viernes, 7 de junio de 2013

ABC: "No llores"


X Domingo Ordinario
Lc 7, 11-17

Hace unos pocos días, hacíamos «memoria» de lo ocurrido hace cuatro años en la guardería ABC en Hermosillo, Son. En medio de las cenizas de aquel incendio que cobró la vida de cuarenta y nueve seres humanos, cada año no hace más que removerlas para avivar el clamor que aun espera “justicia”. Y esperamos no sólo la justicia humana, esa que creemos ir haciendo al margen del otro y que es hecha más bien a “nuestra imagen y semejanza”, según nuestros propios intereses, sino la justicia que brota de la compasión.

A primera vista, el “No llores” (Lc 7,13), parece descontextualizado. Suena más bien como un Dios que en realidad no siente nada ante el dolor, como cuando en una funeraria, al dar el pésame, dijéramos: “No llores, ya está con Diosito”, porque ¿de alguna manera creemos que, ese estar con Diosito anula el dolor, el desgarro, el corazón abierto y herido de muerte? El “No llores” de Jesús viene precedido por un dejarse conmover: “Al verla, el Señor se conmovió y le dijo: «No llores»” (Lc 7,13) Solo desde la compasión se entiende el “No llores”, de otra manera, sería hueco y hasta insultante. El “No llores” de Jesús está como jaloneado de sus dos extremos por la compasión: en el inicio por la iniciativa compasiva de Dios que se acerca y en el fin por la reacción del hombre que acoge la compasión inicial y no hace otra cosa más que dejarla que suceda: que siga sucediendo lo que inicio Jesús.

Lucas hoy presenta, como en sintonía con nuestro clamor “ABC: no se olvida”, un cortejo fúnebre en una aldea perdida, Naím, como queriendo dar cuenta del dolor que acontece en las periferias, en las aldeas perdidas, en el anonimato. La viuda de Naím no es la única que ha existido. Sólo la fuerza subversiva del Evangelio saca del anonimato el dolor que no tenía eco, que no pro-vocaba nada. Solo ese Reino de Dios que Jesús mete a la historia puede hacer brotar, como ríos de agua viva, la justicia que nace de la compasión. 

Lucas da cuenta de una esperanza a punto de romperse, -si no rota ya- de quien lo ha perdido todo: una viuda a la cual se le ha arrebatado su único hijo. En rigor, la viuda no “pide explícitamente” que Jesús resucite a su hijo. Es Jesús el que ha “reaccionado” movido por algo que a veces esta muy ajeno a nuestra “justicia”: la compasión. Y es que, si Jesús invirtió tanto tiempo (90% de su tiempo, es decir 30 de los 33 años que se dice en los evangelios vivió Jesús en la tierra) en “aprender a hacerse hombre”, la reacción no pudo haber sido otra: conmoverse ante el dolor de la viuda. Hacerlo suyo, hacerlo propio, dejar que tuviera eco. 

Sólo desde la compasión real e historizada, se puede dar la orden de: “Joven, yo te lo mando, levántate”. No como una manifestación de poder, sino como fuerza que hace resurgir la esperanza rota, la alegría fracturada, la fe remendada. En todo caso,  hablaríamos mejor de “autoridad” en lugar de hablar de “poder”: la autoridad que nace de la compasión y que tiene por destinatarios primeros, aquellos que claman justicia. 

ABC no sólo evoca la tragedia del incendio, sino la tragedia de pasar inadvertidos ante el dolor anónimo de las periferias. Y el Jesús de Lucas “abre un camino nuevo”: el incendio no lo pudimos apagar, la justicia humana aun no la hemos podido realizar. Los cuarenta y nueve niños siguen vivos en nuestro mundo en tanto que podamos hacernos parte del relato de hoy, en tanto que podamos recorrer las aldeas perdidas, y reaccionar movidos por la compasión. El “nuevo camino” no será el de la indiferencia –ni mucho menos la que está “justificada” por Dios, como decir: no he tenido tiempo de ir a las aldeas periféricas o a los bordes, porque estoy muy ocupado (a) en la liturgia, en encontrar y señalar las aberraciones litúrgicas que se comenten y en “defender los intereses de Dios” –, sino el de la compasión que no puede desentenderse de la viuda de Naím ni de ninguna otra. La compasión que no se queda en la idea, sino que se hace historia concreta, gesto real, brazos abiertos, llanto compartido, pan partido, Dios-con-nosotros (ni siquiera “sobre-nosotros” ni mucho menos “contra-nosotros”): «Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo» (Lc 7, 16)

