Domingo 18 de octubre de 2026, XXIX del Tiempo Ordinario (Mt 22, 15-21)
Un grupo de fariseos, personas expertas en el conocimiento de la Ley y en la culpa, se reunieron para sorprender (παγιδεύσωσιν / pagideúsōsin) -que según la etimología griega significa “poner una trampa”- a Jesús. ¿Por qué los seres humanos sentimos la necesidad de “hacer trampa”? Como el estudiante que entrega evidencias de aprendizaje al docente incurriendo en deshonestidad académica o como el que normaliza conductas violentas hacia compañeros/as. Como el docente y el directivo que quiere resolver problemas nuevos con soluciones viejas.
Albert Bandura (1925-2021) psicólogo norteamericano, habló sobre “la desconexión moral” (moral disengagement) que le permite al ser humano reconfigurar a nivel cognitivo aquellas conductas perjudiciales para él y para los demás, de manera que puedan ser más tolerables y fáciles de aceptar. Se trata de ocho mecanismos que nuestra mente utiliza generalmente de forma inconsciente o automática, entre ellos la justificación moral -la búsqueda hacer “justa” una acción “injusta”-, la comparación ventajosa -hablar de un error más grande de alguien más para compararlo con el mío y así minimizarlo-, el desplazamiento de la responsabilidad -evitar la propia a costa de culpar a otros-, o la distorsión de las consecuencias -”no es para tanto”-.
Para que la trampa sea llevadera, procesamos nuestra acción de manera que podamos “hacerla justa”. Nadie hace trampa plenamente conscientemente. Si una parte de nosotros sabe que una acción realizada está mal, otra parte de nosotros sale “al rescate” para desconectar, minimizar, desplazar o anular la responsabilidad. Quizá en el fondo, solo hace trampa quien siente que puede perder, alguien en quien el miedo puede más que la confianza y que por lo tanto, vive desde la culpa 24/7. Ha hecho de la culpa su hogar y salir de él puede ser peligroso.
Este grupo de fariseos viven esclavos de la culpa, de la desconfianza y del miedo. Y desde esa esclavitud le dicen: «Maestro, sabemos que eres sincero (ἀληθής/ alēthḗs: verdadero, transparente) y que enseñas el verdadero camino hacia Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú ves hacia dentro del rostro de las personas. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?».
Los fariseos no empiezan provocando o acusando, sino elogiando (ευλογία: decir una palabra buena) a Jesús, porque una adulación desarma a cualquiera. Y en realidad es un elogio verdadero -¿qué trampa lleva la etiqueta de “trampa” en ella?-; “Maestro, sabemos que eres transparente (ἀληθής) es decir: tu manera de enseñar el camino hacia Dios es claro, diáfano, no tienes intenciones ocultas, no jalas agua para tu molino…y justo por eso, necesitamos preguntarte; en realidad no es una trampa, es solo que la transparencia es tu punto ciego y tu autenticidad pone en riesgo nuestra autoridad como expertos en la Ley (moral justification). Además, esta pregunta que te hacemos, comparada con otras, no es tan grave (advantageous comparison)” Los fariseos no solo han desconectado la moral de la que habla Bandura, han desconectado el corazón que se maravilla ante la transparencia de Jesús y de cualquier ser humano y de la naturaleza.
“Ves el interior de las personas”. Reconocen que Jesús no se queda en la etiqueta que ponemos sobre las personas, sino que su mirada se dirige al interior. Ponen la trampa para que Jesús se sienta en deuda con la adulación y para que responda desde ella. Las personas somos capaces de hacer cosas que no nos atreveríamos a hacer si no nos sintiéramos en deuda o con culpa. Cuando sentimos que vamos “perdiendo” la discusión, una parte de nosotros nos lleva a argumentar desde el miedo y la culpa: “Tú siempre… tú nunca… yo siempre, yo nunca…”. El pensamiento dicotómico divide la realidad en extremos.
Luego lanzan la pregunta político-teológica, para que la respuesta de Jesús surja desde el miedo al qué dirán sus followers y fans destacados. El miedo tiene un efecto paralizador o de huída. Pero también el de activar la claridad, la lucidez y la audacia. Cuando en la Biblia se repite la expresión “No tengas miedo”, no se refiere a eliminarlo, sino a vivirlo más humanamente. Como toda emoción, tiene su función reveladora. El “temor de Dios” es justamente esa manera más humana de vivir el miedo: tengo cuidado de la vida, de las personas, de la creación, de mí mismo, movido por ese miedo. Me levanto todos los días para ir a trabajar con ánimo y esperanza, aunque haya días más complicados que otros, por esa forma de vivir el miedo que humaniza.
