jueves, 4 de abril de 2013

Estando, no estaba


II Domingo de Pascua
8 de Abril
Jn 20, 19-31

Los evangelios, escritos en circunstancias muy diversas a las de un historiador actual, narran unos relatos –empapados de trascendencia– acerca del encuentro de Jesús y sus discípulos después de la Resurrección. Son narraciones que invitan no sólo al dato histórico, anecdótico, sino que entrañan el cómo se puede aprender a “re-conocer” a Jesús vivo.

El pasaje del Evangelio que corresponde al II Domingo de Pascua, no es la excepción. Y ante esto, conviene plantear: ¿y no sería más verosímil que el evangelista nos hubiera narrado lo que pasó en realidad? ¿Para qué adornar la experiencia con elementos místicos, sobrenaturales, “in-creíbles”? Por ejemplo, el que Jesús se aparezca de la nada…
Un par de aclaraciones que pueden ayudarnos: resucitar no es revivir, no es la reanimación de un cadáver, no es volver a la vida anterior, sujeta a lo finito del ser: hambre, frío, dudas… Por lo tanto, y sería la segunda aclaración, resucitar es dar el paso de lo finito a lo infinito (Pascua que significa “paso”), es el salto hacia la plenitud de la humanidad. Los apóstoles son testigos no del salto en sí –no hay testigos oculares en la Resurrección de Jesús–  sino de las consecuencias del salto. Son testigos de un encuentro con alguien que ha dado el salto definitivo.

Ahora bien, Jesús Resucitado es la plenitud del hombre, donde la muerte –y todas las situaciones de muerte– ya no tiene dominio sobre él. El evangelista, además, habla de apariciones, pero tiene la sutileza de explicar que no se trata de un «fantasma»; una aparición supone ver de repente y luego dejar de ver. En su lenguaje, a su modo, el evangelista nos propone que a Jesús lo vemos de repente, por donde no creíamos que podíamos verlo, en quien no creíamos que podíamos verlo.

Pero aquí reside una paradoja: si la muerte ya no tiene dominio sobre él, ¿por qué entonces presenta como sus credenciales de Resucitado sus heridas? “Les mostró las manos y el costado”. Esta es otra de las sutilezas de los evangelios: A Jesús puede reconocérsele vivo en las manos heridas, en el costado traspasado. A Jesús se le reconoce en el dolor, en la herida, en los estragos de la cruz. Y con ello nos recuerda algo que constantemente se nos olvida: la Cruz es condición para la Resurrección. Una Resurrección sin Cruz, no es la Resurrección de Jesús. La Cruz no sólo habla del dolor sangriento, habla, ante todo, de la solidaridad de Jesús para compartir con el hombre su muerte: compartir no sólo la muerte del bueno, sino la muerte del criminal, del subversivo, del condenado. La plenitud (resurrección) sólo puede darse cuando el hombre puede solidarizarse (cruz) con el dolor del otro, cuando su propio dolor puede convertirse caudal para otros, no en el sentido de andar embarrando dolor por donde pasemos, sino en el sentido de dejar que en esa herida pueda darse un Encuentro. 

En la película "Cómo entrenar a tu dragón" esto queda muy marcado; al final, cuando Hipo pierde su pierna izquierda, se le coloca una prótesis hecha de tal forma que pueda engranar con la prótesis que él mismo hizo para Chimuelo. Antes de que Hipo perdiera su pierna, se dio un proceso de preparación para la solidaridad: cuando le preguntan porqué no mató al dragón, su respuesta habla de ese proceso: «Lo vi igual de asustado que yo». Sin embargo, la solidaridad se consuma hasta que Hipo realmente pierde su pierna (cruz) 
Ahora, sólo desde las heridas compartidas se puede volar... (plenitud-resurrección)

La propuesta de la resurrección no es sólo un premio, es un sentido, es un rumbo. Si hay dolor, ya no es sólo porque así tiene que ser, sino porque tiene un sentido, un fin: la herida, como terreno para el encuentro.

Esto es lo que al parecer Tomás, uno de los doce apóstoles, no puede entender. Tomás no cree que Jesús está vivo, porque no estaba cuando Jesús se apareció. O mejor, no cree porque hay algo en él que le impide estar disponible al Encuentro. El evangelista expresa esto al decir que «no estaba con ellos cuando vino Jesús». O parafraseando las palabras de Jesús, «estando, no estaba»
Que la herida del otro no nos pille estando, pero no estando.


martes, 26 de febrero de 2013

Hacer que algo pueda suceder



III Domingo de Cuaresma
3 de Marzo
Lc 13, 6-9


Nuestra existencia se hace humana en la medida en que podemos establecer relaciones con otros; relaciones de calidad, relaciones significativas. Relaciones que quizá no se planeen, sino que simplemente se dan, simplemente "suceden".

