¿Qué hacer cuando la vida se cae a pedazos y por más que nos esforzamos no logramos mantener los fragmentos juntos? ¿qué hacer cuando se hace cada vez más evidente –o a todos o a uno mismo– que algo está fallando y no logramos encajar en la vida con otros? Ante esa fragilidad: mantener la distancia, mientras más lejos más seguro. No demasiado, sólo lo suficiente para que no se note la "falla". Y entonces se irá notando cómo podemos ir perdiendo sensibilidad al mundo que nos rodea, al mundo, a todo lo que "no sea yo", y con ello, más desesperante se vuelve el sentir que los conflictos y tensiones que nos atraviesan agrandan las grietas, hacen más difícil mantener todos los pedazos juntos. Sentir con angustia cómo ese hilo, lazo o cinta adhesiva que parecía lograr tener todo junto ya no puede hacerlo. Simplemente falla.
Dos afirmaciones osadas: No fallamos, somos una falla. No es que mi yo esté roto en pedazos, sino que es esa cinta adhesiva.
En este sentido, somos "leprosos". Antes el leproso gritaba para mantener a salvo a otros –del contagio–, ahora, este tipo de leproso que somos, grita para autopreservarse, para que la cercanía de otro no ponga en riesgo nuestra ya precaria consistencia. Es la enfermedad de la distancia. Quizá en parte por ello las pantallas sean tan exitosas. Mantienen la distancia, permanecemos insensibles al mundo –a lo que no sea yo.
Temerosos, quizá avergonzados, incluso tal vez hasta angustiados, buscamos liberarnos de la falla, de lo que falla. Ser reparados, eso sería sanar. Ser reparados para encajar en la sociedad. O bien, ser reparados encajando en ella. Dejar de lado el adhesivo que hemos sido y abrazar la cinta adhesiva de la sociedad: ser útiles, productivos, ser funcionales "sin fallas". Eso parece funcionar mejor. Buscar algo más sería nuevamente una falla. ¿Qué más se puede querer que encajar y estar libre de falla? Mi yo se vuelve la fidelidad ciega a una norma o imperativo: encajar, ser útil, ser "patriota".
Sin embargo, esa forma de lazo social no nos da más consistencia, sólo mejor apariencia, al menos por un tiempo. Aprendemos a vivir en esta sociedad para esta sociedad. No hay más. Estaremos solos, pero encajamos, y funcionamos. Después de todo, la vida se vuelve "drive thru", sólo pasar tangencialmente.
Quizá por eso el evangelio de Lucas enfatiza esta pregunta de Jesús ¿qué no fueron 10 los sanados? ¿por qué sólo volvió uno... y es el extranjero no tan bien visto? Porque los otros 9, cansados o emocionados, sólo buscaban reintegrarse, que no se notara la falla –la lepra es visible–, despreocuparse de mantener sus pedazos juntos pues, en la vida ajetreada del trabajo y el consumo todo se disuelve. Sólo uno encontró la proximidad, el lazo distinto, aquel que expone a ciertos riesgos, que vuelve sensible a lo que "no sea yo". Aquel que buscaba algo más que poder reintegrarse útilmente en la sociedad –¿no nos dejó ver ya Lucas que la fe es una vida posible más allá del principio de utilidad, del ser útiles, "siervos inútiles somos", una vida no limitada o condicionada por ese imperativo de la utilidad?–...
La falla no le ocurrió, él era una falla encarnada en un descarnado y de esa falla Dios abrió un camino. Si la falla es la brecha en un sistema, el espacio abierto, vacío, ¿no será acaso precisamente el lugar de nuestra particularidad, de modo que al ponerlo en juego con otros da pie a que algo más pueda ocurrir, fuera del ciclo del sistema?
Hay otros lazos que nos permiten sostener nuestros pedazos, quizá con menos temor y más alegría, pero no sin riesgo, con más intimidad: como la solidaridad -que no elimina las tensiones y conflictos internos, pero nos da un soporte para vivirlos sin desmoronarnos. Como esos gestos de personas que, al ver la vida que se cae en pedazos de aquellos que no salen a las calles por miedo a ser atrapados por fuerzas que quieren aumentar la distancia porque las ven como apestados, portadores del mal, deciden hacer una red, una cercanía que sostiene al quebrantado y amenazado. Es solidaridad como amistad clandestina. Como aquellos que desafiando a esas fuerzas y potencias de la distancia y separación, bailan y cantan disfrazados, no para maquillar su falla, sino porque esa falla –una rana frente a fuerzas "del orden", ¿no parece una falla, algo extraño?– es la puerta a otro modo de luchar contra la fuerza: la alegría.
Quizá este texto de Lucas sobre los 10 leprosos pueda darnos pistas para buscar algo más que sanar –ser reparados– y acceder a ese exceso que el evangelio llama ser salvados... con otros.

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