domingo, 20 de enero de 2019

Sin signos, no hay significado


II Domingo del Tiempo Ordinario

20 de enero de 2019


La boda en Caná (Jn 4, 1-11) ¡Texto del evangelio aquí!

"Esto que hizo Jesús en Caná de Galilea fue el primero de sus signos" (Jn 4, 11) 
Me gusta que Juan utilice la palabra "signo" y no "milagro". Quizá la segunda apunta mas hacia a una mentalidad mágica, mientras que la primera me invita a descubrirme como significante necesitado de signos para acceder al significado. 

El texto de Jn tiene muchos personajes: el testigo que narra, María, los novios, Jesús, el mayordomo, los sirvientes... Colocados en la perspectiva de cada uno de ellos, uno puede adentrarse en el relato y descubrir una buena noticia. 

Como ex alumno y colaborador Marista, este texto me hace ver a María de Nazaret en una faceta no acostumbrada: María que se salta las trancas, que parece decirle a Jesús, como una madre a la mexicana: "No me importa si no ha llegado tu hora, has de mirar que en esta boda la alegría se acabó... por que lo digo yo, que soy tu madre". La Señora de Nazaret, sencilla y discreta, aleccionando al Hijo, desarmando la teología del cuarto evangelista, indicándole que la hora ya llegó... Miro a María y la siento mi Buena Madre al evidenciar ante Jesús nuestras fiestas sin la alegría "mejor". Aunque sin imponerse -aquí ya no sería la madre a la mexicana- y sin aventar la chancla, sino simplemente señalar: "Hagan lo que él les diga". El mayor imperativo marista que alguien haya podido darnos. 

Juan habla de siete signos en su evangelio, y éste es el primero de ellos. Y pienso en una vida sin signos, en una existencia plana, rutinaria y monótona. Como ir en la carretera y pasar un largo tramo sin signos, sin saber cuánto falta para la gasolinera o para el próximo poblado. Sin saber en qué kilómetro voy para pedir ayuda si fuese necesario. Una vida sin signos y por lo tanto, de vacía de significado. 

El primero de los signos: aunque este ciclo C de la liturgia está tomado en su mayoría del texto de Lucas, descubro en este texto de Juan la buena noticia de que Jesús inicia su recorrido -litúrgicamente hablando- colocando signos en la carretera de la vida. Que están ahí para ayudarnos a acceder al significado profundo de la existencia. Para ponernos en camino (precisamente es Lucas quien presenta a Jesús "en camino"). 


lunes, 14 de enero de 2019

En el río, no en el templo..

Domingo 13 de enero de 2019
Bautismo del Señor 

Lc 3, 15-16. 21-22

Me gusta la imagen de Jesús dejándose bautizar por Juan, el profeta del desierto. Sobre todo por lo que entraña esa extraña decisión, que aparece narrada en los cuatro evangelios: un Dios que se ha tomado en serio el asunto de ser hombre.

"El pueblo estaba expectante..." Me imagino a Jesús compartiendo esa expectativa, como parte del pueblo. Y gracias a ella -y precisamente por ella- se aleja de Nazaret y va en busca del profeta del desierto. Lucas no nos narra cómo ni por qué llega Jesús hasta Juan, el que bautiza. Simplemente nos lo presenta como uno más del pueblo, compartiendo su expectativa. Este Jesús me fascina; movido por un anhelo, busca, se pone en camino.

Y tras de él vamos también nosotros. Movidos por un anhelo de algo más. Inquietos por que no nos resignamos a que la vida sea solo la dominación de Roma o de Herodes, de los nuevos imperios y de los nuevos tiranos. Creemos que hay algo más; y esa intuición nos mueve, y nos ponemos en camino.

Acompañando grupos de jóvenes, me doy cuenta que la Iglesia ya no resulta para muchos de ellos un espacio dónde buscar. Parece que el cielo está cerrado y no hay acceso a él. Sin embargo, el anhelo de algo más sigue intacto. Lo percibo entre lineas en sus comentarios en clase, en lo que comparten, en sus tweets y en sus memes. Y entonces contemplo a Jesús, fuera del recinto religioso, fuera del templo, buscando en un río las palabras de fuego del profeta del desierto.