ABC: “No llores” no es consuelo barato, es optar por el Reino de Dios, pudiendo no hacerlo. No es acallar el llanto – ¡paradójicamente! – sino llorarlo también, como Jesús, movidos a compasión. Pudiéramos seguir organizando marchas (siempre necesarias para que el clamor pueda pro-vocar y evocar) pero, según hemos visto, han resultado no muy útiles para la procuración de justicia. O pudiéramos, darle voz a los que no tienen voz: «El muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre» (Lc 7, 15) Darle voz para que los cuarenta y nueve niños de ABC puedan “hablar” y entregarlos a sus madres, sería reaccionar movidos por la compasión, ante el dolor que no tiene eco en la procuración de justicia humana, pero que en la acústica del Reino de Dios, evoca y provoca. 

sábado, 18 de mayo de 2013

Pentecostés desde los bordes...


Domingo de Pentecostés
19 de Mayo

Jn 20, 19-23

«Estando cerradas las puertas de la casa... por miedo»

El Evangelio no es libro de superación personal, sino de trascendencia comunitaria. Es Palabra que interpela, Palabra que invita a algo. Palabra que asume nuestra debilidad. Y precisamente por ello, se dice que el hombre puede vivir con las puertas cerradas a algo nuevo. Y junto con esto, expresa el porqué: «por miedo». 

El miedo es una puerta cerrada. Y para captar la hondura de esto, habremos de reformular la pregunta “¿De qué tenían miedo los apóstoles?” y hacerla desde "¿De qué tenemos miedo los apóstoles?” El texto de hoy nos  da a pensar que el miedo que tenían era a correr la misma suerte de Jesús: ser «echados de este mundo». Porque, a fin de cuentas, ¿qué es la cruz sino el «echar a fuera a Jesús»? Si de Jesús profetizaba Isaías como el Emmanuel o el  "Dios-con-nosotros" o el "Dios-de-nuestra-parte", la cruz es el: "Largo de aquí, tú y tu Abbá, y tu Reino, y tu sueño de una humanidad nueva".

La cruz es decir: “son el consumismo y el capitalismo los que han de orientar nuestra existencia, no tu “misericordia” ni tu “justicia”. Nuestros anhelos y afanes de despertarnos todas las mañanas han de ser « ¿cuánto dinero haré hoy?» y no « ¿cómo hacerle un lugar a la “justicia” hoy?» La frustración al final del día será: « ¿Cuánto dinero dejé de hacer hoy? ¿Cuántas ofertas en la tienda desaproveché hoy?» y no « ¿cómo puedo ser más disponible mañana para acoger el Reino de Dios, de justicia, de paz, de compasión?»

Una Iglesia que no sabe dialogar, que no sabe aceptar sus errores, que no puede –o no quiere– irse a los bordes y desde ellos hacerse presencia solidaria con los dos tercios de la humanidad que viven en pobreza, es una Iglesia de puertas cerradas, por miedo…

«Reciban el Espíritu Santo»

Y precisamente, al llegar lo dinámico de Dios, o la fuerza de lo alto, se encuentra con las puertas cerradas. En el libro de los Hechos, al hablar de la llegada del Espíritu Santo se dice que: «De repente se oyó un gran ruido que venía del cielo, como cuando sopla un viento fuerte, que resonó por toda la casa donde se encontraban» (Hch 2, 1-11) Dos imágenes contrastantes: «un soplo –sencillo– y un gran ruido» En el Evangelio de Juan se dice que Jesús «sopló sobre ellos», como haciendo alusión a aquel  «rumor de una brisa suave» en la cual Elías descubrió a Dios (1 Re 19, 12) mientras que en el libro de los Hechos, se habla de un «gran ruido que estremeció»

Son dos acciones propias del Espíritu: el silencio y levantar la voz. El Espíritu está en el «rumor de una brisa suave»  –preciosa analogía, como un rumor que se insinúa, como un enamorado que se insinúa a su enamorada, sin asustarla, sin forzarla, sino seduciéndola, conquistándola– pero también está en el clamor de dos tercios de la humanidad que viven en la miseria. Y hemos de descubrirlo en ambas experiencias: en la mística y en el clamor.

Y la Iglesia, como en Pentecostés según Hechos, ha de dejarse «estremecer» por este clamor, sentirse sacudida, interpelada, dispuesta a reaccionar, a levantar la voz, a ser signo de “Dios-de-nuestra-parte” no como a veces suele ser vista: Iglesia como “Dios-contra-nosotros”.

¡Veni Creator Spiritus!

Ven, gran desconocido, y sé el «dulce huésped»
Desconocerte nos hace ser una Iglesia de puertas cerradas por el miedo.
Encerrada en nuestras sacristías, con "respuestas prefabricadas de catecismo"

Pero siendo tú nuestro huésped, nos llevas por los caminos de Jesús:
nos llevas a los bordes, a las periferias, a las aldeas.