Ciertamente, podríamos pasar de largo, sin caer en la cuenta, cuando alguien entra en nuestra vida. Y, al no caer en la cuenta de la importancia de ese alguien –por desconocido o extraño que pudiese resultar al principio– impedimos que algo pueda "suceder". 
¿Y ese alguien fuese un extraño viñador? O mejor, ¿un extraño viñador con apariencia de un "Don Nadie"?

La propuesta de Jesús, es una invitación a poner las condiciones necesarias para que algo pueda suceder:  mantener la mirada atenta al que, de alguna manera, nos pide existir, nos pide un lugar, puesto que ha sido exlcuído. Aflojar el blindaje que inconscientemente hemos desarrollado para no sentir más el dolor del otro bastante tendríamos con nuestros propios asuntos–, mirar a la higuera estéril con la misma mirada con la que  un extraño viñador la ha mirado (hablamos de un "extraño", porque su propuesta es "extraña", ajena a lo que podríamos estar acostumbrados): desde las entrañas conmovidas al verla como muerta en vida, sin poder ser ella misma una higuera si no es higuera (si no da higos) ¿qué es?

“Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala. ¿Para qué ocupa tierra inútilmente?’ El viñador le contestó: ‘Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré’” (Lc 13, 6-9)

 ¿Qué es exactamente lo que pudiera "suceder"? ¿Sólo una relación más?

La cultura del consumo, nos acostumbró a desplazar proyectos: «Amar a las personas y usar a las cosas» es constantemente desplazado por el «Amar a las cosas y usar a las personas». Para algunos, revertir este desplazamiento es una lucha constante y contracultural. Para otros, el asunto no termina ahí, sino que  además, fruto de este desplazamiento, nos acostumbramos a valorar nuestras relaciones por la utilidad que ellas nos representan. Una relación es de calidad cuando esto implica una utilidad para mí. Una relación no es significativa cuando ella no me representa ninguna ganancia. Y, al no representar una utilidad, la cultura del consumo nos invita al desecho, a reemplazarla por una nueva. En palabras del Evangelio, a “cortarla, para que no ocupe la tierra inútilmente”.

Sin embargo, alguien –ese misterioso viñador– ha propuesto una solución que rompe esquemas, paradigmas: Cortarla no es la primera opción porque ¡otra relación es posible! Cuando la dinámica consumista nos invita a una lógica consumista, este viñador propone una nueva lógica: la de poner lo que esté a nuestro alcance para dejar que algo, simplemente, suceda.

La propuesta de Jesús no funciona de una manera mágica; el viñador no habla de resolver las cosas de una manera instantánea, sino de un trabajo concreto: aflojar la tierra y echarle abono. No se trata pues, de aferrarse a una relación destructiva esperando que Dios la resuelva, sino precisamente, a devolverle su calidad –si alguna vez la tuvo– o a dársela por primera vez, poniendo las condiciones necesarias para que algo pueda suceder. El viñador parece haberse tomado en serio el dedicarle tiempo y esfuerzo a la higuera, pero si la higuera no responde, entonces será necesario cerrar un círculo, no como quien desecha desde el consumismo, sino como quien hizo todo lo posible, como quien asumió el riesgo de dejar de vivir relaciones muertas en vida, como esa higuera estéril.

Por eso, el relato del evangelio no nos explica si la higuera dio frutos después de aflojar la tierra y echarle abono. Ni siquiera nos dice si el dueño de la viña accedió a la petición del viñador. Quizá eso es lo más grandioso del relato: es a nosotros a quienes nos toca concluirlo darlo por terminado sin que nada más suceda o continuarlo,  aceptar una propuesta, dejar que suceda algo.  




domingo, 17 de febrero de 2013

El desierto



El desierto en la tradición bíblica, es un lugar de encuentro. Sabemos que todas las religiones sugieren estos lugares de encuentro. Jesús va al desierto a encontrar. ¿A Dios? ¿A sí mismo? ¿A ambos? ¿Al diablo? ¿A los tres? Como se dice, a Dios se le encuentra en lo humano (J. M. Castillo) Jesús, pues, en el desierto se encuentra con su humanidad. Inclusive, con lo más débil de su condición humana.  Cuando menos, eso podría ser el punto de partida para reflexionar sobre el evangelio de hoy: Jesús, conducido por el Espíritu, va al desierto donde fue tentado por el diablo (Lc 4, 1-13). Tres personajes fundamentales en el desierto: El Espíritu liberador, la persona y el espíritu que oprime.