Hay en Jesús una libertad fascinante y desconcertante; «Pero Jesús, conociendo su malicia les dijo: “Hipócritas (ὑποκριταί) ¿por qué me tienden una trampa?”» Jesús no queda atrapado en la deuda de la adulación (José Antonio Pagola); es tan escandalosamente libre que puede escapar de la trampa y lanza una pregunta confrontante que busca volver a “conectar o religar” -religión en latín, religio, es “re-ligar, volver a unir”- al ser humano con esa versión de sí mismo que no necesita procesar cognitivamente la información a fin de forzarla para que no sea tan grave. Con esa versión de nosotros que es capaz de aceptar su error y se hace responsable de él.
Y para ello confronta, es decir, los pone delante de algo más: los llama “hipócritas”. En griego, hypokritai es el actor de teatro que interpretaba un papel o hablaba detrás de una máscara. No es un insulto, es una confrontación profundamente formativa; al llamarlos así les dice: ¿Ya te diste cuenta de que no eres tú el que habla, sino un papel que interpretas para no sentirte excluido? Interpretas a quien que va por la vida sin confiar en sí mismo, en los demás, en Dios. Pero no fuiste creado para vivir en la desconfianza -la fe en hebreo es “emuná”, que significa “confianza sólida”- sino para dejarte amar y para amar a los demás. Para vivir una fe-confianza que te haga más libre y no esclavo de la Ley ni de la culpa.
«“Muéstrenme la moneda con la que pagan el impuesto”». Ellos le presentaron un denario. Y él les preguntó: “¿De quién es esta figura y esta inscripción?”. Le respondieron: “Del César”. Jesús les dijo: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”». Jesús no libra la trampa con un tecnicismo ni con la separación de Iglesia-Estado. La desarticula cuando, desde el miedo humanamente vivido, no queda atrapado en la culpa. Con su respuesta, pone las cosas en su lugar, como lo hace quien tiene total libertad.
La culpa siempre tiende a autocentrarnos, a ponernos en el centro del universo: “El grupo está inquieto, por mi culpa”, “es mi responsabilidad que todos aprueben”... vive autocentrado quien asume como propio todo lo que va mal, a veces de formas sutilmente inconscientes disfrazadas de humildad -falsa por cierto-. El arrepentimiento, en cambio, nos descentra. Nos lanza en la dirección de la responsabilidad. Asumo lo que me toca, con claridad y lucidez, consciente de que una parte me toca a mí y otra parte le toca a otros. El arrepentimiento libera a la persona, mientras que la culpa la esclaviza.
Un versículo que ayuda a descentrarnos, cuando la culpa no me permite ver más allá, sería la pregunta que Dios le hace a Job: “¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? (Job 38, 4) es decir: eres mi hijo amado, pero la tierra existía antes de crearte y seguirá existiendo cuando te llame de regreso a mis brazos. No te soñé para vivir con culpa, ni para que todo lo veas a través de ese cristal. Si te vieras como yo te veo, te darías cuenta que yo trabajo invitando al arrepentimiento y a la conversión, no a la culpa esclavizante. No eres el centro del universo, eres el centro de mi entraña. Ahí vives, ahí te llevo”
«Al oír esto, quedaron admirados (ἐθαύμασαν/ ethaumasan: maravilla) y, dejando a Jesús, se fueron» No sabemos qué fue de “estos” fariseos; si después de este encuentro -confrontativo y liberador- con Jesús tuvieron miedo y huyeron o si fueron capaces de salir de la culpa hacia la tierra de la libertad. Lo que sí sabemos es que solo la maravilla desarticula la culpa y hace innecesario hacer trampa.
Quizá nuestros alumnos no nos recuerden por los contenidos curriculares de los campos formativos, sino si fuimos capaces, como Jesús, de favorecer las condiciones para que la maravilla florezca, para que la confianza sea cada vez más en ellos mismos y en el amor que Dios les tiene a cada uno/a, y cada vez menos en la inteligir artificialmente. En definitiva, si fuimos capaces de darles a conocer a ese Jesús confrontativo y liberador que nos hace amar.
