domingo, 27 de julio de 2025

¡Haz algo! y el giro samaritano

 


Tener que hacer algo o tener algo que hacer son quizá dos de las leyes de la vida humana más operativas y comunes de la época. La diferencia parece ser evidente, sin embargo, en última instancia el tener «algo» que hacer termina cayendo en el campo del «tener que hacer».
Si «tengo que hacer algo» ¿qué esperar de dicho hacer? ¿se puede vivir así?
Un texto de Samuel Beckett ("Belacqua") lo ilustra bien:
"Siempre había algo que uno debía hacer después. Se le ocurrieron tres grandes obligaciones. Primero el almuerzo, después la langosta, después la clase de italiano. Para seguir tirando bastaría con eso."
En la vida contemporánea es difícil escuchar la pregunta ¿qué he de hacer que me dé salvación? quizá incluso hasta resulte carente de sentido. En cambio, sí es más común preguntarse: ¿qué haré hoy para seguir "tirando"? ¿qué me daré a hacer para "tirar" el día, para que me mantenga en la vida este día?
El texto refleja bien la cuestión: nos ponemos obligaciones, cosas a realizar para poder vivir, pues de otro modo pudiera no haber nada por lo cual vivir.

Así, la pregunta del maestro de la ley en el relato del Buen Samaritano podría leerse hoy así:
–¿qué he de hacer para seguir tirando el día?
–¿qué dice la ley?
–ponerme obligaciones, darme algo que hacer
–haz eso y vivirás...

Mas si la respuesta de amar a Dios y al prójimo fuera parte de la respuesta, entonces ¿amar será sólo una actividad para «sentirse vivo» o para «no sentir la vida»? Después de todo, también pueden ser parte de lo que nos "damos a hacer" que nos permite o bien sentirnos bien por sus efectos estimulantes o por sus efectos narcóticos. Sin embargo, el evangelio no se queda ahí, ofrece un relato que abre otro camino. Cuando el maestro de la ley pregunta "quién es mi prójimo" lo que ocurre es un movimiento sutil pero importante, pues al no preguntar cómo se ama a Dios –lo cual parecería ser ya muy claro– o al prójimo sino quién es éste, quién es el otro, da lugar al modo cristiano de preguntar por el amor. Lo que el texto ofrece es un cambio inesperado en la pregunta por el amor. No se trata de la determinación de "qué es amar" sino de "qué acontece cuando se ama", y de eso se ocupa la parábola de Jesús: no de definiciones sino de que algo acontece.
Conforme a un lenguaje religioso, en su forma extrema, mientras el «tener algo que hacer» conecta en última instancia con la lógica del sacrificio, pues implica priorizar y descartar todo lo que no es ese «algo», el «tener que hacer algo» nos coloca en el ámbito de las devociones, ese modo de vivir llenando el tiempo de gestos y palabras. O sacrificar en nombre de un objetivo o deseo o llenar el tiempo con "obligaciones", en eso consistiría la vida, una vida sin otro. Existen los objetivos, los propios deseos, mas no hay lugar para otro. Nos damos cosas por hacer para poder vivir, llenamos nuestro tiempo, pero no hay otro, pues no cabe.
Nuevamente el relato del Buen Samaritano: He ahí quien se define por el sacrificio –el sacerdote judío– y también quien se define por el culto a las "devociones" –el levita. La humanidad se halla desposeída, maltrecha y vapuleada por esas leyes que exigen sacrificar todo con tal de obtener lo deseado o llenar el tiempo siempre con algo por hacer para soportar la vida. Ya sea el dominio de lo deseado sobre todo lo demás, o la desesperanza que sólo busca distracción y entretenimiento, difícilmente se puede hablar ahí de amor y de vida. Jesús abre otro camino: el de quien responde, porque lo que permite identificar el amor no son ni los sacrificios ni las devociones, sino el otro y la relación que se da entre ambos.
El mismo Beckett en "Belacqua" habla de "un poco de misericordia para regocijarse a pesar de la condena", casi como si fuera un anestésico, un poco de consuelo sólo para resistir lo terriblemente absurdo de la existencia. En este sentido, la compasión que muestra el samaritano podría ser considerada como un consuelo en este mundo violento, pero considero que el texto tiene algo más que ofrecer. "Consuelo" podría ser el alcanzar con perseverancia las propias metas, incluso el siempre tener algo que hacer para no tener que lidiar con la vida realmente. El gesto del samaritano contado por Jesús aporta algo más: en el amor ocurre un giro inesperado, una inversión –o en términos cristianos, una conversión– junto con una respuesta. Primeramente, la pregunta inicial –quién es mi prójimo– es invertida –quién se hizo prójimo del que estaba caído–; en vez de hallar el hacer para afirmarse a sí mismo –salvarse– el maestro de la ley halló un suceso que lo destituye y quita del centro y lo vuelve otro –el prójimo herido al lado del camino; en vez de hallar el cómo heredar la vida eterna se halló con otro vivir. El cristianismo propone un amor en el que ocurre una conversión, un giro inesperado que pasa por el amor concreto por alguien al grado de hacer posible una alteración del mundo.
Nota importante: no se trata de hacer de este giro, o del lugar del otro, una tarea más a hacer para llenar con bien nuestro día, o para sentir que cumplimos el objetivo, pues nuevamente sería vaciar del otro el amor. En el relato del Buen Samaritano la aparición del otro vapuleado y herido es fortuita, inesperada. Lo que salva no es la acción por sí misma sino lo que ocurre en la respuesta de otro y la respuesta a otro.
Sí, habrá que seguir "haciendo" y "haciendo algo", mas no es el hacer el que salva, sino aquello que, si bien no se da sin nosotros, tiene que ver con nosotros pero ni nos pertenece ni es producido por nosotros.
En este mundo que demanda «hacer» y «hacer algo», el giro inesperado, la sorpresa propios del acontecer del amor mantienen también abiertos los caminos de la esperanza, esa que no es mísero consuelo sino riesgo de una respuesta a la mano tendida de otro que trae consigo su "desastre" y su alegría.
Ante lo que ocurre en nuestro mundo herido no es inusual el llamado a hacer algo ("no pienses ya, actúa"), incluso algún filósofo perspicaz ha lanzado el llamado a pensar y no sucumbir a esa compulsión a actuar. El cristianismo acoge el hacer y el pensar mas no pone su esperanza en ninguno de los dos: pensar y actuar dejando espacio –esperanzadamente– a la respuesta que ha de aportar lo que ni el pensamiento ni la acción humana pueden por sí mismos... no porque asegure que vaya a suceder, sino por lo que puede ocurrir cuando "hay otro"/cabe otro en nuestro pensar y obrar, por la fuerza y consistencia de ese giro inesperado que altera nuestro mundo por la respuesta de otro y a otro... y ese riesgo asumido no es ley, sino expresión de amor.

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