No habría mayor problema hasta que surge la pregunta "incómoda": Si Jesús es Dios ¿cómo pudo ser tentado por el diablo? Pues bien, hacia dentro del cristianismo, y fuera de los ambientes del estudio "teológico", es bien común seguir viendo a Jesús como Dios disfrazado de hombre: que la suya no es una humanidad real, sino un disfraz que puede quitarse y ponerse según le convenga. No son pocos los cristianos que, al referirse a Cristo, hablen de él –a veces inconscientemente– como un superhéroe con unos poderes mágicos –y por lo tanto ajenos a un ciudadano común y corriente– de manera que su poder más que liberar y dignificar a la persona, es una forma de dominio que condiciona la existencia. Y por lógica consecuencia, la idea de un Jesús humano, por ser lo opuesto al poder, da miedo. Así, queda reducido el acercamiento insólito de Dios al hombre; Dios, en Jesús, se hizo uno de los nuestros, pero con los derechos inherentes de su condición divina (contradiciendo así el hermoso himno cristológico de Flp 2): « De esta manera llegan a pensar [quienes piensan en Jesús como Dios disfrazado de hombre], sin darse cuenta, que el dolor físico que sintió Jesús era, si, como el nuestro, pero lo que habría pasado por la psicología de Jesús no era como lo que pasa por la nuestra (a saber: lucha, oscuridad, tentación, duda, ignorancia del camino…)» (J.I. González Faus) Por eso, Jesús va al desierto a encontrar algo, a descubrir –desde esa ignorancia que decidió asumir al echarse el paquete de ser hombre con todas sus consecuencias– a Alguien y a alguien… Si por ser Dios, ya supiera todo ¿Entonces a qué fue al desierto? ¿A encontrar lo que ya sabía?

Pues bien, es éste Jesús el que llega al desierto, y es éste Jesús el que es tentado: Dios, que en Jesús de Nazaret se hizo hombre, con todas sus consecuencias. Y, si es propio del hombre el ser tentado, será propio también del Dios humanizado.  Por eso, Jesús en el desierto se encuentra con su propia humanidad, desde la cual se puede descubrir o una invitación a la experiencia del Dios liberador… o a lo opuesto, disfrazado de algo bueno. De hecho, como podemos leer en el Evangelio, el diablo recurre a la Biblia para la tercera tentación: “Si eres el Hijo de Dios, arrójate desde aquí, porque está escrito: Los ángeles del Señor tienen órdenes de cuidarte y de sostenerte en sus manos, para que tus pies no tropiecen con las piedras” (Lc 4, 10) Es decir, una tentación que no parezca válida y legítima –inclusive fundamentada en la Biblia–, ¿cómo podría ser tentación?  

La primera y la última tentación –aunque tendrán dinámicas independientes entre sí–que se narran en Lucas, tienen un común denominador: ambas están precedidas por la expresión: «Si eres el Hijo de Dios…es decir, si en verdad eres el Hijo de Dios, entonces puedes…» Es la experiencia de la identidad la que está en juego; es la identidad la que necesitaría ser clarificada y comprobada. La duda sobre la identidad es lo que puede hacer tambalear la seguridad, quebrantar y derrumbar a la persona.

En el relato, en ambas ocasiones Jesús contraataca a la tentación desde la Palabra de Dios. Pero al hacerlo, ¿la utiliza sólo como un escudo para protegerse de un ataque? ¿Es la Palabra de Dios sólo un refugio desde el cual hemos de contestar a todo ataque contra nuestra fe? ¿No será más bien fuente de encuentro con la propia verdad y no será la progresiva asimilación de ésta la que equilibre la constante duda sobre la identidad?

Las respuestas de Jesús ante las tentaciones, más que ser un argumento que repite como mecánicamente y de memoria, o como dogmas aprendidos en el catecismo, son como un espejo en el cual se refleja la identidad de la persona, a la luz de un proyecto liberador: No sólo de pan vive el hombre: un producto no puede configurar nuestra identidad –recuérdese campañas de mercadotecnia, como aquella de “Yo soy Telcel” (México 2007) o “Soy totalmente Palacio” (México 1996) que pudieran pretender introducir el consumismo en lo más profundo de la esencia de la persona humana–.