Y ahí, en ese espacio no religioso, a donde su búsqueda le ha llevado, tras ser bautizado, el anhelo encuentra tierra donde echar raíz: "Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado". La forma de narrarlo de Lucas me hace click: "el cielo se abrió" ... ¡fuera del recinto religioso! El Bautismo de Jesús no es el templo, sino en un río. Y cuando el cielo se abre es para revelarnos -o recordarnos- identidad: la vida es algo más que ser dominados por el tirano. La vida es ser -y vivir como- hijos.


lunes, 19 de noviembre de 2018

La migración es la anarquía por otros medios...


"Sólo en el mundo por venir (es decir, en el del cumplimiento) puede manifestarse 
la auténtica potencia divina de otro modo que como destructiva.
[…] sólo en la comunidad, nunca en las «instituciones sociales» existentes, 
viene a manifestarse lo divino, sea ya sin violencia o con violencia." 
W. Benjamin


A propósito de la apocalíptica, algunas notas rápidas en torno a lo que está ocurriendo sobre las caravanas migrantes:

1. No creo poder decir qué sea en sí este fenómeno, al menos no todavía. Hay muchas personas que han corrido a calificarlo desde manipulación masiva hasta como nuevo movimiento social. No descarto la posibilidad de que haya algo de ello, pero me parece apresurado sacar conclusiones que desacrediten o ensalcen el fenómeno. En todo caso, parecería la presencia de una forma muy antigua de migración –las caravanas eran el modo más seguro– que se hace presente en nuestra época.

2. La realidad afecta sin límites. Pareciera que hay capas de realidad, pero tal vez se trate más bien de distancia y de las distintas mediaciones y creaciones humanas que nos sirven para mantener la distancia. Quienes hoy viven las incomodidades y malestares asociados a la presencia de la caravana –también quienes temen llegar a sentirlos– han experimentado una reducción de la distancia. La realidad se torna más densa e intensa. No es que no estuvieran en la realidad antes, sino que la distribución de la realidad como dinámica y como posición les había favorecido colocando en un punto en el que lo que ocurre no se siente ni se ve con tanta intensidad y “realidad”. Así como en los sistemas de drenajes, lo indeseado o desechado de nuestra sociedad y sistema político-económico se distribuye hacia otros puntos en los cuales generalmente se acumula y llega a convertirse en una zona que, tarde o temprano, dejará sentir su influjo en el resto del mundo, mucho más si se trata de una zona habitada.

3. La realidad no distingue. Sea que se trate de quien ayuda a quien lo necesita y apoya solidariamente, sea que se trate de un anti-migrante, los efectos de esta realidad que se vuelve “más real” y no es sólo virtual o parte de una imagen se dejarán sentir sin miramientos. La meritocracia no tiene potestad en esta situación. Tanto lo sentirá quien ayuda como quien no. Tal vez por eso algunos quisieran que regresaran a la virtualidad… o reforzar los mecanismos de la distancia.

4. Estamos en un mundo. Y es un mundo en el que las cloacas y drenajes se van llenando, y precisamente se saturan con lo que nosotros mismos producimos, desechamos, y con lo que sostiene nuestro estilo de vida. Cuando esto ocurre, las vidas que, sin necesariamente aspirar a un vida de lujos, se ven cada vez más identificadas con los desechos, o buscan salida o se transforman en eso: seres des-hechos. Los des-hechos son en buena parte fruto de nuestros desechos, y los tratamos como desechos.

5. Los des-hechos se resisten a ser desechos. Los llamo des-hechos también porque contradicen nuestros “hechos”, nuestro orden del mundo, ese que implica que la responsabilidad legal absorba la responsabilidad moral, o peor aún, que pretende que la no-responsabilidad legal (lo que la ley no obliga) justifica la irresponsabilidad moral (lo que un sentido aunque sea mínimo de humanidad sí exige). La lógica del “que coma el que tenga para pagar” se ve confrontada por la lógica del “un vaso de agua y el pan no se le niega a nadie”, lógicas que curiosamente suelen ubicarse en sectores económicamente bien definidos.

