lunes, 10 de noviembre de 2025

Destruyan este templo... consideraciones acerca de la destrucción del hombre

 


 

Detenernos a pensar acerca de lo que destruye al hombre:
"Al pie de la horca, los SS nos veían pasar con miradas indiferentes: su obra estaba realizada y bien realizada. Los rusos pueden venir ya: ya no quedan hombres fuertes entre nosotros, el último pende ahora sobre nuestras cabezas, y para los demás, pocos cabestros han bastado. Pueden venir los rusos: no nos encontrarán más que a los domados, a nosotros los acabados, dignos ahora de la muerte inerme que nos espera.
Destruir al hombre es difícil, casi tanto corno crearlo: no ha sido fácil, no ha sido breve, pero lo habéis conseguido, alemanes. Henos aquí dóciles bajo vuestras miradas: de nuestra parte nada tenéis que temer: ni actos de rebeldía, ni palabras de desafío, ni siquiera una mirada que juzgue."
He aquí el testimonio de Primo Levi, podría llamarlo sobreviviente del campo de Auschwitz, pero quizá el no aceptaría del todo ser llamado así, pues lo que sobrevivió fue un fantasma, unas ruinas de algo que fue destruido.
Hay muchas maneras de destruir al hombre, entre ellas hay dos más:
La polarización que en un afán de ser totalmente puros, buenos, de esos que no ceden ni un poco a sus antagonistas, termina por hacernos incapaces de creer en nada, porque nos inmoviliza tanto en el pensamiento como en la acción ya no saber qué pensar ni qué creer sin hundirnos en cierta desesperación y desesperanza.
La otra se da volviéndonos mercado. ¿Cómo pasamos de ser casa de Dios a mercado? Dejando que poco a poco todo lo que nos llene, lo que nos habite, lo que haya dentro de nosotros sea mercancía. Mis sueños: algo comprado o a la venta. Mis afectos: algo comprado o a la venta. Mi cuerpo: algo comprado o a la venta. O más aún, sueños, afectos, cuerpo, etc., son llamados "mis", "míos", sobreentendiendo que si son "míos" puedo disponer de ellos para venderlos o porque me han costado. Todo lo que habita en mí es mercancía, nada está fuera de su alcance.

En 1984, Orwell plasma muy bien esta nueva sofisticada, dedicada y paciente forma de destrucción: hacer que nuestra vida-sumisión sea auténtica. La exigencia de autenticidad nos doblega y somete. No es la autenticidad el problema, sino su imperiosidad, el que se exige que tengamos que serlo. Hacer todo porque efectivamente lo queremos de una forma "pura", sin rupturas, sin intersticios.

Los discursos políticos de y en nuestro país, que polarizan, que nos orillan a querer voluntariamente ser puros, que nos inmovilizan e impiden pensar algo más que el sesgo de confirmación de uno mismo, que neutralizan al otro, nos van colocando en esa destrucción que señala Primo Levi. No pretendo decir no a la violencia, ni negar el valor de tomar posición o tomar partido por algo. Apelo a la posibilidad, a la necesidad, al derecho, a la gracia de ser impuros. De que los jóvenes no tengan miedo de ser impuros sin hacer de esto un pretexto para no hacerse cargo de nada, para querer vivir como intocables, sin dejar de lado una búsqueda de lucidez más que de tener la razón. Impuros para poder actuar en el desacuerdo.

Quizá, frente a todo eso, sea válido considerar la posibilidad de que lo que los textos de Pablo (1 Co 3,9-11.16-17) y del evangelio (Jn 2,13-22) nos ponen enfrente es que hay una violencia que es posible, que en el afán de «purificar» lo que había que cuidar y se ha vuelto mercado, que en el afrontar lo que destruye al hombre, hay que asumir ser aunque sea un poco «impuros» –capaces de una grieta, de la presencia de algo más, de entregarse de lleno sin dejar de ser alguien con alguien, de ponerse en juego sin destruir al otro.

Frente a la destrucción del hombre ya en curso, el ejercicio cristiano es el de retomar las ruinas, juntarse en torno a ellas y reconstruir, pues ellas nos hablan de algo que no se limita a sí misma, que no es ensalzamiento de otra época, sino acogida de ese fantasma que aún merodea, que aún habla de algo que quiso ser: de un amor que fue puesto en marcha en este mundo, de una dignidad que quiso abrazar a otros, de una palabra que quiso llegar a ser en el acontecimiento que se dio entre nosotros. Las ruinas nos dicen que «hay algo más». Algo puede ser levantado.
 
Entender que la felicidad implica no vivir a cambio de algo, que mientras un partido u otro, una derecha o una izquierda, o el movimiento que sea haga uso de los destruidos para capitalizar su posición moral, social, religiosa, corre hacia la repetición de esa destrucción: "Nosotros no destruimos al hereje porque se nos resisten, mientras nos resisten no los destruimos. […] Lo hacemos uno de nosotros antes de matarlo. […] Nos resulta intolerable que un pensamiento erróneo exista en alguna parte del mundo, por muy secreto o inocuo que pueda ser. Ni siquiera en el instante de la muerte podemos permitir alguna desviación." "No permitimos que los muertos se levanten contra nosotros". (Orwell, 1984).
 
La vía destructiva (W. Benjamin) crea espacio, hace lugar, abre caminos, y quizá haya que aprender a "destruir" sin arrasar... como lo mostraron jóvenes de la Gen Z en Bangladesh y Nairobi que en asistieron a policías heridos: quizá sí sea posible luchar sin destruir la humanidad, aún a pesar de la violencia.

Volvernos esperanza en medio de nuestras desesperanzas es el llamado.