Significativa es también la segunda tentación: se le ofrece a Jesús la posibilidad de ejercer poder sobre los reinos de la tierra (Lc 4, 6). Es muy justificable –repetimos, si no pareciese alguno bueno o válido, no sería tentación– el pretender usar el poder para imponer a Dios. De esta manera, al obligar al hombre, le haríamos un gran favor y le ahorraríamos muchas penas y una vida de pecado. Jesús en el desierto, en el encuentro de la propia verdad sólo puede adorar –o quizá nos ayude más, Jesús sólo puede estar disponible– al Dios gratuito, al que invita, no al que impone. Al Dios que invita a mirar el mundo desde una mirada de amor y de reconciliación, especialmente para los excluidos.

Pudiésemos además finalmente, encontrar un hilo conductor en las tres tentaciones: lo que está en juego es el cómo Jesús entiende su misión – ¿desde dónde? Es decir, desde su identidad en la 1era y 3era tentación y el modo de llevar a cabo su misión en la 2da tentación–. ¿Qué situación de la vida detona la pregunta por la identidad? ¿Qué situación, evento, circunstancia me enfrenta con el cómo he de hacer lo que he de hacer? Para Jesús, fue en el desierto, conducido por el Espíritu (Lc 4,1) la experiencia de encuentro con su misión, y el cómo desde su más humana humanidad, invita al hombre a descubrir la verdad sobre sí mismo. El desierto, lo alejado, lo que implica un espacio fuera de lo cotidiano, es una experiencia que desborda. Desde los bordes. 





domingo, 10 de febrero de 2013

Dejarse rescatar, para rescatar a otros

V Domingo Ordinario 
10 de febrero

Lc 5, 1-11

En la película del Conde de Montecristo (2002) hay una escena en la cual, Jacopo, el fiel servidor de Edmond Dantés, le hace una confesión: "Cuando me perdonaste la vida, juré defenderte siempre, aún y cuando fuera defenderte de ti mismo". De hecho, para Jacopo, Dantés ha quedado como esclavizado en un deseo de venganza que lo está deshumanizando. Y, la fidelidad hacia Dantés le da el valor de, a riesgo de no ser apreciado, defenderlo de esa deshumanización. Creo que esta escena capta algo de la lógica de la propuesta de Jesús a Simón, en el evangelio de hoy. 

En su empeño por explicar cómo la propuesta de Jesús al hombre es siempre una experiencia que desborda -que lo lleva a los bordes y más allá- Lucas narra un relato cautivante: unos pescadores del lago de Genesaret, cansados de haber intentando pescar toda la noche sin lograr nada, se descubren a si mismos desbordados ante la pesca que, con Jesús en la barca, han realizado. 

Si el domingo antepasado, el mismo evangelista sintetizaba el "programa de vida de Jesús": El Espíritu del Señor está sobre mí, [...] y me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor (Lc 4, 18-19) y el domingo pasado nos advertía de las consecuencias -el rechazo de parte de sus paisanos- de llevar a cabo ese programa de vida, hoy el evangelio nos presenta a Jesús invitando a otros a vivir ese programa de vida.

Esta invitación ha logrado que aquellos pescadores lo dejen todo para seguirle. Jesús invita a un proyecto, pero no les promete a estos pescadores ni Seguro Social, ni Infonavit, ni prestaciones, ni vacaciones pagadas... Sólo el hecho de ser "pescadores de hombres". Jesús no nos propone sólo un trabajo, ocupación o pasatiempo.  Invita a vivir de una manera nueva: no atrapado en lo importante, sino seducido por lo esencial. No desde lo que deshumaniza, sino desde lo que humaniza. 

Pero, vayamos a la orilla -o al borde- del lago de Genesaret primero y sugiero que nos acerquemos no con la pregunta de si ¿esto que narra el evangelista así sucedió? sino mejor con aquella de ¿para qué lo escribió? La posible respuesta para la primera pregunta, me parece, no nos permitiría saborear la posible respuesta de la segunda pregunta.  

Lucas describe todo un proceso por el cual han pasado estos pescadores, encabezados por Simón. Pero no solamente ellos...  Jesús, que pide llevar la barca mar adentro para pescar, ha sucitado una reacción en Simón: Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada... (Lc 5,5) 

Si se me permite un poco de subjetividad, la respuesta de Simón pareciera como matizada, como que encierra no sólo una observación, sino una confesión profunda: 