Ven, Padre de los pobres y no llegues solo,
trae contigo a tus hijos... 

Ven porque de regreso a casa "encontramos una lágrima que enjugar",
como dijo Juan XXIII la noche que se inauguró tu Concilio Vaticano II
–tuyo porque TUYA fue la idea de abrir las ventanas
de nuestra Iglesia que olía a vieja–,
y si tú nos faltas,
nuestro consuelo se hace soberbio, inútil, estéril.

Ven y "haz mucho ruido",
pero no el que surge de la música estruendosa,
sino del clamor de los dos tercios de la humanidad
que no están esperando nuestros sermones morales,
sino "ponernos de su parte".

Sin ti, somos una ONG. Contigo, somos Iglesia al servicio del Reino.
Sin ti, nuestro servicio es asistencialismo.
Contigo, la denuncia de Romero,
y la de tantos,
es posibilidad de anuncio del Reino del Abbá.

Sana nuestras heridas, úngenos con la misión de Jesús,
y que sea esta unción la que sane
nuestra miopía de creer que es más importante
discutir sobre si comulgamos en la mano o en la boca,
de rodillas o de pie,
y nos impide ver que en América Latina
hay «ricos cada vez más ricos,
a costa de pobres cada vez más pobres»
como dijo Juan Pablo II en Puebla… 

Ven, autor de derechos reservados del Fiat y del Magníficat de María,
De los besos que le doy a mi esposa,
De la homilía de Romero el 23 de Marzo,
De la poesía de Casaldáliga,
De la teología de González Faus, de Castillo, de Sobrino,
Del “Enamórate” de Arrupe,
De mis hermanos Misioneros del Espíritu Santo,
Del dolor de Champagnat frente al joven moribundo que murió sin conocerte…

Ven Espíritu Creador, ven, ven, ven y vuelve a venir si nosotros nos vamos…

 Envía Señor tu Espíritu
y todo será creado,
Y nuestra Iglesia será hospitalaria, 
Y renovarás la faz de nuestro mundo capitalista
Y lo harás
más humano,
más trinitario,
más tuyo. 

jueves, 4 de abril de 2013

Estando, no estaba


II Domingo de Pascua
8 de Abril
Jn 20, 19-31

Los evangelios, escritos en circunstancias muy diversas a las de un historiador actual, narran unos relatos –empapados de trascendencia– acerca del encuentro de Jesús y sus discípulos después de la Resurrección. Son narraciones que invitan no sólo al dato histórico, anecdótico, sino que entrañan el cómo se puede aprender a “re-conocer” a Jesús vivo.

El pasaje del Evangelio que corresponde al II Domingo de Pascua, no es la excepción. Y ante esto, conviene plantear: ¿y no sería más verosímil que el evangelista nos hubiera narrado lo que pasó en realidad? ¿Para qué adornar la experiencia con elementos místicos, sobrenaturales, “in-creíbles”? Por ejemplo, el que Jesús se aparezca de la nada…
Un par de aclaraciones que pueden ayudarnos: resucitar no es revivir, no es la reanimación de un cadáver, no es volver a la vida anterior, sujeta a lo finito del ser: hambre, frío, dudas… Por lo tanto, y sería la segunda aclaración, resucitar es dar el paso de lo finito a lo infinito (Pascua que significa “paso”), es el salto hacia la plenitud de la humanidad. Los apóstoles son testigos no del salto en sí –no hay testigos oculares en la Resurrección de Jesús–  sino de las consecuencias del salto. Son testigos de un encuentro con alguien que ha dado el salto definitivo.

Ahora bien, Jesús Resucitado es la plenitud del hombre, donde la muerte –y todas las situaciones de muerte– ya no tiene dominio sobre él. El evangelista, además, habla de apariciones, pero tiene la sutileza de explicar que no se trata de un «fantasma»; una aparición supone ver de repente y luego dejar de ver. En su lenguaje, a su modo, el evangelista nos propone que a Jesús lo vemos de repente, por donde no creíamos que podíamos verlo, en quien no creíamos que podíamos verlo.

