domingo, 27 de julio de 2025

Vivir en la fábrica de clamores desgarradores... (y la oración cristiana)


 
La ciudad tiene un tremendo potencial de ser una fábrica de clamores desgarradores. México lo experimenta tremendamente. El mundo también. Tal cual como dice el texto de Génesis 18: los clamores se multiplican exponencialmente, el mundo resulta ser una obra violenta (y el asesinato de la maestra Irma en Veracruz lo ratifica). Ante esto habrá quien pedirá que se consume la destrucción de nuestra civilización, quien pida la destrucción de los violentos, e incluso quien confíe en que "orar" será la respuesta dado que se excede desproporcionadamente nuestros alcances como personas comunes y corrientes. Sin embargo, pedir justicia es quizá lo más sensato pedir. ¿Qué es justicia? El texto bíblico parece sugerir que es lo que contiene la fuerza terrible de la violencia divina, en forma de palabra, de habla osada que dirigida a otro disuade el deseo –destructivo– de UNO ante la consideración de la existencia de otro que posiblemente es portador de una bondad. En otras palabras, algo ocurre que habilita y dispone para afrontar la violencia y el mal. Después de todo, si por 50, 40 o 10 justos una ciudad que es productora de males y clamores no es destruida, eso no cambia que esos males persisten. He ahí una clave importante: es muy fácil caer en la trampa de sentirse parte de los buenos al abogar por los justos o buenos, "salvar al mundo" en nombre de las personas bondadosas evitando su destrucción, mas eso trae consigo problemas mayores ¿cómo lidiar con ese mal que se vuelve omnipresente e inexorable? Es parte del dilema planteado por la administración de Trump en estos términos: dado que es difícil identificar al "migrante bueno" del "malo", mejor dejar que todos se destruyan en su propio país –dejando de lado la posible responsabilidad de EEUU en muchas de esas situaciones conflictivas e injustas–, mientras que otros apelando a la bondad de algunos de esos migrantes protestan... pero la cuestión sigue abierta ¿qué hacer con los operadores y fabricantes de clamores? El deseo de UNO, ansioso por su satisfacción y bienestar, por eliminar un problema incómodo e indeseable, se expresa y opera como un deseo sin mundo y no hay límites para ello. Existen sólo deseos, desarticulados, aislados, amontonados, mas al fin y al cabo sólo deseos, deseos solos.

La ciudad aparece como un gran sistema de captura: nos captura por dentro y por fuera. Deseos y amenazas, afanes, ansiedades y exigencias son un eficaz aparato de captura.
Por otra parte, el texto de Lucas 11 presenta una continuación de la cuestión con una propuesta cristiana. Lo primero que llama la atención es la petición de los discípulos, pues piden que les enseñe a pedir. El verbo proséujomai es básicamente un hablar dirigido a otro en forma de petición. Aunque es claro que puedan estar en busca del modo cristiano de hacerlo no deja de llamar la atención que ellos realicen aquello acerca de lo cual quieren ser enseñados: pedir. Eso nos da ya un primer rasgo básico de la oración cristiana: es un hacer que no presupone un saber. Se hace sin saber, no en el sentido de "sin querer", sino de que el no-saber es parte esencial de ese hacer. Si el deseo de uno es deseo solo, sin mundo, de modo que el otro es objeto, en la oración el otro es sujeto, alguien a quien es posible dirigirse e interpelar y de quien cabe esperar una respuesta, de la cual no sabemos su contenido.