6. La migración es la anarquía por otros medios. La anarquía rechaza fuertemente al Estado. No utiliza argumentos teóricos, todo lo contrario, son muy concretos. Si un sector de la población no percibe ningún beneficio por parte del Estado, ¿por qué habría de respetar nociones como fronteras, documentos de identidad, trámites legales? ¿No es curiosamente el fenómeno migratorio contemporáneo un fuerte desafío al Estado moderno? Tal vez haya que considerar que no se trata de una anarquía radical, pues en parte esperan contar con el apoyo –o al menos con la no agresión– de otros “Estados”, pero aún así, parecieran ser la expresión más desafiante y menos beligerante de la negación del Estado que podemos constatar hoy. Atravesar más de un país, sin pensar en nada más que vivir, salir de la zona de desecho, enfrentar la dureza de una realidad que también conlleva rechazo de otros, violencia y resistencias, nos habla de una realidad que ya no es contenida por el Estado, la violencia del Estado se ha hecho cada vez más patente, incluso bajo la forma de legalidad. No se trata simplemente de afirmar que ningún ser humano es ilegal, sino que el Estado como forma de distancia y control último parece sostenerse sólo por el deseo de unos de ser preservados de la misma realidad. No condeno absolutamente ese deseo sino que señalo que sus condiciones de realización son terribles humana y ecológicamente hablando. Al estar entre la inmunidad y la comunidad en este tiempo de realidad virtual, parece que lo virtual produce des(h)echos muy reales, mientras que lo real se nos acerca ahora inexorablemente sea bajo la forma de nuestras propias violencias identitarias y de estilo de vida, o bien desde el exceso de realidad que viene de los des(h)echos.



domingo, 28 de enero de 2018

La "funcionalidad" de la sinagoga


IV Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)
26 de Enero de 2018
"Jesús enseña en Cafarnaún y cura a un endemoniado" Mc 1, 21-28

Jesús es el profeta (1era Lectura: Dt 18, 15-20) del Reino de Dios, el hombre totalmente disponible a escuchar la voz que libera (Salmo Responsorial: Salmo 94) y por lo tanto el hombre sin el corazón dividido (2da Lectura: 1 Co 7, 32-35).


El texto del evangelio de Marcos que la liturgia nos presenta hoy, coloca a Jesús en un escenario religioso de gran tradición para el pueblo judío: la sinagoga. Recordando que el evangelio de Mc es el primero que se ha redactado y tomando en cuenta que estamos en el capítulo 1, entendemos entonces que ésta es la primera aparición de Jesús en ese espacio tan significativo como lo es la sinagoga. 

Probablemente para nosotros, pensar en la sinagoga es como pensar en una parroquia o un espacio físico al que vamos a meditar semanalmente más como a consumir un servicio religioso/espiritual. Sin embargo, el judío tiene una relación mucho más fuerte con la sinagoga que la que muchos de nosotros tenemos con los espacios religiosos. 

Hay que recordar que en tiempos de Jesús no existen "escuelas" como las nuestras, en tiempos de Jesús. La sinagoga funciona para sostener tradiciones religiosas, mismas que son transmitidas de generación en generación. En este sentido, la sinagoga tiene una función educativa. El vínculo que el judío tiene con la sinagoga es integral y por lo tanto más sólido.

Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo: A diferencia de otros hombres que sufren, (como el leproso por ejemplo, o el ciego que yace en las puertas), éste no ha sido excluido de la comunidad. Hay una fuerza dentro de él que le impide ser libre y pleno. Y al parecer, la sinagoga no ha podido "curarlo", sino solo permitirle que esté ahí. La enseñanza de los escribas, que según el texto ejercen sin "autoridad", no ha podido liberar al hombre poseído. Como si tanto hablar sobre Dios los incapacitara para actuar conforme a la voluntad liberadora de ese Dios del que dicen hablar. 

La sinagoga ha funcionado entonces como un espacio de discurso religioso, pero no de una praxis religiosa. En ella se comentan los mandamientos, qué se puede hacer y qué no. Funciona como un engranaje más de una sociedad que necesita estos espacios religiosos para tranquilizar la conciencia (hoy diríamos una homilía "bonita" que escuchamos en misa, o una clase de catecismo o charla en un grupo pastoral "tranquilizadora", tanto que nos impide estar "intranquilos" ante el hombre poseído). 

¿Será esta funcionalidad la misma hoy en nuestras comunidades? 

El Jesús de Marcos arranca desde el capítulo 1, entrando en conflicto con la sinagoga (la curación se lleva a cabo en sábado) conflicto que se desarrolla a lo largo de todo el evangelio de Mc; conflicto que le llevará a la muerte. Conflicto que surge por romper la funcionalidad de la sinagoga, como espacio de discurso, incapaz de liberar al hombre. 

domingo, 5 de noviembre de 2017

"La verdadera religión" o "la verdad de la religión"



Un relato que antepone dos lógicas: 

1. Por un lado, la lógica de los que buscan (y al parecer encuentran) en la religión, la justificación divina para "estar arriba": sentarse en la cátedra de Moisés, actuar para buscar la adulación, ser vistos, ocupar los primeros lugares.
En esta lógica estamos los que buscamos "la verdadera religión", no "la verdad de la religión", es decir, aquella que nos garantice ser parte de una élite que pueda mirar al resto desde la mirada del que está arriba, del que tiene la razón, del que no se equivoca, del que está en lo correcto. 

