lunes, 1 de junio de 2026

La Trinidad cristiana: el Dios improbable

 

 

El Dios cristiano es improbable. No sólo por su extraño lenguaje y concepción trinitarios llenos de tensiones y desafíos para el pensamiento y la praxis, sino también porque parte justo de una serie de improbabilidades:
-que haya un Dios,
-que haya un Dios que busque al ser humano,
-que sea amor,

-que pueda tener lugar en este mundo.

La improbabilidad es otro modo de llamar a la Gracia. A partir de 2 Co 13, que habla de la gracia de Jesús el Mesías, podemos decir que, en continuidad con la concepción de Walter Benjamin de lo mesiánico, el mesías es el acontecer de lo improbable. En efecto, Jesús es y era improbable, y aún así, pasó. 

El acceso al Dios amoroso –improbable en el mundo como lo conocemos y como se organiza– comienza por lo improbable: Jesús el mesías. Sin embargo, eso es apenas el comienzo. No basta que ocurra lo improbable, una respuesta es requerida, una respuesta que se traduce en complicidad, una forma peculiar y arriesgada de solidaridad. Lo que suele llamarse comunión es la complicidad del Espíritu Santo. La connotación de cierta clandestinidad, marginalidad o ilegalidad presentes en la complicidad no son meramente metáforas, son literales y constituyen una declaración de que la posibilidad de otra vida en este mundo se sostiene mediante esa complicidad con lo improbable introducido al mundo por Jesús: el acceso a un amor divino sorprendente que aún no conocemos del todo y que también se expresa como gesto de confiarnos lo que es todavía para que hagamos lugar a lo que puede ser todavía: la posibilidad buena. Ésta no es la que se distingue por ser "la única alternativa" en la que las cosas resultan bien –eso sería seguir en la lógica del TINA capitalista  (There Is No Alternative) que ha marcado la historia de las sociedades contemporáneas– sino por ser una opción sorprendente.
En un mundo del cual parecería que lo más razonable es la desconfianza y no esperar lo bueno de nadie, ser cristiano –creer en este Dios improbable– es sorprender todavía haciendo patente que, aunque improbable, hay una bondad que sorprende –la esperanza.
Para ilustrar esto sugiero dos películas: Arco (2026) y Tres anuncios por un crimen (2017), Ya que ambas muestran justo esto: solidaridades inesperadas con lo improbable que acontece, y que así nos abren a algo que nos hace pensar en rostros quizá difícilmente concebibles del amor y aún así, profundos y esperanzadores.

 

domingo, 12 de abril de 2026

Creer y recordar

 


Los discípulos tienen miedo a los judíos, se encierran. El recuerdo de Jesús evocado –su "aparecer" en medio de ellos– les trae alegría y se abre para ellos un futuro.
Así como hay recuerdos que nos anclan a un punto y condenan a una memoria repetitivamente adolorida en la que no hay revelación, hay recuerdos que pueden liberar otros recuerdos y revelan un futuro todavía posible, transitable.

La aparición de Jesús no viene de una "fe", pues es posible que haya fe sin recuerdo, una fe vacía que es mera entrega a un mecanismo del cual se espera eficacia automática, se parece más a la llegada como relámpago del recuerdo.

El recuerdo es fundamental para el creer cristiano.


¿Qué es el recuerdo? No es la mera memoria, que es del depósito de las vivencias –aquello que nos pasa pero de lo cual en su momento no captamos ni experimentamos toda su fuerza–, sino el acto por el cual algo saca de la memoria lo vivido de tal manera que no es una mera repetición, pues tiene efectos y afectos distintos en el presente, así lo pasado, en vez de fijo y clausurado, se muestra viviente, mientras que el futuro se amplía por la revelación de lo que aún puede ser, sigue vivo y no como tragedia. Por el recuerdo el pasado es redimido –rescatado de ser algo muerto y concluido– y el futuro es revelado –abierto y reorientado. Así, hay gestos que pueden evocarnos a alguna persona de nuestro pasado, y hay recuerdos del pasado que iluminan nuestro presente y con eso abren otro futuro. 

Creer implica asumir la posición en la que nos deja el recuerdo: ser consecuente y obrar o no con la realidad que nos muestra y la intensidad que nos da. En un mundo enfermo de memoria –porque nos condena al recordarlo todo o porque saturándonos nos empuja a la amnesia que produce olvido–, el recuerdo de Jesús nos habilita para tomar caminos inusitados o inesperados, así como también realidades que vivimos hoy –textos, palabras, gestos, situaciones– pueden iluminar el recuerdo de Jesús haciéndolo mucho más presente y cercano.

Para quien sigue a Jesús perdonar no es olvidar, es recordar de tal modo que lo vivido conduzca hacia un derrotero distinto del que ancla perpetuamente en el dolor y del que se desentiende de la justicia. Por el recuerdo la fe cristiana rescata toda la historia, incluyendo lo terrible y doloroso.

El recuerdo cristiano no fetichiza ni idolatra el pasado ni hace de los recuerdos de Jesús algo secundario. Lo primero es adorar algo m


uerto, vivir con un cadáver en descomposición; lo segundo es caer en la trampa de la absoluta equivalencia de todo, en un nihilismo incapaz de acoger la gratuidad extrema.

Sin recuerdo no hay intensidad, la fe es pura forma, mientras que con el recuerdo se transmite la chispa que enciende la vida. El creer cristiano mantiene vivo lo pasado y lo futuro por la tensión que el recuerdo crea entre ellos, y por el gesto que se arriesga en ellos.

El creer sin ver del creyente es el que se da comenzando por el recuerdo, ese cuya verdad se nos muestra como un relámpago, en un momento inesperado, de peligro o de desbordante compasión.
Para creer cristianamente hoy habrá que, para empezar, acercarnos a esa memoria de Jesús –evangelios– que pasa por hacerles caso en la práctica –para sean recuerdos–, y a su vez, para que lo que vivimos enriquezca los recuerdos de Jesús por el diálogo y debate con ellos.
Que el recuerdo de Jesús evoque otros recuerdos, empezando por el de que «hay otra vida» ya entre nosotros (otros dicen "otro mundo posible", etc).