Dos películas quizá puedan ayudar a iluminar esto: Pobres criaturas (Lanthimos) y Todo en todas partes al mismo tiempo (Kwan y Scheinert). En la primera encontramos individuos movidos básicamente por el deseo aislado, encerrados en el goce, ese placer desvinculado del cual también la protagonista es parte, hasta que ella, en su encuentro con el dolor de los últimos del mundo y de los miserables de todo tipo comienza a realizar un giro que hace que incluso en la prostitución sea capaz de construir vínculos en los que el otro es sujeto y no objeto, sin dejar de lado el placer. La protagonista es osada en su habla, habla que acontece en sus actos y que le implica afrontar amenazas mientras a la vez cambia su entorno. En la segunda hallamos a una madre y su hija atrapadas en la vorágine de un deseo aislado, incapaz de reconocer algo más que su propia insatisfacción, al grado que proponen un nihilismo total. Lo que rompe ese movimiento es la irrupción tierna y conmovedora del padre-esposo que pide bondad mientras explica que también esa es una forma de lucha. En ambas películas ocurre un giro, una conversión al más puro estilo de Jesús, y este ocurre al «poner mundo» y no puro deseo. En ambos casos la bondad no es una negación de la dureza de la realidad sino todo lo contrario, es un modo de afrontarla y con fuertes implicaciones.

Poner mundo es poner algo más que el propio deseo, algo no sabido y no manipulable. Poner mundo es enfrentar la violencia y no simplemente desear suprimirla o replicarla; es lidiar con un placer y relaciones siempre en posibilidad de pervertirse y no simplemente moralizar o cercenar nuestra sensualidad y sexualidad. Poner mundo es un gesto de no saber (cómo afrontar, cómo vivir) dirigido a otro como alguien y no como algo. Poner mundo es afrontar la disonancia violenta del mundo y del otro sin omitir la bondad que los habita. (Quizá así podríamos entender incluso la insistencia de quien pide pan al amigo mientras el otro va escalando en la expresión de su malestar y molestia debido a la inoportuna petición).
La bondad pide mundo, la maldad satisfacción. Esto no quiere decir que la satisfacción sea el mal y que el mundo sea bueno en sí mismo. Poner mundo es poner algo que excede el deseo, sin saber qué sea ese excedente, y que hace que nuestra habla se dirija a alguien y no a algo. Quizá por eso la oración del Padre nuestro no sea sino un modo de acceder a ese modo de pedir, de extender la mano, no por un "deseo" sino por el anhelo que, sin ser creado por uno mismo, nos hace aspirar a ser parte de una historia alabable o que cause alegría de contarse como buena nueva –santificado sea tu nombre–, a vivir de manera justa, alegre y buena –venga tu reino–, sin descuidar lo elemental del vivir y del obrar –el pan cotidiano y relaciones con otros en las que la deuda no nos ate– en la conciencia del riesgo continuo que es esta vida –no nos lleves al lugar de la prueba. Obrar con ese mundo –aún desconocido, no ideal ni idealizado– dentro es tarea desafiante en este mundo. Poner mundo en un mundo que pareciera gozarse en su autodestrucción.

La oración cristiana no es evasión ni solución al mal, convulsiones y violencias asesinas de nuestro mundo, sino un modo de buscar cómo responder a todo ello sin perpetuar su proceso y victoria. No es para esconderse o desentenderse, sino para tener el amor y la osadía de una "violencia distinta" que parte no sólo de la bondad que halla en este mundo que es valle de lágrimas, sino de la esperanza de la bondad que puede nacer aún entre nosotros, violencia que afronta la violencia que acapara el pan, que perpetúa la deuda, que hace una historia desgraciada, violencia que no imita a esta violencia y aún así es capaz de quebrantarla y destituirla sin imponerse. ¿Acaso no es la misma vida y muerte de Jesús un indicio –estremecedor y desconcertante– de esa "otra violencia" que habla de una bondad en los seres humanos y de una bondad divina? No estoy seguro de en qué consistiría pero puedo ver en su apuesta osada y esperanzada algo que me llama a mí también.

 

Más allá de la parte faltante, Martha y María

 