Pero aquí reside una paradoja: si la muerte ya no tiene dominio sobre él, ¿por qué entonces presenta como sus credenciales de Resucitado sus heridas? “Les mostró las manos y el costado”. Esta es otra de las sutilezas de los evangelios: A Jesús puede reconocérsele vivo en las manos heridas, en el costado traspasado. A Jesús se le reconoce en el dolor, en la herida, en los estragos de la cruz. Y con ello nos recuerda algo que constantemente se nos olvida: la Cruz es condición para la Resurrección. Una Resurrección sin Cruz, no es la Resurrección de Jesús. La Cruz no sólo habla del dolor sangriento, habla, ante todo, de la solidaridad de Jesús para compartir con el hombre su muerte: compartir no sólo la muerte del bueno, sino la muerte del criminal, del subversivo, del condenado. La plenitud (resurrección) sólo puede darse cuando el hombre puede solidarizarse (cruz) con el dolor del otro, cuando su propio dolor puede convertirse caudal para otros, no en el sentido de andar embarrando dolor por donde pasemos, sino en el sentido de dejar que en esa herida pueda darse un Encuentro. 

En la película "Cómo entrenar a tu dragón" esto queda muy marcado; al final, cuando Hipo pierde su pierna izquierda, se le coloca una prótesis hecha de tal forma que pueda engranar con la prótesis que él mismo hizo para Chimuelo. Antes de que Hipo perdiera su pierna, se dio un proceso de preparación para la solidaridad: cuando le preguntan porqué no mató al dragón, su respuesta habla de ese proceso: «Lo vi igual de asustado que yo». Sin embargo, la solidaridad se consuma hasta que Hipo realmente pierde su pierna (cruz) 
Ahora, sólo desde las heridas compartidas se puede volar... (plenitud-resurrección)

La propuesta de la resurrección no es sólo un premio, es un sentido, es un rumbo. Si hay dolor, ya no es sólo porque así tiene que ser, sino porque tiene un sentido, un fin: la herida, como terreno para el encuentro.

Esto es lo que al parecer Tomás, uno de los doce apóstoles, no puede entender. Tomás no cree que Jesús está vivo, porque no estaba cuando Jesús se apareció. O mejor, no cree porque hay algo en él que le impide estar disponible al Encuentro. El evangelista expresa esto al decir que «no estaba con ellos cuando vino Jesús». O parafraseando las palabras de Jesús, «estando, no estaba»
Que la herida del otro no nos pille estando, pero no estando.


martes, 26 de febrero de 2013

Hacer que algo pueda suceder



III Domingo de Cuaresma
3 de Marzo
Lc 13, 6-9


Nuestra existencia se hace humana en la medida en que podemos establecer relaciones con otros; relaciones de calidad, relaciones significativas. Relaciones que quizá no se planeen, sino que simplemente se dan, simplemente "suceden".

Ciertamente, podríamos pasar de largo, sin caer en la cuenta, cuando alguien entra en nuestra vida. Y, al no caer en la cuenta de la importancia de ese alguien –por desconocido o extraño que pudiese resultar al principio– impedimos que algo pueda "suceder". 
¿Y ese alguien fuese un extraño viñador? O mejor, ¿un extraño viñador con apariencia de un "Don Nadie"?

La propuesta de Jesús, es una invitación a poner las condiciones necesarias para que algo pueda suceder:  mantener la mirada atenta al que, de alguna manera, nos pide existir, nos pide un lugar, puesto que ha sido exlcuído. Aflojar el blindaje que inconscientemente hemos desarrollado para no sentir más el dolor del otro bastante tendríamos con nuestros propios asuntos–, mirar a la higuera estéril con la misma mirada con la que  un extraño viñador la ha mirado (hablamos de un "extraño", porque su propuesta es "extraña", ajena a lo que podríamos estar acostumbrados): desde las entrañas conmovidas al verla como muerta en vida, sin poder ser ella misma una higuera si no es higuera (si no da higos) ¿qué es?

“Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala. ¿Para qué ocupa tierra inútilmente?’ El viñador le contestó: ‘Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré’” (Lc 13, 6-9)

 ¿Qué es exactamente lo que pudiera "suceder"? ¿Sólo una relación más?

La cultura del consumo, nos acostumbró a desplazar proyectos: «Amar a las personas y usar a las cosas» es constantemente desplazado por el «Amar a las cosas y usar a las personas». Para algunos, revertir este desplazamiento es una lucha constante y contracultural. Para otros, el asunto no termina ahí, sino que  además, fruto de este desplazamiento, nos acostumbramos a valorar nuestras relaciones por la utilidad que ellas nos representan. Una relación es de calidad cuando esto implica una utilidad para mí. Una relación no es significativa cuando ella no me representa ninguna ganancia. Y, al no representar una utilidad, la cultura del consumo nos invita al desecho, a reemplazarla por una nueva. En palabras del Evangelio, a “cortarla, para que no ocupe la tierra inútilmente”.

