Los discípulos tienen miedo a los judíos, se encierran. El recuerdo de Jesús evocado –su "aparecer" en medio de ellos– les trae alegría y se abre para ellos un futuro.
Así como hay recuerdos que nos anclan a un punto y condenan a una memoria repetitivamente adolorida en la que no hay revelación, hay recuerdos que pueden liberar otros recuerdos y revelan un futuro todavía posible, transitable.
La aparición de Jesús no viene de una "fe", pues es posible que haya fe sin recuerdo, una fe vacía que es mera entrega a un mecanismo del cual se espera eficacia automática, se parece más a la llegada como relámpago del recuerdo.
El recuerdo es fundamental para el creer cristiano.
¿Qué es el recuerdo? No es la mera memoria, que es del depósito de las vivencias –aquello que nos pasa pero de lo cual en su momento no captamos ni experimentamos toda su fuerza–, sino el acto por el cual algo saca de la memoria lo vivido de tal manera que no es una mera repetición, pues tiene efectos y afectos distintos en el presente, así lo pasado, en vez de fijo y clausurado, se muestra viviente, mientras que el futuro se amplía por la revelación de lo que aún puede ser, sigue vivo y no como tragedia. Por el recuerdo el pasado es redimido –rescatado de ser algo muerto y concluido– y el futuro es revelado –abierto y reorientado. Así, hay gestos que pueden evocarnos a alguna persona de nuestro pasado, y hay recuerdos del pasado que iluminan nuestro presente y con eso abren otro futuro.
Creer implica asumir la posición en la que nos deja el recuerdo: ser consecuente y obrar o no con la realidad que nos muestra y la intensidad que nos da. En un mundo enfermo de memoria –porque nos condena al recordarlo todo o porque saturándonos nos empuja a la amnesia que produce olvido–, el recuerdo de Jesús nos habilita para tomar caminos inusitados o inesperados, así como también realidades que vivimos hoy –textos, palabras, gestos, situaciones– pueden iluminar el recuerdo de Jesús haciéndolo mucho más presente y cercano.
Para quien sigue a Jesús perdonar no es olvidar, es recordar de tal modo que lo vivido conduzca hacia un derrotero distinto del que ancla perpetuamente en el dolor y del que se desentiende de la justicia. Por el recuerdo la fe cristiana rescata toda la historia, incluyendo lo terrible y doloroso.
El recuerdo cristiano no fetichiza ni idolatra el pasado ni hace de los recuerdos de Jesús algo secundario. Lo primero es adorar algo m
uerto, vivir con un cadáver en descomposición; lo segundo es caer en la trampa de la absoluta equivalencia de todo, en un nihilismo incapaz de acoger la gratuidad extrema.
Sin recuerdo no hay intensidad, la fe es pura forma, mientras que con el recuerdo se transmite la chispa que enciende la vida. El creer cristiano mantiene vivo lo pasado y lo futuro por la tensión que el recuerdo crea entre ellos, y por el gesto que se arriesga en ellos.
El creer sin ver del creyente es el que se da comenzando por el recuerdo, ese cuya verdad se nos muestra como un relámpago, en un momento inesperado, de peligro o de desbordante compasión.
Para creer cristianamente hoy habrá que, para empezar, acercarnos a esa memoria de Jesús –evangelios– que pasa por hacerles caso en la práctica –para sean recuerdos–, y a su vez, para que lo que vivimos enriquezca los recuerdos de Jesús por el diálogo y debate con ellos.
Que el recuerdo de Jesús evoque otros recuerdos, empezando por el de que «hay otra vida» ya entre nosotros (otros dicen "otro mundo posible", etc).

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