¿Ocuparse de todo o de la parte? Quizá dos películas puedan ofrecernos elementos para poder abordar esta cuestión y comprender mejor la perspectiva cristiana expresada en el relato de Martha y María (Lc 10): Monsters Inc y Lilo & Stitch.
Al hablar de «la parte», podríamos tomar dos caminos: el de la «pieza faltante», vinculado al imperativo de actuar –el cual no es negado aquí en cuanto tal, sino más bien puesto en cuestión para poder reproponer el actuar humano–, y el de la "parte buena".
Acorde al orden del relato de Lucas comienzo por el de la pieza faltante y el imperativo de actuar. En Monsters Inc la pieza faltante aparece de muchas maneras, desde la exigencia a Mike Wazowski de llenar su papeleo, el trabajo en equipo para producir más (como cuando Randal culpa a su compañero), y particularmente el fragmento de la puerta de Boo necesario para volver a tener contacto con ella una vez que se ha reconstruido la puerta.
El imperativo de actuar tiene una tendencia totalizante: exige que todos actúen, hay demasiado por hacer y no queda lugar para la falta, pues la falta de uno puede constituir un desastre pues la tarea, el orden, el fin buscado podrían no lograrse. Con ello, la parte, por pequeña que sea, se convierte en algo con pretensiones de totalidad (¿o no nos ocurre eso al grado de perder la paciencia o exasperarnos con la falta de reactividad de los otros?). La exigencia de Martha es justamente eso: ¿qué no ves que el mundo se está acabando? ¿qué no ves que no podemos solos con todo? Por cuanto sea un reclamo válido, corre el riesgo de convertir toda empresa humana de "salvación" una mera tarea de completar, justo como parecería indicar el gesto de colocar la "pieza faltante" en la puerta de Boo para poder volver a entrar en contacto con ella. Así, la más mínima falta puede convertirse en el desastre, el fracaso de todo.
Del mismo modo, en Lilo & Sitich el orden perdido con la muerte de los padres de Lilo inaugura una situación que se vuelve caótica y que pudiera considerarse resuelta con la restitución de dicho orden, ya sea mediante la incorporación de nuevos padres o con el logro de Lilo de vivir como si los tuviera aún. El caos en la vida de Lilo es cada vez mayor en la medida en que "debe" vivir como si dicho orden estuviera vigente mientras la situación es cada vez más complicada para ella y su hermana, y sobre todo con la llegada de Stitch.
Esta lógica de la "pieza faltante" tiene sin duda su valor operativo y de verdad, sin embargo, es también una trampa terrible: no hay que dejar ninguna tarea, ningún espacio, sin atender. Tarea sin duda imposible y desesperante. Es la forma de la merimná, término griego que designa los afanes y preocupaciones que agobian a Martha.
El segundo camino, el de María o de la "parte buena", es presentado en Monsters Inc no mediante el fragmento faltante sino mediante un gesto: el de cruzar una puerta con un riesgo significativo y reír. Esta parte no corresponde a nada propio del orden del mundo de los monstruos presentado en un principio. El hallazgo de la risa y de un vínculo afectivo con los niños constituye una "parte" sin lugar en su horizonte. De otro modo, se trataría de una pieza más del orden, del rompecabezas. Acceder a la "parte buena" implicó un riesgo para los monstruos y para Boo. Del mismo modo, en Lilo & Stitch es este último el que anuncia el hallazgo: "la encontré, mi familia, es chiquita y está rota... pero es buena". No sólo Stitch acepta ser atrapado una vez que la halla, sino que permite revelar el alcance del gesto de Lilo al acoger a Stitch con todo lo que implicó y sin ninguna garantía, en su ya caótica vida, de que pudiera restituir lo perdido, cosa que finalmente no se realizó. La familia de Lilo sigue pequeña y rota... pero es buena, y es esa parte la que resulta inapropiable. "No le será quitada" dice Jesús según el relato de Lucas.
Optar por la parte implica perder la totalidad, asumir incluso su limitación e incapacidad para responder a todo. Pero no se trata de quedarse sólo con la pieza faltante, como si fuera un fetiche, sino de esa parte que no encaja o mejor dicho, que en la relación con otro nos permite desencajar, pues mientras en Monsters Inc Sulli y Mike abandonan sus sueños y anhelos de éxito en la empresa, Stitch se sobrepone a la fuerza de su potencial –¿de mal?– y Lilo a la tranquilidad y orden que extrañaba. En ambos casos se abrió una vía distinta. Ni Boo ni Stitch ofrecían lo que los demás querían y estaban lejos de darles acceso a ello, al contrario, los alejaban. ¿Qué hallaron Sulli, Mike y Lilo para correr ese riesgo? La "parte buena", inapropiable, que les posibilitó descubrir una bondad o una valoración distinta en su vida. La parte buena tiene forma de llamado, de modo que no ha de ser confundida con la defensa de lo propio, de mi propio espacio, mi familia, mi país, etc.
Así, en la historia de Jesús con Martha y María encontramos el paso del orden, de la exigencia de actuar, incluso de salvar todo y a todos, de la pretensión de totalidad al llamado, al experimentar con y desde la palabra –el evangelio– que sin tener todo resuelto ni anticipado llama a escoger una parte, extraña, que revela una bondad que no es recetario moral sino riesgo y revelación, una forma de conocer el mundo y de dejar que se rehaga.
Ante la exigencia de todas las causas sociales del mundo de ser secundadas con acción y militancia o simpatía ("Jesús, dile que me ayude"), el evangelio nos propone no la contemplación (como clásicamente se define la posición de María) sino el riesgo de la práctica del evangelio –esa parte buena que no pertenece a ninguna causa y nos saca de nuestra posición y lugar para colocarnos ahí donde algo ha de acontecer...
En este mundo tan lastimado hay que hacer algo, cierto, y hay tanto por hacer, pero un amor concreto, por alguien, puede ser esa parte que nos moverá a donde aún no sabemos ni podemos anticipar y que nuestro nuestro obrar simplemente no puede por sí mismo alcanzar...

