigue abierta ¿qué hacer con los operadores y fabricantes de clamores? El deseo de UNO, ansioso por su satisfacción y bienestar, por eliminar un problema incómodo e indeseable, se expresa y opera como un deseo sin mundo y no hay límites para ello. Existen sólo deseos, desarticulados, aislados, amontonados, mas al fin y al cabo sólo deseos, deseos solos.

La ciudad aparece como un gran sistema de captura: nos captura por dentro y por fuera. Deseos y amenazas, afanes, ansiedades y exigencias son un eficaz aparato de captura.
Por otra parte, el texto de Lucas 11 presenta una continuación de la cuestión con una propuesta cristiana. Lo primero que llama la atención es la petición de los discípulos, pues piden que les enseñe a pedir. El verbo proséujomai es básicamente un hablar dirigido a otro en forma de petición. Aunque es claro que puedan estar en busca del modo cristiano de hacerlo no deja de llamar la atención que ellos realicen aquello acerca de lo cual quieren ser enseñados: pedir. Eso nos da ya un primer rasgo básico de la oración cristiana: es un hacer que no presupone un saber. Se hace sin saber, no en el sentido de "sin querer", sino de que el no-saber es parte esencial de ese hacer. Si el deseo de uno es deseo solo, sin mundo, de modo que el otro es objeto, en la oración el otro es sujeto, alguien a quien es posible dirigirse e interpelar y de quien cabe esperar una respuesta, de la cual no sabemos su contenido.

Dos películas quizá puedan ayudar a iluminar esto: Pobres criaturas (Lanthimos) y Todo en todas partes al mismo tiempo (Kwan y Scheinert). En la primera encontramos individuos movidos básicamente por el deseo aislado, encerrados en el goce, ese placer desvinculado del cual también la protagonista es parte, hasta que ella, en su encuentro con el dolor de los últimos del mundo y de los miserables de todo tipo comienza a realizar un giro que hace que incluso en la prostitución sea capaz de construir vínculos en los que el otro es sujeto y no objeto, sin dejar de lado el placer. La protagonista es osada en su habla, habla que acontece en sus actos y que le implica afrontar amenazas mientras a la vez cambia su entorno. En la segunda hallamos a una madre y su hija atrapadas en la vorágine de un deseo aislado, incapaz de reconocer algo más que su propia insatisfacción, al grado que proponen un nihilismo total. Lo que rompe ese movimiento es la irrupción tierna y conmovedora del padre-esposo que pide bondad mientras explica que también esa es una forma de lucha. En ambas películas ocurre un giro, una conversión al más puro estilo de Jesús, y este ocurre al «poner mundo» y no puro deseo. En ambos casos la bondad no es una negación de la dureza de la realidad sino todo lo contrario, es un modo de afrontarla y con fuertes implicaciones.

Poner mundo es poner algo más que el propio deseo, algo no sabido y no manipulable. Poner mundo es enfrentar la violencia y no simplemente desear suprimirla o replicarla; es lidiar con un placer y relaciones siempre en posibilidad de pervertirse y no simplemente moralizar o cercenar nuestra sensualidad y sexualidad. Poner mundo es un gesto de no saber (cómo afrontar, cómo vivir) dirigido a otro como alguien y no como algo. Poner mundo es afrontar la disonancia violenta del mundo y del otro sin omitir la bondad que los habita. (Quizá así podríamos entender incluso la insistencia de quien pide pan al amigo mientras el otro va escalando en la expresión de su malestar y molestia debido a la inoportuna petición).
La bondad pide mundo, la maldad satisfacción. Esto no quiere decir que la satisfacción sea el mal y que el mundo sea bueno en sí mismo. Poner mundo es poner algo que excede el deseo, sin saber qué sea ese excedente, y que hace que nuestra habla se dirija a alguien y no a algo. Quizá por eso la oración del Padre nuestro no sea sino un modo de acceder a ese modo de pedir, de extender la mano, no por un "deseo" sino por el anhelo que, sin ser creado por uno mismo, nos hace aspirar a ser parte de una historia alabable o que cause alegría de contarse como buena nueva –santificado sea tu nombre–, a vivir de manera justa, alegre y buena –venga tu reino–, sin descuidar lo elemental del vivir y del obrar –el pan cotidiano y relaciones con otros en las que la deuda no nos ate– en la conciencia del riesgo continuo que es esta vida –no nos lleves al lugar de la prueba. Obrar con ese mundo –aún desconocido, no ideal ni idealizado– dentro es tarea desafiante en este mundo. Poner mundo en un mundo que pareciera gozarse en su autodestrucción.