Sin embargo, alguien –ese misterioso viñador– ha propuesto una solución que rompe esquemas, paradigmas: Cortarla no es la primera opción porque ¡otra relación es posible! Cuando la dinámica consumista nos invita a una lógica consumista, este viñador propone una nueva lógica: la de poner lo que esté a nuestro alcance para dejar que algo, simplemente, suceda.

La propuesta de Jesús no funciona de una manera mágica; el viñador no habla de resolver las cosas de una manera instantánea, sino de un trabajo concreto: aflojar la tierra y echarle abono. No se trata pues, de aferrarse a una relación destructiva esperando que Dios la resuelva, sino precisamente, a devolverle su calidad –si alguna vez la tuvo– o a dársela por primera vez, poniendo las condiciones necesarias para que algo pueda suceder. El viñador parece haberse tomado en serio el dedicarle tiempo y esfuerzo a la higuera, pero si la higuera no responde, entonces será necesario cerrar un círculo, no como quien desecha desde el consumismo, sino como quien hizo todo lo posible, como quien asumió el riesgo de dejar de vivir relaciones muertas en vida, como esa higuera estéril.

Por eso, el relato del evangelio no nos explica si la higuera dio frutos después de aflojar la tierra y echarle abono. Ni siquiera nos dice si el dueño de la viña accedió a la petición del viñador. Quizá eso es lo más grandioso del relato: es a nosotros a quienes nos toca concluirlo darlo por terminado sin que nada más suceda o continuarlo,  aceptar una propuesta, dejar que suceda algo.  




domingo, 17 de febrero de 2013

El desierto



El desierto en la tradición bíblica, es un lugar de encuentro. Sabemos que todas las religiones sugieren estos lugares de encuentro. Jesús va al desierto a encontrar. ¿A Dios? ¿A sí mismo? ¿A ambos? ¿Al diablo? ¿A los tres? Como se dice, a Dios se le encuentra en lo humano (J. M. Castillo) Jesús, pues, en el desierto se encuentra con su humanidad. Inclusive, con lo más débil de su condición humana.  Cuando menos, eso podría ser el punto de partida para reflexionar sobre el evangelio de hoy: Jesús, conducido por el Espíritu, va al desierto donde fue tentado por el diablo (Lc 4, 1-13). Tres personajes fundamentales en el desierto: El Espíritu liberador, la persona y el espíritu que oprime.

No habría mayor problema hasta que surge la pregunta "incómoda": Si Jesús es Dios ¿cómo pudo ser tentado por el diablo? Pues bien, hacia dentro del cristianismo, y fuera de los ambientes del estudio "teológico", es bien común seguir viendo a Jesús como Dios disfrazado de hombre: que la suya no es una humanidad real, sino un disfraz que puede quitarse y ponerse según le convenga. No son pocos los cristianos que, al referirse a Cristo, hablen de él –a veces inconscientemente– como un superhéroe con unos poderes mágicos –y por lo tanto ajenos a un ciudadano común y corriente– de manera que su poder más que liberar y dignificar a la persona, es una forma de dominio que condiciona la existencia. Y por lógica consecuencia, la idea de un Jesús humano, por ser lo opuesto al poder, da miedo. Así, queda reducido el acercamiento insólito de Dios al hombre; Dios, en Jesús, se hizo uno de los nuestros, pero con los derechos inherentes de su condición divina (contradiciendo así el hermoso himno cristológico de Flp 2): « De esta manera llegan a pensar [quienes piensan en Jesús como Dios disfrazado de hombre], sin darse cuenta, que el dolor físico que sintió Jesús era, si, como el nuestro, pero lo que habría pasado por la psicología de Jesús no era como lo que pasa por la nuestra (a saber: lucha, oscuridad, tentación, duda, ignorancia del camino…)» (J.I. González Faus) Por eso, Jesús va al desierto a encontrar algo, a descubrir –desde esa ignorancia que decidió asumir al echarse el paquete de ser hombre con todas sus consecuencias– a Alguien y a alguien… Si por ser Dios, ya supiera todo ¿Entonces a qué fue al desierto? ¿A encontrar lo que ya sabía?

Pues bien, es éste Jesús el que llega al desierto, y es éste Jesús el que es tentado: Dios, que en Jesús de Nazaret se hizo hombre, con todas sus consecuencias. Y, si es propio del hombre el ser tentado, será propio también del Dios humanizado.  Por eso, Jesús en el desierto se encuentra con su propia humanidad, desde la cual se puede descubrir o una invitación a la experiencia del Dios liberador… o a lo opuesto, disfrazado de algo bueno. De hecho, como podemos leer en el Evangelio, el diablo recurre a la Biblia para la tercera tentación: “Si eres el Hijo de Dios, arrójate desde aquí, porque está escrito: Los ángeles del Señor tienen órdenes de cuidarte y de sostenerte en sus manos, para que tus pies no tropiecen con las piedras” (Lc 4, 10) Es decir, una tentación que no parezca válida y legítima –inclusive fundamentada en la Biblia–, ¿cómo podría ser tentación?  

