La ciudad aparece como un gran sistema de captura: nos captura por dentro y por fuera. Deseos y amenazas, afanes, ansiedades y exigencias son un eficaz aparato de captura.
Por otra parte, el texto de Lucas 11 presenta una continuación de la cuestión con una propuesta cristiana. Lo primero que llama la atención es la petición de los discípulos, pues piden que les enseñe a pedir. El verbo proséujomai es básicamente un hablar dirigido a otro en forma de petición. Aunque es claro que puedan estar en busca del modo cristiano de hacerlo no deja de llamar la atención que ellos realicen aquello acerca de lo cual quieren ser enseñados: pedir. Eso nos da ya un primer rasgo básico de la oración cristiana: es un hacer que no presupone un saber. Se hace sin saber, no en el sentido de "sin querer", sino de que el no-saber es parte esencial de ese hacer. Si el deseo de uno es deseo solo, sin mundo, de modo que el otro es objeto, en la oración el otro es sujeto, alguien a quien es posible dirigirse e interpelar y de quien cabe esperar una respuesta, de la cual no sabemos su contenido.
Dos películas quizá puedan ayudar a iluminar esto: Pobres criaturas (Lanthimos) y Todo en todas partes al mismo tiempo (Kwan y Scheinert). En la primera encontramos individuos movidos básicamente por el deseo aislado, encerrados en el goce, ese placer desvinculado del cual también la protagonista es parte, hasta que ella, en su encuentro con el dolor de los últimos del mundo y de los miserables de todo tipo comienza a realizar un giro que hace que incluso en la prostitución sea capaz de construir vínculos en los que el otro es sujeto y no objeto, sin dejar de lado el placer. La protagonista es osada en su habla, habla que acontece en sus actos y que le implica afrontar amenazas mientras a la vez cambia su entorno. En la segunda hallamos a una madre y su hija atrapadas en la vorágine de un deseo aislado, incapaz de reconocer algo más que su propia insatisfacción, al grado que proponen un nihilismo total. Lo que rompe ese movimiento es la irrupción tierna y conmovedora del padre-esposo que pide bondad mientras explica que también esa es una forma de lucha. En ambas películas ocurre un giro, una conversión al más puro estilo de Jesús, y este ocurre al «poner mundo» y no puro deseo. En ambos casos la bondad no es una negación de la dureza de la realidad sino todo lo contrario, es un modo de afrontarla y con fuertes implicaciones.
Poner mundo es poner algo más que el propio deseo, algo no sabido y no manipulable. Poner mundo es enfrentar la violencia y no simplemente desear suprimirla o replicarla; es lidiar con un placer y relaciones siempre en posibilidad de pervertirse y no simplemente moralizar o cercenar nuestra sensualidad y sexualidad. Poner mundo es un gesto de no saber (cómo afrontar, cómo vivir) dirigido a otro como alguien y no como algo. Poner mundo es afrontar la disonancia violenta del mundo y del otro sin omitir la bondad que los habita. (Quizá así podríamos entender incluso la insistencia de quien pide pan al amigo mientras el otro va escalando en la expresión de su malestar y molestia debido a la inoportuna petición).
La bondad pide mundo, la maldad satisfacción. Esto no quiere decir que la satisfacción sea el mal y que el mundo sea bueno en sí mismo. Poner mundo es poner algo que excede el deseo, sin saber qué sea ese excedente, y que hace que nuestra habla se dirija a alguien y no a algo. Quizá por eso la oración del Padre nuestro no sea sino un modo de acceder a ese modo de pedir, de extender la mano, no por un "deseo" sino por el anhelo que, sin ser creado por uno mismo, nos hace aspirar a ser parte de una historia alabable o que cause alegría de contarse como buena nueva –santificado sea tu nombre–, a vivir de manera justa, alegre y buena –venga tu reino–, sin descuidar lo elemental del vivir y del obrar –el pan cotidiano y relaciones con otros en las que la deuda no nos ate– en la conciencia del riesgo continuo que es esta vida –no nos lleves al lugar de la prueba. Obrar con ese mundo –aún desconocido, no ideal ni idealizado– dentro es tarea desafiante en este mundo. Poner mundo en un mundo que pareciera gozarse en su autodestrucción.
La oración cristiana no es evasión ni solución al mal, convulsiones y violencias asesinas de nuestro mundo, sino un modo de buscar cómo responder a todo ello sin perpetuar su proceso y victoria. No es para esconderse o desentenderse, sino para tener el amor y la osadía de una "violencia distinta" que parte no sólo de la bondad que halla en este mundo que es valle de lágrimas, sino de la esperanza de la bondad que puede nacer aún entre nosotros, violencia que afronta la violencia que acapara el pan, que perpetúa la deuda, que hace una historia desgraciada, violencia que no imita a esta violencia y aún así es capaz de quebrantarla y destituirla sin imponerse. ¿Acaso no es la misma vida y muerte de Jesús un indicio –estremecedor y desconcertante– de esa "otra violencia" que habla de una bondad en los seres humanos y de una bondad divina? No estoy seguro de en qué consistiría pero puedo ver en su apuesta osada y esperanzada algo que me llama a mí también.