La oración cristiana no es evasión ni solución al mal, convulsiones y violencias asesinas de nuestro mundo, sino un modo de buscar cómo responder a todo ello sin perpetuar su proceso y victoria. No es para esconderse o desentenderse, sino para tener el amor y la osadía de una "violencia distinta" que parte no sólo de la bondad que halla en este mundo que es valle de lágrimas, sino de la esperanza de la bondad que puede nacer aún entre nosotros, violencia que afronta la violencia que acapara el pan, que perpetúa la deuda, que hace una historia desgraciada, violencia que no imita a esta violencia y aún así es capaz de quebrantarla y destituirla sin imponerse. ¿Acaso no es la misma vida y muerte de Jesús un indicio –estremecedor y desconcertante– de esa "otra violencia" que habla de una bondad en los seres humanos y de una bondad divina? No estoy seguro de en qué consistiría pero puedo ver en su apuesta osada y esperanzada algo que me llama a mí también.

 

Más allá de la parte faltante, Martha y María

 


¿Ocuparse de todo o de la parte? Quizá dos películas puedan ofrecernos elementos para poder abordar esta cuestión y comprender mejor la perspectiva cristiana expresada en el relato de Martha y María (Lc 10): Monsters Inc y Lilo & Stitch.
Al hablar de «la parte», podríamos tomar dos caminos: el de la «pieza faltante», vinculado al imperativo de actuar –el cual no es negado aquí en cuanto tal, sino más bien puesto en cuestión para poder reproponer el actuar humano–, y el de la "parte buena".
Acorde al orden del relato de Lucas comienzo por el de la pieza faltante y el imperativo de actuar. En Monsters Inc la pieza faltante aparece de muchas maneras, desde la exigencia a Mike Wazowski de llenar su papeleo, el trabajo en equipo para producir más (como cuando Randal culpa a su compañero), y particularmente el fragmento de la puerta de Boo necesario para volver a tener contacto con ella una vez que se ha reconstruido la puerta.
El imperativo de actuar tiene una tendencia totalizante: exige que todos actúen, hay demasiado por hacer y no queda lugar para la falta, pues la falta de uno puede constituir un desastre pues la tarea, el orden, el fin buscado podrían no lograrse. Con ello, la parte, por pequeña que sea, se convierte en algo con pretensiones de totalidad (¿o no nos ocurre eso al grado de perder la paciencia o exasperarnos con la falta de reactividad de los otros?). La exigencia de Martha es justamente eso: ¿qué no ves que el mundo se está acabando? ¿qué no ves que no podemos solos con todo? Por cuanto sea un reclamo válido, corre el riesgo de convertir toda empresa humana de "salvación" una mera tarea de completar, justo como parecería indicar el gesto de colocar la "pieza faltante" en la puerta de Boo para poder volver a entrar en contacto con ella. Así, la más mínima falta puede convertirse en el desastre, el fracaso de todo.
Del mismo modo, en Lilo & Sitich el orden perdido con la muerte de los padres de Lilo inaugura una situación que se vuelve caótica y que pudiera considerarse resuelta con la restitución de dicho orden, ya sea mediante la incorporación de nuevos padres o con el logro de Lilo de vivir como si los tuviera aún. El caos en la vida de Lilo es cada vez mayor en la medida en que "debe" vivir como si dicho orden estuviera vigente mientras la situación es cada vez más complicada para ella y su hermana, y sobre todo con la llegada de Stitch.
Esta lógica de la "pieza faltante" tiene sin duda su valor operativo y de verdad, sin embargo, es también una trampa terrible: no hay que dejar ninguna tarea, ningún espacio, sin atender. Tarea sin duda imposible y desesperante. Es la forma de la merimná, término griego que designa los afanes y preocupaciones que agobian a Martha.
El segundo camino, el de María o de la "parte buena", es presentado en Monsters Inc no mediante el fragmento faltante sino mediante un gesto: el de cruzar una puerta con un riesgo significativo y reír. Esta parte no corresponde a nada propio del orden del mundo de los monstruos presentado en un principio. El hallazgo de la risa y de un vínculo afectivo con los niños constituye una "parte" sin lugar en su horizonte. De otro modo, se trataría de una pieza más del orden, del rompecabezas. Acceder a la "parte buena" implicó un riesgo para los monstruos y para Boo. Del mismo modo, en Lilo & Stitch es este último el que anuncia el hallazgo: "la encontré, mi familia, es chiquita y está rota... pero es buena". No sólo Stitch acepta ser atrapado una vez que la halla, sino que permite revelar el alcance del gesto de Lilo al acoger a Stitch con todo lo que implicó y sin ninguna garantía, en su ya caótica vida, de que pudiera restituir lo perdido, cosa que finalmente no se realizó. La familia de Lilo sigue pequeña y rota... pero es buena, y es esa parte la que resulta inapropiable. "No le será quitada" dice Jesús según el relato de Lucas.
Optar por la parte implica perder la totalidad, asumir incluso su limitación e incapacidad para responder a todo. Pero no se trata de quedarse sólo con la pieza faltante, como si fuera un fetiche, sino de esa parte que no encaja o mejor dicho, que en la relación con otro nos permite desencajar, pues mientras en Monsters Inc Sulli y Mike abandonan sus sueños y anhelos de éxito en la empresa, Stitch se sobrepone a la fuerza de su potencial –¿de mal?– y Lilo a la tranquilidad y orden que extrañaba. En ambos casos se abrió una vía distinta. Ni Boo ni Stitch ofrecían lo que los demás querían y estaban lejos de darles acceso a ello, al contrario, los alejaban. ¿Qué hallaron Sulli, Mike y Lilo para correr ese riesgo? La "parte buena", inapropiable, que les posibilitó descubrir una bondad o una valoración distinta en su vida. La parte buena tiene forma de llamado, de modo que no ha de ser confundida con la defensa de lo propio, de mi propio espacio, mi familia, mi país, etc.
Así, en la historia de Jesús con Martha y María encontramos el paso del orden, de la exigencia de actuar, incluso de salvar todo y a todos, de la pretensión de totalidad al llamado, al experimentar con y desde la palabra –el evangelio– que sin tener todo resuelto ni anticipado llama a escoger una parte, extraña, que revela una bondad que no es recetario moral sino riesgo y revelación, una forma de conocer el mundo y de dejar que se rehaga.
Ante la exigencia de todas las causas sociales del mundo de ser secundadas con acción y militancia o simpatía ("Jesús, dile que me ayude"), el evangelio nos propone no la contemplación (como clásicamente se define la posición de María) sino el riesgo de la práctica del evangelio –esa parte buena que no pertenece a ninguna causa y nos saca de nuestra posición y lugar para colocarnos ahí donde algo ha de acontecer...
En este mundo tan lastimado hay que hacer algo, cierto, y hay tanto por hacer, pero un amor concreto, por alguien, puede ser esa parte que nos moverá a donde aún no sabemos ni podemos anticipar y que nuestro nuestro obrar simplemente no puede por sí mismo alcanzar...