 

¡Haz algo! y el giro samaritano

 


Tener que hacer algo o tener algo que hacer son quizá dos de las leyes de la vida humana más operativas y comunes de la época. La diferencia parece ser evidente, sin embargo, en última instancia el tener «algo» que hacer termina cayendo en el campo del «tener que hacer».
Si «tengo que hacer algo» ¿qué esperar de dicho hacer? ¿se puede vivir así?
Un texto de Samuel Beckett ("Belacqua") lo ilustra bien:
"Siempre había algo que uno debía hacer después. Se le ocurrieron tres grandes obligaciones. Primero el almuerzo, después la langosta, después la clase de italiano. Para seguir tirando bastaría con eso."
En la vida contemporánea es difícil escuchar la pregunta ¿qué he de hacer que me dé salvación? quizá incluso hasta resulte carente de sentido. En cambio, sí es más común preguntarse: ¿qué haré hoy para seguir "tirando"? ¿qué me daré a hacer para "tirar" el día, para que me mantenga en la vida este día?
El texto refleja bien la cuestión: nos ponemos obligaciones, cosas a realizar para poder vivir, pues de otro modo pudiera no haber nada por lo cual vivir.

Así, la pregunta del maestro de la ley en el relato del Buen Samaritano podría leerse hoy así:
–¿qué he de hacer para seguir tirando el día?
–¿qué dice la ley?
–ponerme obligaciones, darme algo que hacer
–haz eso y vivirás...