2. Por otro lado, la lógica de los de abajo: "Ustedes, en cambio... todos hermanos". La lógica de los que buscan la verdad revelada, no solo de la religión, sino de la vida entregada de Jesús de Nazaret: la fraternidad subversiva: "Ustedes, en cambio": subvertir, mirar desde abajo, desde la mirada de los arrojados a los bordes. 

La Buena Noticia: la lógica de Jesús, el marginado,  el que es libre porque no busca la adulación, y por ello se ha tomado muy en serio su manera de sentir, de pensar y de actuar, ahora es (si queremos) la nuestra. 

lunes, 1 de mayo de 2017

Un relato de rupturas fecundas

III Domingo del Tiempo de Pascua
(30 de abril de 2017)


Un relato de rupturas fecundas 

¿Cómo ha sido posible que el sencillo gesto de “partir el pan” 
permita a los caminantes de Emaús reconocer al Resucitado 
en el peregrino que ha caminado junto a ellos?

1. El texto de los discípulos de Emaús es un relato de rupturas:

a) Los de Emaús han experimentado la ruptura de sus expectativas. Nosotros “esperábamos” que él sería el libertador de Israel (Lc 24, 31) La tristeza de los discípulos se alimenta de sus expectativas rotas. Jesús no ha sido el Mesías que “ellos esperaban”. No ha sido un Mesías a la altura de sus expectativas. Ellos esperaban –y al parecer encontraron o creyeron encontrar– en Jesús una liberación basada en el “poder”: Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta “poderoso” en obras y palabras delante de Dios y delante de todo el pueblo (Lc 24, 19b) Pero la forma de morir del profeta ha evidenciado más su impotencia, su no-poder. Por eso, los de Emaús se resisten a la noticia de la Resurrección que las “mujeres” (las que no tienen poder) han anunciado (Lc 24, 22-23)  Por ello, también resulta difícil para los de Emaús dar crédito a la Resurrección, pues hacerlo sería aceptar que Dios ha reivindicado la impotencia en la que ha muerto Jesús. El corazón de los Emaús es caos, confusión, tristeza. Así sucede cuando se rompen las expectativas que nos hemos construido sobre Dios, sobre la Iglesia, sobre la humanidad.

b) Los de Emaús han experimentado la ruptura de su fe como conocimiento que impide el re-conocimiento. ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! (Lc 24, 25) El peregrino interpela la fe bíblica de los discípulos. La fe, como conocimiento, no basta. Como apuntan los comentaristas bíblicos, en realidad Jesús no les dice nada nuevo, sólo empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras (Lc 24, 27) Pasajes que seguramente ellos ya habían escuchado y conocían. Pero, hasta ahora, ha sido un conocimiento que impide el re-conocimiento. En nuestra comunidad eclesial muchos sabemos mucho, pero nos cuesta dejar que ese conocimiento (bíblico, teológico, pastoral, catequético) nos lleve a re-conocer al Resucitado en los peregrinos que salen a nuestro encuentro.

2. Tras la ruptura, hay algo que emerge, que renace. No se trata de romper por romper. Se trata más bien de estar atentos a lo que la ruptura permite re-conocer. Son rupturas fecundas por que de ellas nace algo:

a) Las expectativas que se rompen permiten que nazca la esperanza: mientras las primeras no se rompan, mientras no estemos dispuestos a romperlas –como el pan que se parte– o a dejar que el peregrino de Emaús la rompa, la esperanza no puede crear historia. La expectativa de los discípulos les hace esperar sólo para ellos. Desde la esperanza, corren a Jerusalén a anunciar a otros.

b) La fe como “solo conocimiento” (de unos dogmas, de contenidos catequéticos) que se rompe permite que surja la fe como conocimiento que apunta al re-conocimiento. Es la fe que hace “arder el corazón”. Los conocimientos bíblicos de los de Emaús no han sido suficientes. Necesitan una clave de lectura, necesitan algo más. Jesús se las ofrece: la necesidad de padecer. La necesidad de partirse, de entregarse, de darse. La fe como conocimiento no es suficiente, necesitaríamos acercarnos a los relatos bíblicos, desde nuestras propias rupturas, desde nuestras entregas, desde nuestra disposición a vivir descentrados de nosotros mismos.