 

¡Haz algo! y el giro samaritano

 


Tener que hacer algo o tener algo que hacer son quizá dos de las leyes de la vida humana más operativas y comunes de la época. La diferencia parece ser evidente, sin embargo, en última instancia el tener «algo» que hacer termina cayendo en el campo del «tener que hacer».
Si «tengo que hacer algo» ¿qué esperar de dicho hacer? ¿se puede vivir así?
Un texto de Samuel Beckett ("Belacqua") lo ilustra bien:
"Siempre había algo que uno debía hacer después. Se le ocurrieron tres grandes obligaciones. Primero el almuerzo, después la langosta, después la clase de italiano. Para seguir tirando bastaría con eso."
En la vida contemporánea es difícil escuchar la pregunta ¿qué he de hacer que me dé salvación? quizá incluso hasta resulte carente de sentido. En cambio, sí es más común preguntarse: ¿qué haré hoy para seguir "tirando"? ¿qué me daré a hacer para "tirar" el día, para que me mantenga en la vida este día?
El texto refleja bien la cuestión: nos ponemos obligaciones, cosas a realizar para poder vivir, pues de otro modo pudiera no haber nada por lo cual vivir.

Así, la pregunta del maestro de la ley en el relato del Buen Samaritano podría leerse hoy así:
–¿qué he de hacer para seguir tirando el día?
–¿qué dice la ley?
–ponerme obligaciones, darme algo que hacer
–haz eso y vivirás...