Con todo respeto Maestro, pero tú eres artesano, y no creemos que sepas tanto de la pesca como nosotros... 
Somos pescadores, nos dedicamos a ello, vivimos de ello.
No empezamos a pescar ayer, lo hemos venido haciendo desde hace mucho tiempo. 
Nosotros sabemos cuál hora es la indicada para pescar... 
Además lo hemos intentando toda la noche y esta noche no hemos logrado nada. 
Bueno, pero sé que no te refieres al hecho de pescar en sí. He visto que la gente, cansada de palabras vacías, se agolpa en torno tuyo para escuchar de ti palabras vivas que tocan lo profundo, Sé que tu invitación a llevar la barca mar adentro sugiere más de lo que dice. 
Pero, ¿a qué te refieres con ello? 
Porque, hemos buscado la felicidad por todos lados y no la hemos encontrado.
El mundo y la sociedad de consumo nos ofertan propuestas fascinantes, que parecen dar la felicidad verdadera. 
Pero al final, luego de haber trabajado toda la noche, queda el hastío y la sensación de que algo falta. Vivimos deshumanizados. 
Y precisamente por esto, porque algo falta, y veo que tu invitación a llevar la barca no es una publicidad más, sino un viaje que hemos de recorrer juntos, 'me la juego', apuesto y "confiando en tu palabra, echaré las redes" (Lc 5, 6)

La metáfora  de la pesca, no se refiere solamente a una actividad de reclutamiento de personal para una empresa. Es además ir, como decíamos de lo esencial a lo importante. Es compartir un estilo de vida, una manera de ver el mundo y al hombre con los ojos de Jesús y a la vez, una invitación para que Jesús siga mirando el mundo por nuestros ojos (Félix de Jesús Rougier)  Lo esencial, desde la mirada de Jesús, será rescatar al hombre de ese oceáno de incertidumbres, de felicidad inconsistente. Y es entonces cuando Lucas presenta a los pescadores, quienes confiando en la invitación de Jesús, se han visto sorprendidos por un atisbo de felicidad consistente: al parecer la pesca fue tanta -no sería en cantidad nada más, sino en hondura, en calidad- que sorprendidos, han tenido que hacer señas a sus compañeros para que los ayuden. 

La invitación a rescatar, a sacar la mejor versión posible del ser humano (J.I. González Faus) no puede ser sólo una actividad externa, ajena al rescatador, sino que, dejándose rescatar primero -o dejándo que la propuesta humanizadora de Jesús logre sacar nuestra "mejor versión posible" de nosotros mismos-, pueda hacerlo también por los demás. Por esto, el primer rescate que Simón ha de hacer, será el de sí mismo o dejarse rescatar -como Jacopo le recordaba a Dantés-: Al ver esto [la pesca que desbordó] Simón Pedro cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: "Apártete de mí, porque soy un pecador" (Lc 5, 8) ¿Qué mejor manera de empezar a dejarse rescatar, sino cayendo de rodillas, siendo conscientes de nuestra propia nada, de nuestras limitaciones? ¿De qué otra manera puede la propuesta de Jesús sacar nuestra "mejor versión posible" sino desde el caer en la cuenta de que actualmente, no soy mi mejor versión? La más humana posible.

En realidad, la pesca milagrosa no consiste en pescar mucho, sino en dejarse rescatar de lo que nos deshumaniza, para luego aceptar rescatar a otros. 


domingo, 3 de febrero de 2013

Cuando la verdad se abre paso y se aleja...

IV Domingo Ordinario
Lc 4, 21-30

La narración de Lucas del evangelio de hoy, que toma como punto de partida el relato del pasado domingo, ha logrado tomar una fotografía a esa extraña contradicción que somos los seres humanos; como si se tratara de un péndulo, la vida de Jesús toca en el hombre el extremo de la admiración y en ese movimiento pendular también logra tocar el otro extremo: el rechazo. Por eso Lucas, narra que tras las palabras de Jesús en la sinagoga  «todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios» (Lc 4, 22) y termina diciendo que: «al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio de la montaña [...] para despeñarlo» (Lc 4, 28-29). Como se ve, hay una distancia de 6  versículos entre la "admiración" (versículo 22) y la "ira" (versículo 28). ¿Qué ha podido suceder en esos 6 versículos, para que el hombre se haya pasado -tan rápido y diligente- de la admiración a la ira? No serán tanto las palabras de Jesús en sí mismas -en realidad Jesús no ha dicho nada en esos 6 versículos que los profetas hayan dicho o hecho ya, por eso hablará de Elías y de Eliseo- sino  desde dónde se escucha a Jesús. 

