Para creer lo posible desde lo imposible… Otras lecturas posibles para otro mundo posible
lunes, 22 de septiembre de 2025
Servir a Dios o servir al dinero: jugar en el juego amañado de nuestro mundo
El juego está amañado. Nuestro mundo parece doblegarse frente a la tremenda fuerza configuradora de la relación abusiva: cruzar los límites –o hasta impedir que se formen– para obtener un creciente beneficio propio a costa del otro que se convierte en perjuicio del otro. Así lo expresa el texto de Amós (8,4-7) con intensa indignación: hay quienes están esperando a que pase la pausa, el descanso, el tiempo de no vender para poder volver a explotar al pobre, e incluso, engañándolo, vender al pobre mismo a cambio de una mercancía. El pobre ha sido convertido en mercancía en un juego amañado en el que hasta el intercambio está alterado de forma artera e inicua.
Todo se convierte en mercancía. Cada detalle de la propia vida se traduce en algo monetizable, y más aún, pareciera que la sola manera de sobrevivir es así: o volver la propia vida entera en algo monetizable –incluyendo el tiempo y afectos– o la vida de otros. Pero el juego se revela amañado, pues aún haciéndolo, a millones no les alcanza, y sólo vemos las historias de éxito, las películas que exaltan valores encarnados en quienes logran exitosamente esa transubstanciación de sus vida en valor, mientras quedan en la sombra aquellas que, habiendo puesto todo y lo mejor de sí, en un juego amañado simplemente se descubren encerrados en una trampa: la de un hambre que pide cada vez más y cruza todos los límites, exigiéndoles seguir ahí, puestos entre la espada y la pared, obligados a entregar su presente e incluso su futuro, su descendencia, su porvenir. Se endeudan.
He ahí la pertinencia del texto de Lucas (16,1-13). Jesús no presenta una típica historia moralmente ejemplar, ni una historia de “éxito”. Es más bien la historia de una falla y de alguien que juega con las reglas para vencer al propio juego. El “administrador”, el oikos-nómos (el de las normas de la casa), usa su astucia y revela cómo es posible colarse entre los vacíos del juego e inclinar la balanza a su favor. Jesús lanza la provocación a los “hijos de la luz” a emplear también esa astucia, esa inteligencia clandestina que, al superar la ingenuidad de querer resolver un juego amañado con la fidelidad a un mero “seguir las reglas”, puede hacer que la balanza se incline a favor de los que han sido abusados, engañados, exprimidos y explotados. Quien busque entrar en el reino de Dios también ha de saber jugar según las reglas del juego y jugar con las reglas para alterar el juego. Quizá así sí sea posible poder dejar de servir al dinero –porque ¿cómo hacerlo si nuestra supervivencia parece estar condicionada a servirle?. Que nadie pretenda mantener cierta pureza moral o inocencia en este proceso: el dinero está lleno de injusticias. Alterar el juego, aunque sea clandestinamente –en esas pequeñas alianzas que se hacen entre algunos y que se vuelven redes que sostienen a muchos– es arriesgado y no es para inocentes. Todo eso requiere también de amigos. Contar con quienes no sólo hay confianza, sino vínculos y afectos que muestran que sí hay vida fuera de la mercancía. No se trata de comprar amigos con el dinero lleno de injusticias, pues eso sería seguir en lo mismo, sino de hacerse de amigos en medio del participar en ese juego amañado y abusivo del dinero/capital. Amistad y capital son incompatibles, aunque eso sólo se perciba a partir de ciertos umbrales: ahí donde se verifica que no es posible monetizar a un amigo, ponerle precio, pues en ese momento, se revela que en realidad se trata de otra cosa.
Servir a Dios implica un tremendo riesgo de jugar, con inteligencia y junto con amigos, para superar el juego amañado que abusa progresivamente de todos.
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