Mas si la respuesta de amar a Dios y al prójimo fuera parte de la respuesta, entonces ¿amar será sólo una actividad para «sentirse vivo» o para «no sentir la vida»? Después de todo, también pueden ser parte de lo que nos "damos a hacer" que nos permite o bien sentirnos bien por sus efectos estimulantes o por sus efectos narcóticos. Sin embargo, el evangelio no se queda ahí, ofrece un relato que abre otro camino. Cuando el maestro de la ley pregunta "quién es mi prójimo" lo que ocurre es un movimiento sutil pero importante, pues al no preguntar cómo se ama a Dios –lo cual parecería ser ya muy claro– o al prójimo sino quién es éste, quién es el otro, da lugar al modo cristiano de preguntar por el amor. Lo que el texto ofrece es un cambio inesperado en la pregunta por el amor. No se trata de la determinación de "qué es amar" sino de "qué acontece cuando se ama", y de eso se ocupa la parábola de Jesús: no de definiciones sino de que algo acontece.
Conforme a un lenguaje religioso, en su forma extrema, mientras el «tener algo que hacer» conecta en última instancia con la lógica del sacrificio, pues implica priorizar y descartar todo lo que no es ese «algo», el «tener que hacer algo» nos coloca en el ámbito de las devociones, ese modo de vivir llenando el tiempo de gestos y palabras. O sacrificar en nombre de un objetivo o deseo o llenar el tiempo con "obligaciones", en eso consistiría la vida, una vida sin otro. Existen los objetivos, los propios deseos, mas no hay lugar para otro. Nos damos cosas por hacer para poder vivir, llenamos nuestro tiempo, pero no hay otro, pues no cabe.
Nuevamente el relato del Buen Samaritano: He ahí quien se define por el sacrificio –el sacerdote judío– y también quien se define por el culto a las "devociones" –el levita. La humanidad se halla desposeída, maltrecha y vapuleada por esas leyes que exigen sacrificar todo con tal de obtener lo deseado o llenar el tiempo siempre con algo por hacer para soportar la vida. Ya sea el dominio de lo deseado sobre todo lo demás, o la desesperanza que sólo busca distracción y entretenimiento, difícilmente se puede hablar ahí de amor y de vida. Jesús abre otro camino: el de quien responde, porque lo que permite identificar el amor no son ni los sacrificios ni las devociones, sino el otro y la relación que se da entre ambos.
El mismo Beckett en "Belacqua" habla de "un poco de misericordia para regocijarse a pesar de la condena", casi como si fuera un anestésico, un poco de consuelo sólo para resistir lo terriblemente absurdo de la existencia. En este sentido, la compasión que muestra el samaritano podría ser considerada como un consuelo en este mundo violento, pero considero que el texto tiene algo más que ofrecer. "Consuelo" podría ser el alcanzar con perseverancia las propias metas, incluso el siempre tener algo que hacer para no tener que lidiar con la vida realmente. El gesto del samaritano contado por Jesús aporta algo más: en el amor ocurre un giro inesperado, una inversión –o en términos cristianos, una conversión– junto con una respuesta. Primeramente, la pregunta inicial –quién es mi prójimo– es invertida –quién se hizo prójimo del que estaba caído–; en vez de hallar el hacer para afirmarse a sí mismo –salvarse– el maestro de la ley halló un suceso que lo destituye y quita del centro y lo vuelve otro –el prójimo herido al lado del camino; en vez de hallar el cómo heredar la vida eterna se halló con otro vivir. El cristianismo propone un amor en el que ocurre una conversión, un giro inesperado que pasa por el amor concreto por alguien al grado de hacer posible una alteración del mundo.
Nota importante: no se trata de hacer de este giro, o del lugar del otro, una tarea más a hacer para llenar con bien nuestro día, o para sentir que cumplimos el objetivo, pues nuevamente sería vaciar del otro el amor. En el relato del Buen Samaritano la aparición del otro vapuleado y herido es fortuita, inesperada. Lo que salva no es la acción por sí misma sino lo que ocurre en la respuesta de otro y la respuesta a otro.
Sí, habrá que seguir "haciendo" y "haciendo algo", mas no es el hacer el que salva, sino aquello que, si bien no se da sin nosotros, tiene que ver con nosotros pero ni nos pertenece ni es producido por nosotros.
En este mundo que demanda «hacer» y «hacer algo», el giro inesperado, la sorpresa propios del acontecer del amor mantienen también abiertos los caminos de la esperanza, esa que no es mísero consuelo sino riesgo de una respuesta a la mano tendida de otro que trae consigo su "desastre" y su alegría.
Ante lo que ocurre en nuestro mundo herido no es inusual el llamado a hacer algo ("no pienses ya, actúa"), incluso algún filósofo perspicaz ha lanzado el llamado a pensar y no sucumbir a esa compulsión a actuar. El cristianismo acoge el hacer y el pensar mas no pone su esperanza en ninguno de los dos: pensar y actuar dejando espacio –esperanzadamente– a la respuesta que ha de aportar lo que ni el pensamiento ni la acción humana pueden por sí mismos... no porque asegure que vaya a suceder, sino por lo que puede ocurrir cuando "hay otro"/cabe otro en nuestro pensar y obrar, por la fuerza y consistencia de ese giro inesperado que altera nuestro mundo por la respuesta de otro y a otro... y ese riesgo asumido no es ley, sino expresión de amor.