Al parecer esa admiración en Jesús de parte de sus paisanos, esta fundada sobre un  "circo-espectáculo"; se admiran de los prodigios que ha realizado en Cafarnaúm (Lc 4, 23) y quisieran, desde luego, ver que Jesús realice alguno en medio de ellos. Es muy cómodo ser parte de una religión que resuelve nuestros asuntos de una manera mágica e instantánea. Si hay culpabilidad, por ejemplo, el sacramento de la Penitencia resuelve el problema de una manera sencilla: basta con que el sacerdote pronuncie la fórmula mágica de la absolución  y ¡listo! Naturalmente, la dinámica sacramental es mucho más profunda que esto. Pero de alguna manera u otra, allá en el fondo el hombre de religión suele -en ocasiones- reducirla. Y si es que la vida de Jesús supone un no resolver el mundo de una manera mágica, sino más bien desde un compromiso histórico del hombre especialmente por las viudas de Sarepta y los Naamanes de Siria -es decir, los excluídos no sólo del sistema, sino de la religión-, entonces esto supone un conflicto, una desinstalación, un aprender a mirar el mundo de otra manera, una experiencia creyente más radical. 

Por eso la reacción ha sido la "ira". Un Dios que desinstala es peligroso. Un enviado de Dios que no se dedica a "alabar" nuestra manera de vivir la religión cuando ésta es vivida sin tomar en cuenta los verdaderos intereses de Dios, no puede ser un profeta en su propia tierra. Lucas además menciona que no sólo se llenaron de ira, sino que lo llevaron a lo alto de una montaña para despeñarlo. Curiosa manera de actuar. No lo apedrean, sino que lo van empujando hasta lograr que él mismo sea el que se aviente. No pueden, en rigor hacer más, como apedrearlo por ejemplo,  puesto que es sábado y Jesús, consciente de que estos hombres están como esclavos de una religión y de los preceptos del sábado, pasa por enmedio de ellos y se aleja (Lc 4, 30) 

¿Y nosotros, de qué manera nos empujamos unos a otros hasta lograr que "sean ellos y no nosotros" los responsables de excluir? 

Mientras se opte por esa mentira que puede ser una religión de magia, la verdad incómoda no tiene lugar. Por eso, la verdad «se abre paso» entre la mentira y se aleja -como Jesús lo hace-, no para dejarnos en la mentira, sino precisamente para captar que hemos de seguirla, de buscarla constantemente. Jesús y su anhelo-realización del Reino de Dios, se abre paso y se aleja no para dejarnos, sino para que aprendamos a seguirlo, a caminar tras de sus «huellas»

Jesús es llevado "a los bordes" de la religión judía para deshacerse de él. Nuestro sistema también lleva "a los bordes" a esa gente incómoda que pueden llegar a ser los profetas. Y es "desde los bordes" desde donde Jesús actúa y hace presente a ese Padre que ama desmesuradamente, incomprensiblemente, a ese hombre que lleva ya buen rato viviendo en la periferia del sistema -y de la religión-. 

¡Vayamos a «los bordes», siguiendo las huellas de Jesús!





lunes, 28 de enero de 2013

Cristianismo desde los Bordes...

Lc 1,1-4; 4,14-21

¿Tiene todavía sentido ser cristiano? Debajo de la gran cantidad en materiales, conceptos, oraciones, prácticas, ¿hay algo que tenga sentido hoy? es decir, algo que pueda ser capaz de decir algo no sólo a los cristianos sino también a quienes no comparten ni sus creencias ni tradiciones. El reto es triple.

1) Porque exige que tenga o dé sentido, incluso jugando con la expresión en inglés "que haga sentido", para el creyente, que no sólo le diga algo a él, sino que lo haga también capaz de decir algo. ¿Qué es un ser humano si no es capaz de hablar por sí mismo, ponerse en juego a sí mismo en esa búsqueda de un significado a sí y a lo que vive? tal vez un autómata pre-programado...

2) Exige que tenga sentido también para otros, tal vez no el mismo, pero que sea capaz de transmitir algo y algo que alcance al menos a sugerir de qué se trata el cristianismo. De lo contrario, éste se convierte en una especie de grupo segregado e incapaz de comunicarse con el resto de la sociedad. ¿Hacia dónde conduce un estilo de vida o un grupo que se encierra en sí mismo y se desentiende o se impone al resto de la sociedad? (se puede ver la película de "La Aldea" que ofrece una metáfora muy interesante al respecto)

3) Implica preguntarse sobre qué significa ser cristiano, qué condiciones lo hacen lo suficientemente comprensible para que haya quien lo viva, y lo suficientemente incomprensible para que provoque las preguntas radicales. ¿Qué es lo que "trae al mundo" al cristianismo, desde donde se vuelve comprensible como cristianismo?