La primera y la última tentación –aunque tendrán dinámicas independientes entre sí–que se narran en Lucas, tienen un común denominador: ambas están precedidas por la expresión: «Si eres el Hijo de Dios…es decir, si en verdad eres el Hijo de Dios, entonces puedes…» Es la experiencia de la identidad la que está en juego; es la identidad la que necesitaría ser clarificada y comprobada. La duda sobre la identidad es lo que puede hacer tambalear la seguridad, quebrantar y derrumbar a la persona.

En el relato, en ambas ocasiones Jesús contraataca a la tentación desde la Palabra de Dios. Pero al hacerlo, ¿la utiliza sólo como un escudo para protegerse de un ataque? ¿Es la Palabra de Dios sólo un refugio desde el cual hemos de contestar a todo ataque contra nuestra fe? ¿No será más bien fuente de encuentro con la propia verdad y no será la progresiva asimilación de ésta la que equilibre la constante duda sobre la identidad?

Las respuestas de Jesús ante las tentaciones, más que ser un argumento que repite como mecánicamente y de memoria, o como dogmas aprendidos en el catecismo, son como un espejo en el cual se refleja la identidad de la persona, a la luz de un proyecto liberador: No sólo de pan vive el hombre: un producto no puede configurar nuestra identidad –recuérdese campañas de mercadotecnia, como aquella de “Yo soy Telcel” (México 2007) o “Soy totalmente Palacio” (México 1996) que pudieran pretender introducir el consumismo en lo más profundo de la esencia de la persona humana–.

Significativa es también la segunda tentación: se le ofrece a Jesús la posibilidad de ejercer poder sobre los reinos de la tierra (Lc 4, 6). Es muy justificable –repetimos, si no pareciese alguno bueno o válido, no sería tentación– el pretender usar el poder para imponer a Dios. De esta manera, al obligar al hombre, le haríamos un gran favor y le ahorraríamos muchas penas y una vida de pecado. Jesús en el desierto, en el encuentro de la propia verdad sólo puede adorar –o quizá nos ayude más, Jesús sólo puede estar disponible– al Dios gratuito, al que invita, no al que impone. Al Dios que invita a mirar el mundo desde una mirada de amor y de reconciliación, especialmente para los excluidos.

Pudiésemos además finalmente, encontrar un hilo conductor en las tres tentaciones: lo que está en juego es el cómo Jesús entiende su misión – ¿desde dónde? Es decir, desde su identidad en la 1era y 3era tentación y el modo de llevar a cabo su misión en la 2da tentación–. ¿Qué situación de la vida detona la pregunta por la identidad? ¿Qué situación, evento, circunstancia me enfrenta con el cómo he de hacer lo que he de hacer? Para Jesús, fue en el desierto, conducido por el Espíritu (Lc 4,1) la experiencia de encuentro con su misión, y el cómo desde su más humana humanidad, invita al hombre a descubrir la verdad sobre sí mismo. El desierto, lo alejado, lo que implica un espacio fuera de lo cotidiano, es una experiencia que desborda. Desde los bordes. 





domingo, 10 de febrero de 2013

Dejarse rescatar, para rescatar a otros

V Domingo Ordinario 
10 de febrero

Lc 5, 1-11

En la película del Conde de Montecristo (2002) hay una escena en la cual, Jacopo, el fiel servidor de Edmond Dantés, le hace una confesión: "Cuando me perdonaste la vida, juré defenderte siempre, aún y cuando fuera defenderte de ti mismo". De hecho, para Jacopo, Dantés ha quedado como esclavizado en un deseo de venganza que lo está deshumanizando. Y, la fidelidad hacia Dantés le da el valor de, a riesgo de no ser apreciado, defenderlo de esa deshumanización. Creo que esta escena capta algo de la lógica de la propuesta de Jesús a Simón, en el evangelio de hoy. 

En su empeño por explicar cómo la propuesta de Jesús al hombre es siempre una experiencia que desborda -que lo lleva a los bordes y más allá- Lucas narra un relato cautivante: unos pescadores del lago de Genesaret, cansados de haber intentando pescar toda la noche sin lograr nada, se descubren a si mismos desbordados ante la pesca que, con Jesús en la barca, han realizado. 