¿Cómo ha sido posible que el sencillo gesto de “partir el pan” permita a los caminantes de Emaús reconocer al Resucitado en el peregrino que ha caminado junto a ellos? Ahí donde las expectativas se rompan, ahí donde la fe como simple conocimiento se fracture, ahí donde algo de mí sea capaz de partirse (y darse)… ahí se reconoce al Resucitado. 

sábado, 15 de octubre de 2016

¿Una fe para tiempos descreídos? Anhelo de justicia (Jesús y Horkheimer)

"Cuando venga el Hijo del hombre, ¿hallará fe sobre la tierra?" (Lc 18,8). Así concluye lapidariamente la exhortación de Jesús a orar. Sin duda es desconcertante ya que no es una mera pregunta retórica. El texto original griego utiliza una partícula que clarifica muy bien la intención de plantear una interrogante y no queda claro si esperaba una respuesta positiva o negativa. Jesús no es un optimista ingenuo o empedernido como tampoco es un pesimista amargado... es un pesimista esperanzado.

Ante tal interrogante no pude evitar evocar el pensamiento de Max Horkheimer, un agnóstico declarado que hizo del anhelo de justicia –anhelo arraigado en el sufrimiento de las víctimas de la historia, no en un inane buen deseo o un voluntarioso optimismo– el fulcro de un pensamiento filosófico y social crítico y comprometido con los sufrientes y aplastados por el avance de una razón ciega, centrada en el dominio. Así como Jesús no sabe "si hallará fe", Horkheimer, como agnóstico, tampoco sabe si nos espera algo mejor o peor en el futuro –aunque lo peor parece llevar la de ganar– y, desde su pensamiento que busca un saber que no sea una forma de dominio, abre una puerta para la experiencia cristiana contemporánea.

Si existe la duda de si habrá fe sobre la tierra, conviene no olvidar que este planteamiento se hace después de haber expresado la fuerza del clamor de justicia en el ámbito de Dios. Si en la tierra el clamor de justicia de quien sufre la injusticia es terrible, en "el cielo" es aun más fuerte. Es una convicción clara y tremenda de Jesús. Tan intensa que ni el mismo Dios puede esperar. Ese clamor hace que Dios se desborde. Sin embargo, la realidad parece ser contratante. No se ve esa respuesta inmediata. Tal vez por ese motivo la pregunta conclusiva, porque la fe de Jesús va ligada indisociablemente de esa respuesta ante la injusticia que no la ignora ni tolera, al contrario, la reconoce y se mantiene inexorable frente al a exigencia de justicia. Claro que esta exigencia es muy distinta de la sed de venganza o la demanda de un castigo. La exigencia de justicia, o más aún, el anhelo de justicia, es algo que, aunque se diga que es cuestión de vida o muerte no implica decidir sobre la vida de otro, sino que más bien poniendo en juego a otro lo pone en juego todo. Si ese anhelo no se sostiene, posiblemente la fe menos.

Visto así orar no es simplemente pedir un deseo –aunque sí es un modo de orientar el deseo– sino mantener viva una tensión, una resistencia, o más aún, un anhelo. De otro modo, puede convertirse en pura evasión de la realidad, autoengaño, o cínico dejarse engañar. Y si la oración es fundamental en la experiencia religiosa, afecta también en el modo de creer. Dicho en otros términos, tal vez la dificultad de creer de nuestro tiempo se deba a que queremos mantener viva una manera de creer que ya no tiene ni la fuerza para nada –o nada que valga la pena– y que posiblemente tampoco sea digna de nuestro tiempo. Ante generaciones desencantadas, que se desenvuelven entre el cinismo y el derrotismo –aunque haya mucho positivismo u optimismo, muchas veces no es sino una forma de fomentar violencias peores de manera más sutil–, y que tienen que enfrentar la crisis de credibilidad de las instituciones –incluidas la Iglesia católica, la religión, la familia, y todo aquello que hasta hace un tiempo podía fungir como medio para mantener todas las piezas de la sociedad y de la existencia juntas– tal vez la forma de creer no sea ahora sino la del anhelo. Nos gustaría saber. Saber con seguridad que las cosas irán mejor. Que la realidad si cambia. Que la vida vale la pena. Pero lo que sabemos es contrastante. A veces nos puede animar, pero en el saber, por más que avancemos en la técnica y en la ciencia, no parece tener mucho que prometer. Correr detrás de "saberes" que prometen eficacia, bienestar, paz, no es un remedio más sano. En el fondo, ocurre lo que ya dijo Sartre –un ateo– en El ser y la nada: "Creer, es saber que uno cree, y saber que uno cree es ya no creer. Así, creer es ya no creer porque eso no es más que sólo creer." 