Mas si la respuesta de amar a Dios y al prójimo fuera parte de la respuesta, entonces ¿amar será sólo una actividad para «sentirse vivo» o para «no sentir la vida»? Después de todo, también pueden ser parte de lo que nos "damos a hacer" que nos permite o bien sentirnos bien por sus efectos estimulantes o por sus efectos narcóticos. Sin embargo, el evangelio no se queda ahí, ofrece un relato que abre otro camino. Cuando el maestro de la ley pregunta "quién es mi prójimo" lo que ocurre es un movimiento sutil pero importante, pues al no preguntar cómo se ama a Dios –lo cual parecería ser ya muy claro– o al prójimo sino quién es éste, quién es el otro, da lugar al modo cristiano de preguntar por el amor. Lo que el texto ofrece es un cambio inesperado en la pregunta por el amor. No se trata de la determinación de "qué es amar" sino de "qué acontece cuando se ama", y de eso se ocupa la parábola de Jesús: no de definiciones sino de que algo acontece.
Conforme a un lenguaje religioso, en su forma extrema, mientras el «tener algo que hacer» conecta en última instancia con la lógica del sacrificio, pues implica priorizar y descartar todo lo que no es ese «algo», el «tener que hacer algo» nos coloca en el ámbito de las devociones, ese modo de vivir llenando el tiempo de gestos y palabras. O sacrificar en nombre de un objetivo o deseo o llenar el tiempo con "obligaciones", en eso consistiría la vida, una vida sin otro. Existen los objetivos, los propios deseos, mas no hay lugar para otro. Nos damos cosas por hacer para poder vivir, llenamos nuestro tiempo, pero no hay otro, pues no cabe.
Nuevamente el relato del Buen Samaritano: He ahí quien se define por el sacrificio –el sacerdote judío– y también quien se define por el culto a las "devociones" –el levita. La humanidad se halla desposeída, maltrecha y vapuleada por esas leyes que exigen sacrificar todo con tal de obtener lo deseado o llenar el tiempo siempre con algo por hacer para soportar la vida. Ya sea el dominio de lo deseado sobre todo lo demás, o la desesperanza que sólo busca distracción y entretenimiento, difícilmente se puede hablar ahí de amor y de vida. Jesús abre otro camino: el de quien responde, porque lo que permite identificar el amor no son ni los sacrificios ni las devociones, sino el otro y la relación que se da entre ambos.
El mismo Beckett en "Belacqua" habla de "un poco de misericordia para regocijarse a pesar de la condena", casi como si fuera un anestésico, un poco de consuelo sólo para resistir lo terriblemente absurdo de la existencia. En este sentido, la compasión que muestra el samaritano podría ser considerada como un consuelo en este mundo violento, pero considero que el texto tiene algo más que ofrecer. "Consuelo" podría ser el alcanzar con perseverancia las propias metas, incluso el siempre tener algo que hacer para no tener que lidiar con la vida realmente. El gesto del samaritano contado por Jesús aporta algo más: en el amor ocurre un giro inesperado, una inversión –o en términos cristianos, una conversión– junto con una respuesta. Primeramente, la pregunta inicial –quién es mi prójimo– es invertida –quién se hizo prójimo del que estaba caído–; en vez de hallar el hacer para afirmarse a sí mismo –salvarse– el maestro de la ley halló un suceso que lo destituye y quita del centro y lo vuelve otro –el prójimo herido al lado del camino; en vez de hallar el cómo heredar la vida eterna se halló con otro vivir. El cristianismo propone un amor en el que ocurre una conversión, un giro inesperado que pasa por el amor concreto por alguien al grado de hacer posible una alteración del mundo.
Nota importante: no se trata de hacer de este giro, o del lugar del otro, una tarea más a hacer para llenar con bien nuestro día, o para sentir que cumplimos el objetivo, pues nuevamente sería vaciar del otro el amor. En el relato del Buen Samaritano la aparición del otro vapuleado y herido es fortuita, inesperada. Lo que salva no es la acción por sí misma sino lo que ocurre en la respuesta de otro y la respuesta a otro.
Sí, habrá que seguir "haciendo" y "haciendo algo", mas no es el hacer el que salva, sino aquello que, si bien no se da sin nosotros, tiene que ver con nosotros pero ni nos pertenece ni es producido por nosotros.
En este mundo que demanda «hacer» y «hacer algo», el giro inesperado, la sorpresa propios del acontecer del amor mantienen también abiertos los caminos de la esperanza, esa que no es mísero consuelo sino riesgo de una respuesta a la mano tendida de otro que trae consigo su "desastre" y su alegría.
Ante lo que ocurre en nuestro mundo herido no es inusual el llamado a hacer algo ("no pienses ya, actúa"), incluso algún filósofo perspicaz ha lanzado el llamado a pensar y no sucumbir a esa compulsión a actuar. El cristianismo acoge el hacer y el pensar mas no pone su esperanza en ninguno de los dos: pensar y actuar dejando espacio –esperanzadamente– a la respuesta que ha de aportar lo que ni el pensamiento ni la acción humana pueden por sí mismos... no porque asegure que vaya a suceder, sino por lo que puede ocurrir cuando "hay otro"/cabe otro en nuestro pensar y obrar, por la fuerza y consistencia de ese giro inesperado que altera nuestro mundo por la respuesta de otro y a otro... y ese riesgo asumido no es ley, sino expresión de amor.