Si el domingo antepasado, el mismo evangelista sintetizaba el "programa de vida de Jesús": El Espíritu del Señor está sobre mí, [...] y me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor (Lc 4, 18-19) y el domingo pasado nos advertía de las consecuencias -el rechazo de parte de sus paisanos- de llevar a cabo ese programa de vida, hoy el evangelio nos presenta a Jesús invitando a otros a vivir ese programa de vida.

Esta invitación ha logrado que aquellos pescadores lo dejen todo para seguirle. Jesús invita a un proyecto, pero no les promete a estos pescadores ni Seguro Social, ni Infonavit, ni prestaciones, ni vacaciones pagadas... Sólo el hecho de ser "pescadores de hombres". Jesús no nos propone sólo un trabajo, ocupación o pasatiempo.  Invita a vivir de una manera nueva: no atrapado en lo importante, sino seducido por lo esencial. No desde lo que deshumaniza, sino desde lo que humaniza. 

Pero, vayamos a la orilla -o al borde- del lago de Genesaret primero y sugiero que nos acerquemos no con la pregunta de si ¿esto que narra el evangelista así sucedió? sino mejor con aquella de ¿para qué lo escribió? La posible respuesta para la primera pregunta, me parece, no nos permitiría saborear la posible respuesta de la segunda pregunta.  

Lucas describe todo un proceso por el cual han pasado estos pescadores, encabezados por Simón. Pero no solamente ellos...  Jesús, que pide llevar la barca mar adentro para pescar, ha sucitado una reacción en Simón: Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada... (Lc 5,5) 

Si se me permite un poco de subjetividad, la respuesta de Simón pareciera como matizada, como que encierra no sólo una observación, sino una confesión profunda: 

Con todo respeto Maestro, pero tú eres artesano, y no creemos que sepas tanto de la pesca como nosotros... 
Somos pescadores, nos dedicamos a ello, vivimos de ello.
No empezamos a pescar ayer, lo hemos venido haciendo desde hace mucho tiempo. 
Nosotros sabemos cuál hora es la indicada para pescar... 
Además lo hemos intentando toda la noche y esta noche no hemos logrado nada. 
Bueno, pero sé que no te refieres al hecho de pescar en sí. He visto que la gente, cansada de palabras vacías, se agolpa en torno tuyo para escuchar de ti palabras vivas que tocan lo profundo, Sé que tu invitación a llevar la barca mar adentro sugiere más de lo que dice. 
Pero, ¿a qué te refieres con ello? 
Porque, hemos buscado la felicidad por todos lados y no la hemos encontrado.
El mundo y la sociedad de consumo nos ofertan propuestas fascinantes, que parecen dar la felicidad verdadera. 
Pero al final, luego de haber trabajado toda la noche, queda el hastío y la sensación de que algo falta. Vivimos deshumanizados. 
Y precisamente por esto, porque algo falta, y veo que tu invitación a llevar la barca no es una publicidad más, sino un viaje que hemos de recorrer juntos, 'me la juego', apuesto y "confiando en tu palabra, echaré las redes" (Lc 5, 6)

La metáfora  de la pesca, no se refiere solamente a una actividad de reclutamiento de personal para una empresa. Es además ir, como decíamos de lo esencial a lo importante. Es compartir un estilo de vida, una manera de ver el mundo y al hombre con los ojos de Jesús y a la vez, una invitación para que Jesús siga mirando el mundo por nuestros ojos (Félix de Jesús Rougier)  Lo esencial, desde la mirada de Jesús, será rescatar al hombre de ese oceáno de incertidumbres, de felicidad inconsistente. Y es entonces cuando Lucas presenta a los pescadores, quienes confiando en la invitación de Jesús, se han visto sorprendidos por un atisbo de felicidad consistente: al parecer la pesca fue tanta -no sería en cantidad nada más, sino en hondura, en calidad- que sorprendidos, han tenido que hacer señas a sus compañeros para que los ayuden. 

La invitación a rescatar, a sacar la mejor versión posible del ser humano (J.I. González Faus) no puede ser sólo una actividad externa, ajena al rescatador, sino que, dejándose rescatar primero -o dejándo que la propuesta humanizadora de Jesús logre sacar nuestra "mejor versión posible" de nosotros mismos-, pueda hacerlo también por los demás. Por esto, el primer rescate que Simón ha de hacer, será el de sí mismo o dejarse rescatar -como Jacopo le recordaba a Dantés-: Al ver esto [la pesca que desbordó] Simón Pedro cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: "Apártete de mí, porque soy un pecador" (Lc 5, 8) ¿Qué mejor manera de empezar a dejarse rescatar, sino cayendo de rodillas, siendo conscientes de nuestra propia nada, de nuestras limitaciones? ¿De qué otra manera puede la propuesta de Jesús sacar nuestra "mejor versión posible" sino desde el caer en la cuenta de que actualmente, no soy mi mejor versión? La más humana posible.