La propuesta que Lucas presenta, es un intento de responder a esas preguntas. El texto lo hace muy explícito, Lucas trata de mostrar una historia con sentido y significado, es decir, creadora de sentido y con la solidez de un significado a descubrir y realizar. En la cotidianidad podemos decir que algo "tiene sentido", en cuanto reconocemos que se puede relacionar, conectar, con otras cosas o incluso con nosotros mismos. En cuanto al significado, la experiencia más común es la de preguntar "qué quiere decir", como quien es consciente de estar ante algo secreto, o que no es de fácil acceso, y a su vez, la expresión "significa mucho para mí" nos ayuda a comprender que lo que confiere peso, valor, a algo o a alguien es su significado.

A partir de lo anterior, las preguntas pueden reformularse así: ¿con qué y con quiénes se ha de conectar el cristiano? ¿qué es lo que relaciona o conecta el cristiano? ¿y qué es lo que trata de hacer cuando conecta o relaciona?
La respuesta de Jesús, según lo narra Lucas, es desafiante y escandalosa: no cualquier sentido es suficiente para un cristiano. "Ser feliz" o "superarse" son insuficientes, necesarios pero insuficientes. Asimismo, no cualquier significado corresponde a lo que en Jesús se "revela".
¿Quieres ser feliz, realizar tus sueños, encontrar satisfacción en la vida y en lo que haces, que tu vida fluya? ¡excelente! también los dioses del mercado (el dios dinero o capital) lo quiere, y lo ofrece constantemente y más que cualquier otro. Entra en esta historia y no faltarán productos, imágenes, deseos para que sigas viviendo… como tampoco faltarán los que quedan al margen, desconectados, insignificantes porque no llenan los requisitos para entrar en esa historia, porque las vidas de éstos no valen mucho, después de todo, "no dicen nada a nadie"…

En concreto, la radical propuesta de Jesús parte desde dentro del espacio religioso (en la sinagoga) para hacer una declaración que podría calificarse de atea. Habla de Dios en términos no religiosos. No alude ni al culto, ni al Templo, ni a los sacrificios ni a los rezos. Ninguna referencia de destrucción aparece, sino el establecimiento de un sentido: desde los bordes de la historia, los márgenes. Habla de liberar oprimidos, anunciar una buena noticia -y no sólo la felicidad, producto manufacturado y que se puede encontrar embotellado- a los pobres, vista a los ciegos. Lo que está en juego es el significado mismo de Dios… y del ser humano. Cuando la religión se encierra y centra en sí misma, lentamente incurre en la adoración del capital, cuyo valor depende de un acto de poder, de fetichismo.

Jesús "dice a Dios" en términos no religiosos, muestra el "significado de Dios" como el acontecimiento de dar significado (peso, reconocimiento) a los excluidos, e incluso apunta a conectar con ellos. En este sentido es ateo. Dios no aparece en ningún momento, pero nos hace comprensible su gesto cuando menciona al Espíritu: Aquél que conoce "el significado de Dios" (1 Co 2,11), lo más profundo e íntimo de él, conduce a conectar/relacionarse con los que carecen de peso, valor, con los insignificantes. Asimismo, el Espíritu empuja a entrar en una historia alternativa, no fuera de la realidad, sino poniendo en acto un modo de conectarse distinto, incluso en otra dirección, no sólo de la mera búsqueda de felicidad y progreso, sino también en esa otra búsqueda difícil pero indispensable de construir una comunidad política (sociedad), una vida junto con otros. En esta perspectiva, el cristianismo se muestra como algo más que una experiencia interior o de moralidad individual… es una apuesta radical por la humanidad desde la relación con otro.

Decir a Dios cristianamente, implica un lenguaje ateo, secular, laico, en el que la humanidad se toma en serio, se reconoce responsable de sí misma, y sin embargo, el origen, la fuerza para esto, proviene de vivirse desde los bordes… desde los bordes de la creencia, con riesgo de volverse "increyente"; desde los bordes de la historia, con riesgo de quedar "fuera"; desde los bordes de la Iglesia y desde los bordes de la humanidad misma, con riesgo de no volver a ser nunca las mismas…

Decir cristianamente a Dios implica hacerlo desde los bordes… desde el ponerse en juego tomando en serio nuestra humanidad...

domingo, 27 de enero de 2013

¿Otra lectura es posible?


III Domingo Ordinario
Lc 1, 1-4; 4, 14-21


La lectura de nuestra propia historia

Muchas veces frente alguna situación que vivimos y que no terminamos de entender, la pregunta inevitable es: ¿Por qué me está sucediendo esto a mí? ¿Para qué me está sucediendo esto a mí? Y, se nos dice como premio de consolación, que cuando maduremos lo entenderemos: «Hay preguntas frente las cuales no estamos listos para soportar las respuestas. (R.M. Rilke). Es verdad que con la distancia vamos obteniendo claridad y poco a poco vamos descubriendo el sentido de lo vivido. Y también es verdad que algo que vivimos en el pasado, que creemos entender en el presente, se puede comprender con mayor profundidad en el futuro. La vida, no es sólo un montón de episodios, sino una historia que puede ser interpretada, y que va adquiriendo sentido en la medida en que puede ser leída… desde lo que supone la experiencia del Otro y de otros.