Por otra parte, es precisamente el anhelo de justicia lo que parece estar en proceso de extirpación en la humanidad contemporánea. No hablo de indignación, de políticas de derechos humanos, ni de "pago" a las víctimas. Hablo de la capacidad de anhelar justicia. Nuestra intolerancia y eficacia no aceptan la espera, la tensión, la insatisfacción, la finitud. Lo políticamente correcto nos engulle, generando nuevas formas de cinismo y burocracia lingüística. La impaciencia, el derrotismo, la desesperanza apuntan a eliminar todo vestigio ya no de voluntad sino del anhelo mismo de justicia. Pero el anhelo es vigilante, no da por concluido, no sabe del todo. El deseo mueve a actuar pero también ciega. El anhelo es el ojo que, adolorido, reconoce el dolor, no lo ve en todas partes, lo siente. No lo evita, se hace cargo de él. El anhelo está descentrado de sí mismo y reconoce sus límites, pero asimismo constata la irrealidad de la desesperación, pues abre una puerta, una fisura, donde y cuando pareciera ya no haber nada más.
El anhelo implica colocarse en un lugar muy específico, dejarse provocar y afectar en la sensibilidad, en el pensamiento. Se produce como ruptura de un presente, como memoria de un pasado, como provocación de un futuro, pero sobre todo como expresión de una solidaridad que hunde sus raíces en la finitud, en lo limitado de nuestra existencia. El anhelo resiste a caer bajo el encanto de cuanto niega nuestra finitud, y a la vez no cede ante lo que pretende ser absoluto al grado de no dejar más salidas. Tal vez, en el fondo, lo que la intuición cristiana ha entendido como alma sea eso: la irrupción de otro "que rompe nuestro aislamiento respetando nuestra soledad" (Panikkar).

Una fe cristiana en este tiempo tal vez deba tomar la forma más de anhelo de justicia, ser más humilde pero no menos pretensiosa –clamar por justicia tal vez sea mucho pedir, pero tampoco podemos pedir menos–; más concreta pero no menos abierta; más comprometedora pero no menos exigente; más humana pero no menos divina en cuanto nos abre y vincula a otro; más desgastante por cuanto implique de esfuerzo pero no menos arraigada en la solidaridad que fortalece; más "laica" pero no menos "religiosa" en tanto que sigue siendo una apuesta; más fraterna pero no menos filial ya que en cierto modo la justicia requiere reconocer un vínculo cuya fuente no se reduzca a uno mismo; más encarnada pero no menos espiritual, pues la justicia y el anhelo no son final sino comienzo; más atenta a las relaciones pero no menos profunda en tanto que nos revela una profundidad inusitada en y entre nosotros/as –y tal vez más necesaria que nunca–; más incierta pero no menos confiada; más mesurada en lo que afirma pero no menos arriesgada en su apuesta... en fin, más anhelo de justicia pero no menos amor, pues sólo el amor hace posible ese anhelo, lo alimenta y lo hace fecundo... 

No sé si haya fe "cuando regrese el Hijo del hombre", pero si hay anhelo de justicia, es posible que haya esperanza para la fe... y que la fe siga siendo espacio para la esperanza... es posible que haya humanos y que se vivan como hermanos y hermanas.
¿No es acaso la resurrección el anhelo de Dios de que la injusticia no sea la última palabra del (y en el) ser humano?

Sabiendo que el anhelo de justicia no es sólo indignación, ni sólo buen deseo, sino algo que compromete hasta el sentido de la propia existencia, cabe hacer un juego de palabras conforme a lo dicho: "y cuando regrese el Hijo del hombre ¿hallará anhelo de justicia sobre la tierra?, y más aún,  ¿hallará anhelo de justicia en los cristianos? ¿en la Iglesia?"