En realidad, la pesca milagrosa no consiste en pescar mucho, sino en dejarse rescatar de lo que nos deshumaniza, para luego aceptar rescatar a otros. 


domingo, 3 de febrero de 2013

Cuando la verdad se abre paso y se aleja...

IV Domingo Ordinario
Lc 4, 21-30

La narración de Lucas del evangelio de hoy, que toma como punto de partida el relato del pasado domingo, ha logrado tomar una fotografía a esa extraña contradicción que somos los seres humanos; como si se tratara de un péndulo, la vida de Jesús toca en el hombre el extremo de la admiración y en ese movimiento pendular también logra tocar el otro extremo: el rechazo. Por eso Lucas, narra que tras las palabras de Jesús en la sinagoga  «todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios» (Lc 4, 22) y termina diciendo que: «al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio de la montaña [...] para despeñarlo» (Lc 4, 28-29). Como se ve, hay una distancia de 6  versículos entre la "admiración" (versículo 22) y la "ira" (versículo 28). ¿Qué ha podido suceder en esos 6 versículos, para que el hombre se haya pasado -tan rápido y diligente- de la admiración a la ira? No serán tanto las palabras de Jesús en sí mismas -en realidad Jesús no ha dicho nada en esos 6 versículos que los profetas hayan dicho o hecho ya, por eso hablará de Elías y de Eliseo- sino  desde dónde se escucha a Jesús. 

Al parecer esa admiración en Jesús de parte de sus paisanos, esta fundada sobre un  "circo-espectáculo"; se admiran de los prodigios que ha realizado en Cafarnaúm (Lc 4, 23) y quisieran, desde luego, ver que Jesús realice alguno en medio de ellos. Es muy cómodo ser parte de una religión que resuelve nuestros asuntos de una manera mágica e instantánea. Si hay culpabilidad, por ejemplo, el sacramento de la Penitencia resuelve el problema de una manera sencilla: basta con que el sacerdote pronuncie la fórmula mágica de la absolución  y ¡listo! Naturalmente, la dinámica sacramental es mucho más profunda que esto. Pero de alguna manera u otra, allá en el fondo el hombre de religión suele -en ocasiones- reducirla. Y si es que la vida de Jesús supone un no resolver el mundo de una manera mágica, sino más bien desde un compromiso histórico del hombre especialmente por las viudas de Sarepta y los Naamanes de Siria -es decir, los excluídos no sólo del sistema, sino de la religión-, entonces esto supone un conflicto, una desinstalación, un aprender a mirar el mundo de otra manera, una experiencia creyente más radical. 

Por eso la reacción ha sido la "ira". Un Dios que desinstala es peligroso. Un enviado de Dios que no se dedica a "alabar" nuestra manera de vivir la religión cuando ésta es vivida sin tomar en cuenta los verdaderos intereses de Dios, no puede ser un profeta en su propia tierra. Lucas además menciona que no sólo se llenaron de ira, sino que lo llevaron a lo alto de una montaña para despeñarlo. Curiosa manera de actuar. No lo apedrean, sino que lo van empujando hasta lograr que él mismo sea el que se aviente. No pueden, en rigor hacer más, como apedrearlo por ejemplo,  puesto que es sábado y Jesús, consciente de que estos hombres están como esclavos de una religión y de los preceptos del sábado, pasa por enmedio de ellos y se aleja (Lc 4, 30) 

¿Y nosotros, de qué manera nos empujamos unos a otros hasta lograr que "sean ellos y no nosotros" los responsables de excluir? 

Mientras se opte por esa mentira que puede ser una religión de magia, la verdad incómoda no tiene lugar. Por eso, la verdad «se abre paso» entre la mentira y se aleja -como Jesús lo hace-, no para dejarnos en la mentira, sino precisamente para captar que hemos de seguirla, de buscarla constantemente. Jesús y su anhelo-realización del Reino de Dios, se abre paso y se aleja no para dejarnos, sino para que aprendamos a seguirlo, a caminar tras de sus «huellas»

Jesús es llevado "a los bordes" de la religión judía para deshacerse de él. Nuestro sistema también lleva "a los bordes" a esa gente incómoda que pueden llegar a ser los profetas. Y es "desde los bordes" desde donde Jesús actúa y hace presente a ese Padre que ama desmesuradamente, incomprensiblemente, a ese hombre que lleva ya buen rato viviendo en la periferia del sistema -y de la religión-. 

¡Vayamos a «los bordes», siguiendo las huellas de Jesús!