El evangelio de hoy inicia así: “Muchos han tratado de escribir la historia de las cosas que pasaron entre nosotros” (Lc 1, 1) Así arranca el evangelista Lucas «la historia que está a punto de narrar». De entrada, parece que Lucas tiene la intención bien clara de narrar con claridad, quiere «presentar en orden» (Lc 1, 3) ». ¿Qué podría significar esto hoy, para nosotros?

Lucas parece haberse dado a la tarea de tomarse en serio aquello de «interpretar la historia», darle un orden a lo que ha suscitado esa Buena Noticia de Jesús de Nazaret. No sólo como unos episodios empalmados, narrados arbitrariamente, sino para que su destinatario Teófilo –un nombre en el que podemos reconocernos sin importar el credo religioso– descubra «la verdad» (Lc 1, 4) Una tarea difícil –descubrir la verdad– frente a la cual, el evangelista Lucas empieza primero por «poner orden». Esto de ordenar la historia, podría ser el hecho de aprender a conectar episodios de nuestra vida, captar la lógica con la cual hemos venido comprendiendo nuestro pasado.

¿Cómo leemos nuestra propia historia? Porque desde esa lectura construimos lazos con el Otro y con otros. ¿Con qué mirada nos acercamos a aquellos acontecimientos y circunstancias que han marcado nuestra vida? ¿Con resentimiento? ¿Con esperanza que se desvanece? Y, la pregunta necesaria: si no estamos conformes con la lectura de nuestra historia, ¿podría haber una manera distinta de hacerlo?

El evangelio de hoy no se contenta con invitarnos a «poner orden» a nuestra historia. Nos ofrece también una clave de lectura que le de sentido a lo que hemos vivido, a lo que vivimos y a lo que estamos por vivir: leer nuestra historia desde el Dios que, en Jesús, asume la causa de los «olvidados de la historia». Así, en el texto del evangelio de hoy, Jesús le da un giro maravillosamente sorprendente a la lectura de la historia que se había olvidado de incluir a los «pobres, a los cautivos, a los ciegos, a los oprimidos» (Lc  4, 18)

Una lectura desde la religión

Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor". Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír». Lc 4, 16-21

Lucas nos presenta a Jesús en un ambiente propio de un judío piadoso: en la reunión del sábado en la sinagoga, «según era su costumbre» (Lc 4, 16). Hoy diríamos un llamado «católico practicante» -término que, por cierto, hemos de aclarar: ¿practicante de ritos o de actuar como Jesús actuaría hoy?- Es pues, desde la sinagoga, es decir, desde la religión, desde donde Jesús confronta nuestra manera de leer nuestra historia: ¿es nuestra religión una lectura viva de la historia de inclusión de los marginados?  La sinagoga ha servido de plataforma para que Jesús anuncie su programa de vida -¿su lectura de la historia?-.La sinagoga le ha dado los elementos necesarios a Jesús para que ese programa incluya a los excluidos. ¿Es nuestra religión plataforma para continuar el proyecto de Jesús? ¿Nuestra religión, nos provee de los elementos necesarios para incluir a los excluidos? ¿O será que la religión si es una plataforma y nos da los elementos necesarios, pero nosotros simplemente no sabemos o no queremos descubrirlo?

Es muy significativo el que Lucas haya narrado esto precisamente desde la sinagoga. Porque quizá, para mucha gente, la religión aparece como desconectada del mundo, encerrada en sus propios asuntos. Una vez, escuchando predicar a un sacerdote sobre temas muy espirituales, y tras no poder encontrar la conexión entre su homilía y la vida cotidiana, no pude evitar pensar: ¿cómo le hará para pagar la renta? Por eso, es también muy significativo el hecho de que «Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó» (Lc 4, 20) ¿Quiénes serian hoy los ayudantes de la sinagoga a quienes Jesús devuelve el libro del profeta Isaías? Y más significativo como termina Lucas la narración: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír». (Lc 4, 21) Es decir, les –nos- devuelve la religión re-interpretada (re-significada): ¿Es acaso que, «poner orden» a nuestra historia es, desde la religión, la nueva manera de leer nuestra vida? ¿Es acaso que, desde Jesús, podemos encontrar un sentido ese empalme de episodios sin trama? Y si es así ¿otra lectura es posible?